miércoles 22 de febrero, 2012

Vivir Muriendo - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: inta.gob.ar

No es que tenga miedo a morir, sólo que no quiero estar allí cuando suceda.

– Woody Allen

Cómo vivir tiene 119.000.000 entradas en Google. Evidentemente, nadie sabe cómo hacerlo. La ternura que nos provocan los chicos y las mascotas quizá tenga que ver con el hecho de que ellos aún no fueron atravesados por esa pregunta. 

Cuando nos debatimos entre una opción u otra, entre una camisa de un color u otro y padecemos la incertidumbre durante minutos, horas o más, es el vacío el que pareciera apoderarse de nosotros mismos. Vacío que desde que nacemos estamos obligados a llenar. Estos son momentos donde el elegir persiguiendo el placer o evitando el dolor no parecieran estar en juego. Se trata de algo más profundo aún.

Quizá por eso, para evitar el absurdo del hecho de haber sido nacidos nos encontramos constantemente repitiendo hábitos como comprar prácticamente siempre lo mismo en el supermercado. Variar de comida, ingredientes, marcas y bebidas pondría de manifiesto que somos nosotros quienes elegimos cómo llenar nuestro carrito de compras y nuestras vidas según nuestras posibilidades. Pero, evidentemente, solemos admitir variaciones sólo para festejar algún evento particular: una cena entre amigos o algún aniversario.

Lo mismo me sucede al transitar un camino recorrido ya varias veces. A veces soy consciente de mi repetición y con no poco esfuerzo logro tomar un camino distinto al habitual. Pero, evidentemente, cierta angustia existencial me invade cada vez que tropiezo con el absurdo de mis actos. Todos queremos vivir bien, pero ¿qué es vivir bien?

Muchos de mis amigos se siguen vistiendo de manera idéntica desde hace décadas. Como si prontamente hubieran dicho basta, este soy yo. No más cambios. Lo mismo pareciera sucederles con algunas comidas y lugares de veraneo. Todos cambiamos, ya que vivimos muriendo, pero nuestra cotidianeidad pareciera por momentos reprimir esta certeza. 

También solemos ubicarnos siempre en la misma silla junto a nuestras mesas. Como si de esta manera ya no estuviésemos dispuestos a querer ver el mundo desde otro ángulo. No se trataría tanto de una cuestión territorial como más bien de una posición inamovible frente al mundo y a nosotros mismos.

De chicos estamos acostumbrados al esfuerzo; requiere un enorme esfuerzo tener que aprender. Ya de adultos buscamos el confort, para luego descubrirnos aburridos por la inercia de nuestra forma de vivir. 

¿Cómo llegamos a aceptar el café instantáneo como reemplazo del café verdadero hasta el punto de auto engañarnos a fuerza de repetición? ¿Cómo llegamos a hablar siempre de lo mismo con nuestros íntimos cuando sabemos que sólo estamos compartiendo una ínfima parte de lo que seguramente podríamos compartir con alguien que creemos conocer? ¿Por qué nos enorgullecemos de sostener ciertos puntos de vista cuando la realidad nos demuestra que estamos equivocados?

El aburrimiento pareciera ser el precio que debemos pagar por esquivar no tanto el cómo vivir, sino el para qué. Las páginas de Google sobre el para qué vivimos arrojan sólo 8.060.000 resultados en contraposición a los 119.000.000 de cómo vivir.

Perder la propia vida es una nimiedad, pero perder el sentido de la vida, ver cómo desaparece nuestra lógica, es insoportable. Es imposible vivir una vida sin sentido.

Albert Camus.

Si cambiamos nuestras rutinas y automatismos seguramente descubramos una vida distinta. Si nos aferramos a ellas tiene sentido estar atentos a nuestros pequeños cambios. Aferrarnos a que nada cambie es vivir una vida sin sentido. 

Constantemente escucho a personas deseosas de un cambio que sin embargo no están siquiera dispuestas a probar un nuevo té ni otra marca de yogurt. Concurren a los mismos lugares, comen siempre lo mismo y se relacionan con las mismas personas. 

El sentido de la vida tiene la mayor cantidad de entradas en Google, 124.000.000 

Los números hablan por sí solos. No hay una respuesta.

Hace un par de meses cerré mi empresa. No fue sencillo ni agradable. Pero a partir de ellos vivo nuevas calles, personas, comidas, olores y ocupaciones. No sé aún qué me depara el futuro, pero tengo la certeza de que quiero transitar lo inesperado. 

No creo en el destino, pero sí creo en el azar. Sobre todo cuando uno lo promueve mediante los cambios. Lo cual no quiere decir que uno tenga buena suerte, sólo que se abre a otras inesperadas e inexploradas posibilidades.

No sé cómo vivir, tampoco sé del todo para qué, pero al menos sé que el mundo es ilimitado si evitamos morir estancados.

Vivir no es fácil ni difícil, es sólo un arte.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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