miércoles 22 de febrero, 2012

No hay bien que por bien no venga - por Marcelo Mosenson

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Fuente: Gananci.com

No tengo nada en contra de que busquemos palabras que de alguna manera alivien nuestro dolor. Pero existe un lugar común en el uso de ciertas frases que me subleva hasta las entrañas. Todo sucede por algo. ¡Y sí, por supuesto que todo sucede por algo! Aunque muchas veces desconozcamos las causas, o bien atribuyamos causas erróneas a un efecto eventual. De la misma manera podríamos afirmar que nada sucede por nada. Porque ¿a quién se le ocurriría pensar, en nuestra era post Big Bang, que algo ocurra por nada?

¿Pero por qué habría de tranquilizarme que todo ocurra por algo? Asumo que mi propia idiotez sea, efectivamente, la causa de mis actuales problemas. Pero no veo cómo sentirme mejor al afirmar lo evidente. Curiosamente, aquella máxima presupone que es algo bueno que nos ocurra algo malo. Como si alguien dijera: tuve que suicidarme para finalmente valorar mi vida. Porque, evidentemente, nos esforzamos por buscar una enseñanza y así justificar nuestras evidentes torpezas. Hemos aprendido, para bien o para mal, no lo sé, que no hay mal que por bien no venga. Una suerte de premio consuelo respecto del cual, si fuésemos realmente honestos, estaríamos más que dispuestos a intercambiar nuestro aprendizaje por nuestra ignorancia, con tal de no haber tenido que padecer nuestras penosas experiencias.

Podría hacer una concesión a estos lugares comunes si al vivir algo lindo me dijeran: ¿Ves? Todo sucede por algo. Pero no. Cuando salimos del Mediterráneo a secarnos el cuerpo bajo el sol de Cadaqués junto a la persona que amamos, anticipando nuestro almuerzo de suquets en alguna de sus terrazas con vista al mar, nadie nos dice (nosotros mismos tampoco) no hay bien que por bien no venga. Mientras que, sin lugar a dudas, nada nos viene mejor que el estar bien para estar mejor. ¿Cómo llegamos a justificar, entonces, a nuestros males, en lugar de todas las cosas buenas que nos ocurren?

Tengo una sospecha. Frente al dolor que nos provocan ciertas vivencias, sobre todo las reprochables torpezas que hemos cometido, aprendimos a fuerza de una cultura agliofóbica (fobia al dolor) que no vale la pena sentirse peor cuando nos sentimos mal ya que, como bien sabemos, todo sucede por algo, lo que a su vez equivale a decir que, una vez más, no hay mal que por bien no venga.

Si intentásemos indagar acerca de nuestras pérdidas, nos encontraremos con que las causas pueden ser múltiples, pero cuando acertamos con algo que nos hace feliz, la respuesta acerca de su eventual causa la vemos como autoevidente y por lo tanto innecesaria, y así no nos molestamos en pensar: ¿cómo pudo haber sucedido algo tan bueno? ¿Pero porqué no aprender más de nuestra alegrías, en lugar de forzarnos a aprender de nuestros infortunios?

Nunca faltan nuestros cercanos que disfrutan de ayudarnos mediante críticas constructivas, (las más destructivas de todas, por cierto) remarcando su irrefrenable: ¿Viste? Te lo dije. Resulta odioso como desequilibrado cuando, si observamos bien, casi nunca se ejerce la crítica en momentos en que logramos pasarla de maravillas. Porque no solemos decir que todo sucede por algo al ser protagonistas o testigos de un momento genial.

Hasta tal punto llegamos con estas falsas creencias, que pareciera ser que cuanto peor mejor. Como si la única revolución posible fuera a través del dolor y no, del placer.

El otro día, observaba a una joven madre que le decía a su angustiado hijo, luego que éste hubiese perdido su bola de helado contenido en un cucurucho, consecuencia de su mala destreza y la fuerza gravitacional que ejerce la tierra sobre los objetos, “así vas a aprender a agarrarlo como te dije”. Mientras el llanto del niño me seguía aturdiendo pasadas ya las tres cuadras, pensaba si esta madre le hubiera felicitado todas las veces que su hijo había logrado tomar su helado sin que el suelo hubiera atraído su bola helada.

Indiscutiblemente, todo sucede por algo, pero ¿porqué? En aquel caso, me inclinaría a afirmar, que la falta de destreza de las pequeñas manos del niño no fueron la verdadera causa que provocara el colapso del helado. Más bien pienso que la razón habría que buscarla en todas aquellas oportunidades en que esta madre, carente de ternura, no festejó los pequeños éxitos respecto de la psicomotricidad de las manitos de su hijo cuando intentara domar otros cucuruchos.

Es por eso que la próxima vez que alguien ose decirme que no hay mal que por bien no venga, o aún peor, que todo sucede por algo le responderé: ¿Ah si? Luego, permanecería en silencio un buen rato hasta manifestarle mi deseo de que tenga una vida llena de errores para que así logre aprender de ellos y se convierta en una mejor persona, aún si esto implicara cometerlos hasta el final de sus días. Le abrazaría con fuerza, y finalmente le relataría mis numerosos logros a lo largo de toda mi existencia para explicarle que todo lo bueno me ha sucedido por algo. 

Y sin ningún ápice de despecho le exclamaría alegremente: ¿Sabés? ¡No hay bien que por bien no venga!

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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