miércoles 22 de febrero, 2012

Destruir o morir en el intento - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
Captura de pantalla de “Statue Shatter” / Foto referencial
Fuente: Randy Cano / VIMEO

Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende. Paul Watzlawick

Dicen que construir requiere de más tiempo y esfuerzo que destruir. Por lo general, suele suceder así, a excepción de rasgos de nuestros personajes cotidianos, construidos imperceptiblemente durante años.

Nuestras certezas y relatos más íntimos son como el cemento más indestructible, ya que tienen la particularidad de ser no sólo resistentes a otras miradas, sino que a su vez tienden a ser transparentes. A diferencia de una piedra, cuanto más nos golpean y más tiempo convivimos con nuestras propias verdades, más sólidas suelen tornarse.

Nada más difícil que destruir aspectos nuestros como condición necesaria para construir nuevas posibilidades. Difícilmente lo logremos de no haber alguien dispuesto a martillarnos nuestras certezas hasta destruirlas, y así lograr extirpar ciertas verdades perimidas que se resisten a morir, aún cuando ellas ya hayan caducado.

El otro día compartí el café más destructivo en años. Mi amiga, una mujer, inteligente, sensible, tierna como despiadada, no tuvo reparos en golpearme hasta mi propio knock out. Durante las tres horas que conversamos, junto a una mesa de un bar de la calle Cerviño, solo pude evitar esquivar sus certeros golpes cuando me ausenté por unos minutos para ir al baño.

Cuando ya no logramos construir lo que anhelamos, aún dedicando toda nuestra voluntad, es porque olvidamos o tememos destruir nuestros mayores obstáculos. No existen las críticas constructivas, toda crítica conlleva el germen de la destrucción. Solo que éstas, las bien intencionadas, tienen como objetivo destruir para luego construir sobre otras bases. 

Sabemos que estamos siendo destruidos cuando el otro logra aturdirnos, provocando nuestro propio silencio; cuando ya no podemos ni queremos defendernos mediante el enojo o haciendo gala de alguna respuesta inteligente como inútil. 

Por supuesto que uno intenta defenderse de algún modo. Nadie busca ni acepta de buena gana ser destruido en pocas horas o minutos lo que hemos forjado durante décadas. Intentamos relativizar los golpes de nuestro enemigo-amigo, cuestionando su propio sistema de creencias y sus propias debilidades. Sin embargo, es precisamente en ese movimiento interno en donde nos esforzamos en vano cuestionar al otro intentando apaciguar su ataque al constatar que su golpe ha sido certero. De lo contrario, no tendríamos necesidad alguna de hacerlo.

No hay verdades más indestructibles que las construidas por largos periodos, atornilladas por nuestras certezas y olvidando que toda verdad se construye.

Este clase de golpes, dolorosos como inequívocos producen una suerte de adicción temporaria como así también, una cierta relativa tranquilidad al que los recibe. Al igual que cuando nos sometemos a la extracción de un quiste que nos produce dolor, pero que de tanto convivir con él ya olvidamos su invasiva y perturbadora presencia. 

Hay palabras que abren caminos, mientras que otras los bloquean. Soy así es una de ellas. ¡Qué expresión compulsivamente ignorante! No hay palabras inocentes. Existen las que crean y las que destruyen. Existen otras costosísimas, que pueden llevar toda una vida descubrirlas. Mientras que también podemos lidiar con palabras que nos curan o nos enferman. ¡Si solo supiésemos de qué certezas estamos hechos!

Mi silencio, producto de los martillazos verbales propiciados por mi amiga, nada tiene que ver con que yo pudiera estar callado. El silencio tiene que ver con el desorden perpetrado a mis certezas. Mientras que el callar, por el contrario, sólo consiste en no expresar nuestros diálogos internos.

Son pocas las oportunidades y las personas que nos puedan silenciar. Para eso se necesita de confianza, sabiduría, ternura, autenticidad y valentía por parte de nuestro asesino de turno.

No es tanto el propio orgullo el que se hiere en tales ocasiones. Más bien es el abismo que se nos abre al ser despojados de nuestras máscaras. Todos hemos soñado alguna vez, con la incomodidad de vernos a nosotros desnudos frente a otras personas vestidas. Nuestra vulnerabilidad en tales escenarios es total. Pero a diferencia de un sueño donde eventualmente todo se resuelve recuperando la ropa o bien, tan solo despertando, en la vigilia, una vez desenmascarados, ya no podemos volver atrás. Como un caballo a quien le quitan sus anteojeras y se asusta por lo que puede ver a partir de su nuevo campo de visión.

Una reforma se hace a partir de lo existente, mientras que una revolución implica destruir lo instituido para construir un mundo nuevo. Al igual que en las ciencias donde ciertos paradigmas ocupan el lugar de verdad hasta que se produce una crisis frente a uno nuevo que cuestione y supere al paradigma anterior. 

Me despedí de mi amiga, golpeado, dolido, desnudo, querido y agradecido. Aún así, me sentí aliviado, confirmando una vez más que solemos sufrir el doble por no sufrir.

Todavía no sé cómo me voy a vestir. Posiblemente el desafío sea vestirse con mi propia desnudez, apenas adornado de una sonrisa, y comprendiendo que detrás de nuestras máscaras somos todos animales sin ropa. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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