viernes 8 de julio, 2016

Los milagros no existen, sólo suceden - por Marcelo Mosenson

Lectura de 13 minutos
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Fuente: clearblueeyes.wordpress.com

Ser un hombre sin fe me lleva a descreer de los milagros. No tengo ninguna manera de creer en ellos. Un milagro es por definición un hecho que no se puede explicar por las leyes naturales y que se considera producido por la intervención de Dios o de un ser sobrenatural. No sólo no creo en Dios, sino que a su vez, considero milagroso aquello que tampoco puedo explicar y que responde a las leyes naturales: el mero hecho de estar escribiendo este texto a sabiendas de que alguna vez no fui. Ser y estar me resulta milagroso. ¿Pero quién dicta la creación de estas mismas palabras? 

Ya de por sí me subleva el hecho de haber nacido, como así también la falta de sorpresa de no pocos hombres respecto del hecho de estar viviendo. Lo cual, es tan milagroso como natural. Aceptamos con bastante más facilidad el hecho de que todos moriremos algún día, que el azaroso destino de haber sido obligados a nacer. 

Hace varios años me encontraba en París junto a mi hermano. Viajábamos en un taxi desde Les Halles hacia La Bastille. Había apoyado mi mochila sobre la cuneta, entre el respaldo y el vidrio anterior del automóvil. Toda mi identidad se encontraba dentro de ella. Pasaporte, visa para residir en Francia y documentos de identidad, entre otros papeles de suma importancia. Al bajar del taxi reaccioné frente a mi propia torpeza. El taxi partió con mi mochila en su interior. Lo corrí desesperadamente durante varias cuadras. Fue en vano. Mi corazón latía a infinitas pulsaciones por minuto.

Sin mis documentos me encontraba imposibilitado de demostrar mi identidad en un país extranjero. Debía esperar a que se terminara el día para presentarme la mañana siguiente en el puesto de policía del Boulevard Voltaire y así dar comienzo a una burocracia tan incierta como infernal.

En París circulan unos veinte mil taxis diariamente, aproximadamente, distribuidos en cuatrocientas estaciones a lo largo y ancho de la ciudad.  La posibilidad de encontrar mi taxi, del cual desconocía su patente, eran nulas. Aún si todos ellos dejasen de circular durante todo un día y permanecieran estacionados en fila. Las probabilidades de semejante utopía eran desmentidas tanto por las matemáticas como por la misma realidad. Sin contar que algún chofer podría, a su vez, tomar la decisión de no conducir al día siguiente y permanecer fuera de circulación. Pero de todas maneras no podía dejar de observar a cada uno de ellos que pasara frente a mí con la esperanza absurda de encontrar mi mochila. Imposible pensar en otra cosa. Mi vida, durante largas horas, se resumía a eso. Mientras que mi repentina locura consistía en esperar un milagro, aún sin tener fe ni esperanza en que algo tan inverosímil pudiera realmente suceder. Además de la improbable chance de cruzarme con el taxi, su conductor bien podría haberla retirado de su interior. Ni siquiera recordaba el rostro de su conductor. Evidentemente, frente a la desesperación, la mente nos lleva a lugares insospechados.

Derrotado y prácticamente sin haber logrado dormir un instante durante toda la noche, mi hermano me acompaña a la mañana siguiente a realizar la denuncia de extravío a la estación de policía frente a la cual se encuentra una de las cuatrocientas estaciones de taxi de París.

Pero antes de cruzar el boulevard, ya no recuerdo bien quien de los dos, logra vislumbrar mi mochila dentro del taxi que habíamos tomado la noche anterior. Sí, era mi mochila la que se encontraba exactamente en el mismo sitio. El taxi estaba estacionado en esa misma parada, en ese preciso momento, en medio de unos otros pocos taxis más.

Su chofer sí nos reconoció y nos la entregó de forma inmediata. El abrazo con mi hermano fue interminable, y la sorpresa frente al hecho persiste hasta el día de hoy, veinte años más tarde.

Nada peor que no tener fe, descreer de los milagros y, a su vez, vivir uno en carne propia. Ni siquiera logro tener certeza acerca de mi falta de certezas. Y por sobre todas las cosas, mucho menos me acostumbro al milagro de haber sido nacido, hecho que de por sí no tiene nada de sobrenatural ¿o si?

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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