miércoles 22 de febrero, 2012

El arte de no saber qué hacer - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: www.emprendepyme.net

Hay momentos en los cuales elegir nos resulta imposible. La otra noche, justamente, me debatía entre ir a una cena de amigos o quedarme en casa. La imposibilidad de encontrar una respuesta que me satisficiera me resultaba intolerable. Se supone que cuando uno desea hacer algo y tiene los medios para hacerlo, la elección no debiera resultar traumática. Por el contrario, si uno no tiene las ganas ni la obligación de acudir a un encuentro, escoger hacer nada habría de ser no solo la decisión correcta sino, a su vez, ampliamente simple. Pues, no.

Tanto mi cuerpo como mis pensamientos se encontraban completamente escindidos. Tironeado por dos caballos gemelos de igual potencia, cabalgando en direcciones opuestas y deteniéndose luego ambos de forma completamente sincronizada, me encontraba confrontado a una decisión complejamente simple. ¿Salir o no?

Lo peor de aquella circunstancia es que todos ya la hemos vivido y con certeza se nos volverá a presentar en más de una oportunidad mientras sigamos vivos. Y es harto difícil basarnos en alguna regla, premisa o valor que nos permita resolver estos cortocircuitos existenciales.

Por momentos resulta tan intolerable no saber qué hacer sobre algo que no reviste ninguna consecuencia, peligro ni pérdida significativa, que hasta recurrimos, eventualmente, a la ayuda de un tercero, para así desempatar lo que en el fondo probablemente ya sabemos. 

Es mucho más fácil decidir sobre un tema difícil como, por ejemplo: someternos o no a una compleja intervención quirúrgica. Finalmente, solo se trata de evaluar riesgos, costos y beneficios. Pero nada más difícil que tomar una decisión cuando en principio, no se juega nada y, sin embargo, se nos va la vida. Literalmente.

Cuando ignoramos si comer algo dulce o salado, si salir o quedarnos a ver una película en Netflix, o decidir si vestirnos de manera elegante o despreocupada, percibimos, lo aceptemos o no, que no sabemos quienes somos. Que muchas de nuestras elecciones son meras construcciones que acatamos de manera automática. O peor aún, que nuestros dilemas son falsos. Preferimos soportar la incertidumbre de una elección entre dos aparentes polos opuestos, cuando en realidad quisiéramos tener otra alternativa, sobre la cual no estamos dispuestos a admitir siquiera su eventual existencia.

La soledad, acompañada o no, propone muy a menudo esta serie de falsos dilemas o, en todo caso, los potencia. Antes que quedarme solo, acepto la salida, pero para qué hacerlo si no por el mero hecho de camuflar mi soledad con personas que no habría de cambiarles nada, como a mí tampoco, de suceder que alguno de nosotros dejara de vivir.  

Son estos momentos en que vislumbramos que no sabemos quiénes somos y, ante la evidencia, preferimos pasar por indecisos a aceptar lo evidente. Por supuesto que se juega la vida cuando nos angustiamos por no saber si vestirnos de negro o con colores. Porque, probablemente, lo que esté en juego no sea la vestimenta. Intuimos que la vida está en otra parte, mientras vivimos como podemos un eterno mientras tanto. Nunca falta quien nos diga como un mantra repetido de memoria y vaciado de sentido, “relájate”. Cuando en no pocas oportunidades lo sabio sería que nos invitaran a rebelarnos. Pero rebelarse no es fácil y relajarse, en muchos casos, tiene sabor a resignación. 

Es cierto aquello de que la vida se debate entre el deseo y las posibilidades. Pero a veces desconocemos nuestro deseo y, otras veces, sencillamente, ignoramos nuestras posibilidades aún inexploradas. 

El otro día, una sensible, bella y joven mujer me preguntaba en forma de confesión cuánto mejor sería vivir sin hacerse tantas preguntas, ¿no? Frente a lo cual le respondí que probablemente el no hacérselas no sea garantía de un vivir mejor. Desconozco la manera en que cada uno se despierta y se echa a dormir, pero sospecho que toda pregunta no formulada se manifiesta tarde o temprano como el vapor que intenta escapar de una olla a presión. 

A partir de cierta edad toda distracción se paga caro. 

Hoy viernes tengo felizmente varias alternativas para esta noche. No sé lo que vaya a hacer aún. Las imágenes repetidas hasta el cansancio de algunos posteos en Facebook en los cuales nos proponen la paz y la tranquilidad mediante lagos, mar azulados, montañas exuberantes y paisajes paradisíacos, no están a mi alcance en este preciso instante. Pero me consuelo pensando que de no tener con quien compartirlos, la belleza y serenidad de aquellos paisajes idílicos provocarían en mí exactamente lo opuesto a lo que sugieren los anuncios que promueven la paz, la armonía y el contacto con algún (inexistente) ser interior. Que yo sepa, solo las madres embarazadas tienen la legitimidad de hablar de un ser interior. Los demás, debemos conformarnos, pelearnos y convivir con un solo ser, nosotros mismos.  

Seguramente, decida compartir la noche con quien me sienta más a gusto, aún si la pregunta persiste, y no tenga garantía de llegar a la tierra prometida. O tal vez, por el contrario, me quede viendo una serie en Netflix, abrumado, relajado y satisfecho por haber logrado tomar la difícil decisión de vivir con y sin expectativas. Y aceptando que el valor de preguntarse no implica lograr una respuesta. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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