miércoles 22 de febrero, 2012

Apología de la envidia - por Marcelo Mosenson

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Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es. J.P. Sartre

La envidia, en mayor o menor medida, nos invade a todos. Siempre deseamos, por definición, lo que no tenemos. Constatar que otro posee lo que nosotros no, nos duele. Quien no envidia no desea y quien ya no desea está muerto, o al menos lo está bastante. La envidia pone de manifiesto no solo de lo que carecemos, sino que a su vez nos recuerda que quisiéramos ser distintos. Cuando por otro lado, nunca terminamos del todo ser nosotros mismos, mientras seguimos viviendo, cambiando, madurando y envejeciendo.

Envidiar duele, pero no asumirlo nos hace entrar en un anestesiado conformismo. Resulta inevitable no querer ser quien uno es, a la vez que tampoco deseamos ser quien no somos. La contradicción nos constituye. Intentar superarla está en nuestro interés, mientras que negarla tiene su precio: ser presos del miedo y la cobardía.

Vivimos tan contaminados de lo que debería ser, en lugar de lo que es, que recurrimos a constantes anestesias verbales para evitar salir de nuestra zona de confort. No está bien envidiar, nos enseñan desde chicos. Como si esto fuera realmente evitable. Vivimos comparándonos, aunque más no sea para no sentirnos tan mal.

Los que afirman que no envidian a nadie son los que suelen buscar consuelo contrastando con gente que la pasa aún peor. Justamente, la contracara de la envidia consiste en compararse con los que se encuentran en inferioridad de condiciones que nosotros para así lograr valorar lo que tenemos. Estas personas son las que suelen manifestarse eternamente agradecidas por lo que poseen, a cambio de una evidente baja autoestima. 

Si nos comparamos con los que están peor debiésemos, de ser justos, también hacerlo con quienes están mejor. No tiene sentido la metáfora del medio vaso lleno y medio vacío. Porque para no compararme con quienes envidio, y así no verme en una posición de dolor y humillación, tuve por lógica que haber, previamente, podido reconocer a los que están mejor que yo, como para así tomar la decisión de quitarles de mi campo de visión. 

Cuando éramos chicos lo queríamos todo y por eso nos enseñaron, con razón, que todo no se puede. Luego, ya de grandes, algunos tomamos el camino de ver el vaso medio vacío mientras que otros tomamos el del vaso medio lleno. Tan absurdo como pretender vivir sólo de día o sólo de noche. ¿Acaso no resulta más sencillo ver lo que evidentemente todos vemos? El vaso, sin lugar a dudas, está medio lleno y medio vacío.

¿Realmente alguien se puede sentir mejor porque nos recuerden que alguien se sienta aún peor, o disponga de menos que nosotros? Eso es mal de mucho consuelo de sádicos. Prefiero sentirme mal por no tener lo que otros tienen e intentar hacer algo al respecto, lo vaya a logar o no, que paliar mi dolor, y justificar mi propia mediocridad y conformismo en base a la desgracia e inferioridad ajena. 

La saciedad no existe, es apenas temporaria. Y es normal que así sea. En todo caso, uno puede optar por decir: ok, no vale el esfuerzo de intentar saciar ciertos anhelos. Pero de ahí a agradecerlo todo, hay un gran trecho. Porque hacerlo implicaría también ser desagradecido por mucho de lo vivido injustamente.

Los eternos buscadores de certezas se contentan con elegir sólo una cara de la moneda. Pero las monedas no sólo tienen dos caras, sino que también tienen un canto; son tridimensionales. La vida no es simple ni compleja. Es simple, compleja, y mucho más de lo que tengamos idea.

No existe la envidia sana como tampoco existe la enferma. La envidia consiste en padecer el no tener lo que otros tienen. Punto. En todo caso, podremos reaccionar de manera constructiva o por el contrario, intentar eliminar al otro para así, ingenuamente, pretender que esa diferencia no existe. La envidia es, y negarla es negarse a uno mismo. 

Además, ¿cómo no vamos a sentir envidia cuando nos enseñaron que cosechamos lo que nos merecemos? Con el tiempo aprendemos rápida y violentamente que esto es cierto sólo en una sociedad ideal, utópica, si se quiere. Por supuesto que no siempre merecemos lo bueno o lo malo que nos toca a vivir. Claro que no hay justica.

Aún cuando logremos llenar el vaso, éste siempre estará medio vacío. No hay manera de completarlo, sólo de a ratos, y no es más que una mera ilusión. Pero ver el recipiente hasta la mitad, medio lleno y medio vacío, nos permite vivir vidas intensas, sorprendentes como inesperadas.

El día que vea el vaso lleno y mi envidia desaparezca será aquél en el que habré muerto, o peor aún, en que habré muerto en vida.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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