viernes 22 de julio, 2016

En terapia - por Marcelo Mosenson

Lectura de 13 minutos
El lomo saltado en Brujas de Cachiche.
Fuente: www.miguelmartinezfondon.com

Buenos Aires es la única ciudad del mundo en donde uno puede pasar por inadecuado de no haber seguido alguna psicoterapia. Capital del psicoanálisis mundial, Buenos Aires propone y consume una variada propuesta de psicoterapias para todas las edades, gustos y clases sociales, siendo el discurso psicoanalítico el rey.

Miramos con cierto desdén a la persona que se resiste a hacer terapia y permanece virgen al respecto. Como si su vida se viera así, limitada y condenada a una muy precaria subjetividad.

Bipolar, perverso, narcisista, esquizofrénico, mitómano, psicópata son palabras empleadas en los medios, en la oficina y aún en la escuela. Esta terminología invade nuestra cotidianeidad sin que logremos dominar su pleno sentido. Sin embargo, no tenemos ninguna reticencia en diagnosticar a nuestros colegas, miembros de familia, vecinos y a todos aquellos que puedan ser objeto de nuestra mirada.

Se psicoanaliza en TV, frente a conductores televisivos y a una audiencia ávida de pornografía emocional. A su vez, gran parte del cine y de las series televisivas también participan de la noción de inconsciente. Porque son pocos los personajes que de alguna manera no hayan sido construidos según alguna referencia prestada al psicoanálisis o se explique según ciertas máximas de Freud y Lacan.

Algunos célebres psicoanalistas llenan estadios en donde ofrecen conferencias para público no especializado y sus libros se convierten en best sellers. Cada uno tiene derecho a tener su trauma, su neurosis, su fantasma, su fantasía o su obsesión. Aún así, nadie vive particularmente bien o feliz. 

Es deporte nacional hablar de nuestros problemas e interpretar el discurso del otro sin necesidad de mediar una larga amistad. Aunque ello no nos convierta en una sociedad más sana, por el contrario, muchas veces se utilizan ciertas categorías con el sólo propósito de justificar algún síntoma, o simplemente una mala acción. Cuando  bien sabemos que comprender no es justificar.

El equivalente al costo de autos o departamentos son invertidos por pacientes  en largos  años de diván. Es sumamente curioso que una sociedad consumista y materialista como la argentina, cuyos destinos turísticos ideales se reparten entre Miami y Punta del Este,  consuma horas de escucha que no prometen la felicidad, en realidad, no prometen nada (de ahí, quizá, su ganada legitimidad). Pero nadie toma la decisión apresurada de cambiar un trabajo, divorciarse, cambiar de pareja, justificar una propia infidelidad o soportar una ajena sin antes hablarlo en terapia. Nuestro presidente, Mauricio Macri,  también se analiza, y se ocupa de  comunicarlo públicamente con orgullo, como si así nos quisiera garantizar su equilibrio emocional.

La Justicia, en el ámbito de familia, no suele condenar delitos, tan sólo se limita a enviar a sus delincuentes a psicoterapias una y otra vez, independientemente de la gravedad del asunto e ignorando que no todo el mundo es dialectizable.  

Preferimos cambiar de analista a cambiar de  pareja, o peor aún, fomentamos  que nuestras parejas retomen su terapia o busquen otro de analista antes que  hacernos cargo de una inevitable ruptura.  

Desde luego que hay muy buenos analistas y otros que merecerían ser acusados de mala praxis. Pero esto también es válido para los pacientes. Muchos acuden a sus terapias con la misma ligereza con que se  va a la peluquería. Si no les gusta el peinado buscan otro analista. A la responsabilidad, hermana de la culpa se la esquiva, no pocas veces, bajo la absolución que implicaría el analizarse. Soy así,  se justifican muchos frente a cualquier crítica. No lo hice intencionalmente, puede que lo haya hecho inconscientemente… en vano esperar unas verdaderas disculpas o mejor aún, un cambio en las futuras conductas. 

Los analizados somos adictos a la palabra. La escucha analítica es un viaje de ida. Una vez iniciados en este viaje buscamos obstinadamente un interlocutor que nos tranquilice. Sabemos que no tenemos cura, que nadie nos va a solucionar nuestra vida. De la misma manera que ir al gimnasio no nos garantiza la juventud eterna, una psicoterapia tampoco nos garantiza la felicidad, pero al menos nos permite vivir con algún relato sobre lo que creemos que nos pasa y con la esperanza que no volveremos a repetir  viejos esquemas. 

Las interminables conversaciones de café o telefónicas, en donde cada uno de los interlocutores exponen sus conflictos para que el otro nos interprete según su buen saber y entender, yo no los cambiaría por nada en el mundo. Ya no concibo conversar asumiendo que el texto sea literal.  

Comprender que apenas elegimos, y que debemos responsabilizarnos por nuestros actos no es poco, aunque nunca alcance. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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