miércoles 22 de febrero, 2012

¿Quién dijo que a la felicidad se la encuentra en las pequeñas cosas? - por Marcelo Mosenson

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Fuente: Difusión

¿Por qué no dejo de destrozar mi vida buscando respuestas que jamás voy a encontrar, y me dedico a disfrutarla mientras dure?” (Woody Allen)

No recordamos si alguna vez lo fuimos, o si tan sólo añoramos un tiempo pasado en el que jamás hubiésemos imaginado que nuestras vidas habrían de sufrir determinados giros. 

Recubiertos de dolor, percibimos un muro invisible que se antepone entre nosotros y el mundo que nos rodea. Como cuando nos encontramos en un país extranjero en donde compartimos su lengua, pero no así su lenguaje.  

Resulta frívolo constatar que muchas personas afirman, como si se tratara de un mantra, que a la felicidad se la encuentra en las pequeñas cosas y que sólo se la tropieza de vez en cuando. En todo caso, a ella se la puede saborear en ciertas circunstancias intrascendentes a condición que los grandes temas permanezcan en su lugar. 

Cuando nos duele la muela de poco nos sirven un bello atardecer, un lago sereno o, por nombrar tan sólo otro de los clichés que pretenden conducirnos al camino de la felicidad, una luna llena reflejada sobre el mar.

La frivolidad, inherente a nuestra sociedad de consumo, afirma, sin prueba alguna, que se la encuentra en las pequeñas cosas. Por eso, cuando salimos por primera vez con alguna pareja solemos escoger lugares agradables, nos vestimos de manera seductora y comemos rico. Reforzamos todas las pequeñas cosas que puedan hacernos potencialmente felices como resguardo de lo importante: la conexión entre dos personas. 

Todo pareciera suceder en orden inverso a una verdadera economía de la felicidad. 

Si en un primer encuentro con alguien nos encontrásemos despojados de ambientes bellos y confortables, sabríamos rápidamente si disfrutamos o no de la compañía del otro. No nos quedaría otra.

Cuando nos sentimos bien acompañados, el lugar más espantoso no interfiere, puede incluso llegar a potenciarlo. Lo cual no equivale a decir que a la felicidad la encontremos y construyamos en lo pequeño. Al contrario, como la hemos hallado en lo importante, disfrutar de una comida mediocre puede convertirse en un manjar. Mientras que un plato gourmet, resulta aún peor que uno insulso cuando hemos perdido el apetito por vivir. Nos hiere aún más el no poder valorarlo. Porque, evidentemente, no podemos disfrutar de las pequeñas cosas cuando las grandes están fuera de lugar o peor aún, las hemos perdido.  

De este mal entendido surgen absurdas afirmaciones tales como que el dinero no trae a la felicidad. Depende. ¿Solos o acompañados? ¿Sanos o enfermos?

En todo caso, quizá, habría que celebrar las pequeñas cosas cuando se tiene lo fundamental. Pero suele suceder lo contrario. En la medida que un vínculo amoroso se afianza, tanto la seducción como la búsqueda de la belleza se van debilitando cuando, justamente, debiera suceder lo contrario. Son aquellos momentos en que amor, trabajo y salud se encuentran presentes en nuestras vidas donde efectivamente estamos mejor preparados y predispuestos a disfrutar de las pequeñas frivolidades que nos ofrece el mundo. 

Otras de las falacias acerca de la búsqueda de la felicidad consiste en asociarla con la paz, la tranquilidad y la plenitud. Desconozco cómo hemos llegado a concebirlo de tal modo cuando sobran ejemplos que confirman lo contrario. He conocido fotógrafos especializados en guerras que disfrutan del peligro, tanto propio como ajeno. De la misma manera que los médicos gozan de su vocación, a condición de lidiar cotidianamente con hombres, mujeres y niños enfermos, o los abogados que se entretienen resolviendo conflictos ajenos.

Mientras que cualquier deportista o artista profesional conoce de las privaciones que conlleva vivir de lo que les hace felices. El sacrificio es inherente a sus vidas. 

El problema de concebir la felicidad como ausencia de dolor puede llevarnos no sólo a nunca encontrarla, sino aún peor, a escoger los medios erróneos para conquistarla. 

Todas las ofertas que nos invaden cotidianamente acerca de cómo lograr la felicidad parecieran invitarnos a la muerte, estado en donde las tensiones desaparecen. Pero mientras estamos vivos, más o menos tensionados, jamás lograremos la ausencia de tensión. ¿Cuánto tiempo podemos disfrutar de un eterno atardecer, del aroma de una flor y de la confortabilidad de una suite presidencial antes de caer en el aburrimiento y la abulia total?

La felicidad es uno de los grandes malos entendidos de esta época. Se la persigue a golpes de slogans cuando en realidad y, a juzgar por todos quienes nos rodean, se parece más a una montaña rusa que a una eterna sesión de masajes, por demás absolutamente placenteros. 

No hay pregunta más desestabilizadora y generadora de angustia que interrogarle a alguien acerca de si es o no feliz. La felicidad se nos presenta como un deber imposible de cumplir porque nadie puede llevar a cabo lo que se desconoce o bien, se pretende lograr según parámetros tomados de una agencia de viajes o de un curso de Vida de ofrecido a lo largo de cuatro fines de semanas. 

La felicidad no es ausencia de dolor, tampoco son momentos alegres. No sé que es. Quizá sea más, menos, o distinto a todo lo que nos proponen. Pero tengo la sospecha que tal vez, tan sólo sea un mecanismo de defensa como para no deprimirse y seguir jugando. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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