viernes 12 de agosto, 2016

Ternura - por Marcelo Mosenson

Lectura de 24 minutos
Una pulgada cúbica de hueso es más resistente que una pulgada cúbica de concreto.
Fuente: elroldanense.com

La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en darlo todo en el presente.

Albert Camus

Vivo como puedo en una sociedad carente de ternura. Donde la solidaridad se la celebra en su condición de excepción. Mientras que la clase dirigente nos ofrece un futuro mejor a base de slogans que reemplazan a la reflexión, exigiendo una paciencia que se paga con vida y deseos perimidos.

Vivo en una sociedad en donde la simpatía ha reemplazado al compromiso y la informalidad ha ganado terreno como consecuencia de una negación de la madurez y de un rechazo a la vejez. La imagen ha reemplazado a la palabra, las palabras al silencio y el consumo al deseo.

A la vez que nuestra sociedad violenta se disfraza de sensible mediante disfraces comprados en talleres, cursos y terapias que venden sensibilidad.

Ojo con los buenos, advertía ya Alfred Adler en su obra: El carácter neurótico.   

Son legiones de amigos y familiares quienes expresan en Facebook su indignación por la injusticia a la que son sometidos millones de habitantes del planeta, pero que a duras penas nos invitan un café para preguntarnos ¿cómo estás? cuando más lo necesitamos. Otros ni siquiera de eso son capaces. Saberse de izquierda o de derecha (no estoy seguro de lo que significa) nada cambia en cuanto a la capacidad de ternura, madre de toda empatía.

Abrazar causas nobles y mostrarse solidario con ellas nunca ha sido tan sencillo como hoy en día. Basta con dar un like en el enlace correcto como para sentirse bien consigo mismo. Algunos incluso llegan hacer el esfuerzo digital de apoyar una causa en de change.org. o compartir otro enlace mediante algunos clicks. 

La ternura en una sociedad no se la mide sólo por la magnitud de injusticia y cantidad de sangre derramada sufrida por un pueblo. Se la siente cuando se enfrenta calamidades. Al igual que la generosidad, se la comprueba en períodos de sequía.

Todos estamos más o menos de acuerdo en denostar a los malos. Pero pocos actuamos con ternura. Lo contrario del mal no es el bien, sino la ausencia del mal. Porque hacer el bien implica acción. Son los que no actúan con maldad los que me sublevan y me ocupan. Nada espero de un hombre malo, de uno bueno sí. Nadie se decepciona porque un asesino vuelva a asesinar. Es lo esperable. La decepción es respecto de quienes no hicieron nada por impedirlo cuando podrían haberlo evitado.

Juzgar a los demás suele tener mala prensa. Pero ¿cómo no hacerlo aunque más no sea mediante un me gusta o no me gusta el comportamiento de un semejante? Siempre me pregunto si estaría dispuesto a dar lo mismo que espero recibir. Aún siendo consciente de que mis expectativas acerca de mi mismo puedan no coincidir con la de los demás. Pero al menos sé que no me sentiría cómodo esperando lo que no estaría dispuesto yo a hacer por un semejante.

Vivo en una sociedad cómoda en su incomodidad, desesperada de intimidad, pero absolutamente indiferente a los demás. Las ideas contrarias a nuestra moral y ética conmueven provocando peleas, pero son los mismos que están dispuestos a discutir y matarse a golpes defendiendo una idea los que pasan indiferentes junto a los hombres, mujeres y niños que se encuentran tirados en la calle. Basta con perder status social como para ser eyectado de los lazos solidarios de nuestros amigos circunstanciales. Tampoco le ofrecemos ternura a nuestros héroes e ídolos contemporáneos. A quienes amamos y luego despreciamos si dejan de cumplir con las expectativas que ponemos en ellos. 

Vivo en una sociedad en donde se confunde libertad de expresión con atribuirse la libertad de herir a los demás asumiendo que la propia libertad es más importante que la libertad del otro. Una sociedad que hace apología del amor también sucumbe a su opuesto, el odio y la indiferencia, al no obtenerlo. 

No estoy seguro de que el amor, tal como afirman algunas religiones, deba ser el sentimiento que rija nuestras acciones. Ni siquiera hay consenso en cuanto a lo que es al amor. La ternura no lo exige, en todo caso, sí precisa de mirar la mirada del otro, lo cual conlleva el riesgo de preguntarnos ¿cómo estás? madre de todas las preguntas.

Podemos vivir sin ternura, pero no debiéramos morir sin ella. Correríamos el riesgo de haber vivido una vida sin ventanas.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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