miércoles 22 de febrero, 2012

La vida es una mamushka - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: CHRISDORNEY/ISTOCK/THINKSTOCKCHRISDORNEY/ISTOCK/THINKSTOCK

La propia edad es una de las realidades más difíciles de aprehender y comprender. No conozco a nadie que no padezca el asombro de cumplir una nueva década. Pareciera que no tenemos manera de entender el paso tanto perceptible como imperceptible del tiempo. No sólo se trata de una negación o de un temor a la muerte, eso sería una simplificación, sino que todas nuestras edades conviven con nosotros, al igual que las mamushkas que contienen a varias otras más en su interior.

Pareciera que los años como nuestros cambios corporales siempre corren en desventaja respecto de cómo nos sentimos. Como si viviésemos rezagados en relación a nuestra edad cronológica entre por lo menos cinco y diez años según el caso, y dependiendo de las décadas cumplidas. Mientras que asumimos que los que nos superan mucho en años sienten y viven acordes con sus respectivas edades. Sin embargo, los que solemos conversar con adultos que nos superan ampliamente en edad descubrimos perplejos que ellos tampoco logran conciliar sus años con su propia subjetividad del tiempo.

Nos sorprende lo rápido que ha pasado todo, aún si ciertos años nos han parecido eternos. Pero desde la perspectiva del pasado, el futuro, ilusorio, se grabó en nuestra memoria como si fuera casi inalcanzable. Y por definición lo era, ya que no existía. Así, hasta tal punto vivimos este desorden cronológico que no nos desvela la edad de un extraño, pero sí la nuestra o la de nuestros más cercanos.

Este desfase nos suele generar angustia, la de nunca lograr ser quienes sentimos ser. Por un lado quisiéramos detener el tiempo, al menos por un instante, mientras que por otra parte nos vivimos anticipando con la expectativa de resolver lo que nos aqueja en el presente, o bien nos ilusionamos con vivir ciertas experiencias en un futuro.

No hay aceptación posible más que la contradicción de convivir con nuestras propias mamushkas. Poco o nada incide cuan bien o mal nos sintamos con nosotros mismos. Carecemos de una representación propia del presente, apenas nos podemos representar lo pasado. Un poco como cuando nos tomamos un avión hacia un país lejano y al pisar el aeropuerto en un huso horario diferente nos esforzamos por asumir el nuevo, y confrontamos con el nuevo clima y paisaje.

Cuando era chico pensaba que los grandes asumían su edad. Ahora sigo creyendo secretamente que los ancianos sí lo hacen. Pero por supuesto que tampoco ocurre. Aún si el cuerpo se deteriora, los demás crecen y envejecen junto a nosotros, el mundo cambia, lo analógico desaparece frente a lo digital, una parte nuestra permanece inmóvil y ajena a todo. Porque nada pareciera cambiar para nosotros mismos, a la vez que nos asombramos por el indeclinable paso del tiempo. Molestos porque nadie nos avisó que a nosotros también nos habría de ocurrir, al igual que les venía sucediendo a los demás cuando los espiábamos crecer y envejecer como algo totalmente ajeno a nuestra realidad existencial.

Quizá de chicos, cuando un año nos duraba más tiempo, a la vez que nuestros cambios se sucedían de forma más brusca, y la personalidad todavía buscaba una forma más consolidada de expresión, nos preparábamos mejor al paso de los días. Pero a partir de cierto momento, no sé cual, nos convertimos en quien creemos ser sorprendidos por haber llegado a una edad inimaginable tiempo atrás. Como cuando el carrito en una montaña rusa sube hasta su máxima altura hasta que nos sorprende con una descenso mortal.

Sin embargo, volver el tiempo atrás se nos tornaría rancio. Nos sentiríamos nuevamente desubicados. Sólo si tuviésemos la posibilidad de viajar al pasado estas contradicciones temporales desaparecerían, comprenderíamos con certeza nuestra edad actual. Basta con vernos en fotos para comprobar cómo llegamos a nuestro hoy. Quizá, tampoco. No lo sé.

De chico me fascinaba jugar con la mamushka que tenía mi abuela en su casa. La armaba y desarmaba repetidamente, siempre con el mismo placer. Cuatro décadas más tarde descubro que de alguna manera sigo jugando con ella, aunque más no sea de forma imaginaria. Pero nunca sospeché en aquel entonces que habría de ser parte de mí, hasta el día de hoy. 

Mis abuelos fallecieron, yo he crecido, los cercanos a mí también lo han hecho. Hemos tenido hijos y el tiempo, a pesar de mis convicciones infantiles, no se ha detenido. Sin embargo, se me hace inconcebible llegar a viejo alguna vez, de la misma manera que no comprendo que los chicos se vayan a convertir en adultos algún día.

Los únicos lugares en donde el tiempo pareciera detenerse un poco se produce cuando viajo de un país a otro y espero sentado frente a una de las puertas de embarque del aeropuerto. El truco suele funcionar siempre. Imagino y siento que mi viaje será eterno, aunque sepa de antemano que no vaya a durar más que un par de semanas. Para luego constatar, una vez más, que ya he vuelto. Un nuevo viaje que se transformó en pasado.

No temo a la muerte, tampoco a la vejez. ¡Pero me revienta que nadie nos avise cuándo pasa el tiempo!

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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