miércoles 22 de febrero, 2012

La caricia y la palabra - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
Foto referencial
Fuente: Hello Herman

El deseo es la verdadera esencia del hombre. Baruch Spinoza

Saber y conocer no son antídotos de nada porque, después de todo, las palabras son apenas metáforas que pueden alcanzar realidad propia, pero jamás logran ser la cosa. Una caricia quizá no cure, pero alivia. La caricia tiene el poder de silenciar y de callar, aunque solo sea por un tiempo.

La palabra es la jactancia de los intelectuales, la alegría de los borrachos, la necedad de los que nada saben, el entusiasmo de los jóvenes, el cinismo de los mayores, la ignorancia de los sabios, el dolor de los poetas.

No hay palabras justas. A lo sumo las hay convenientes, mientras intentamos ordenar lo irreparable: el paso del tiempo.

Nada es más absurdo y noble que sentarse a escribir, forzarse a hacerlo con la intención de expresar lo inexpresable; tratar de extraer del fuero interno palabras, frases e ideas que se crean en la acción misma de escribir. Sin embargo, las oraciones no están alojadas en ningún sitio: se inventan y, no obstante, ¿cómo es posible que algo surja de la nada? Qué sensación contradictoria es la de intentar decirlo todo con la esperanza de vaciarnos, cuando, previo al acto de escribir, las frases no ocupaban lugar alguno.

¿Cómo vaciarse de lo que aún no ha sido llenado?

Sin embargo, el silencio no existe. Solo existen la ignorancia y la pereza; las palabras siempre nos acompañan, hasta el último suspiro. Combatir las palabras con palabras es como pretender evitar la violencia con más violencia.

Las caricias son como palabras pronunciadas por la piel. Apaciguan, a la vez que abren el apetito, provocando una imposible saciedad, aún en su repetición infinita. Pero la caricia, al igual que el tiempo, carece de presente. Su ilusión es la de hacernos sentir que consigue detener el tiempo, al menos por un instante. Pero, por su propia naturaleza, la caricia solo se siente en la medida en que transcurre y no se detiene; es la expresión amorosa del devenir.

Estamos hechos de palabras. Palabras que, por lo general, ni siquiera sospechamos cuáles son ni cómo nos constituyen. Hasta que miramos hacia atrás y vislumbramos la estela de nuestro propio devenir. ¿Hemos elegido? Sí, pero no del todo. Si la estela es profunda, no podemos más que sorprendernos frente a una oración que se repite constantemente, independientemente de las palabras y acciones que creímos elegir.

La caricia, en cambio, solo existe en un presente continuo. La caricia es capaz de separar el pasado del futuro, para sumergirnos en un puro presente. Ninguna caricia es eterna, ni más profunda que la piel. Ella contiene el dolor de los límites mientras calma su inagotable sed de reconocimiento. La caricia es caricia, a condición de que los dedos que nos tocan pertenezcan a un ser a quien amemos. Pero el amor no es suficiente para aceptarla. La prueba es que, a partir de cierta edad, más allá del amor que pueda haber entre padres e hijos, los padres ya no acarician a sus hijos como cuando eran pequeños. Y la caricia de una mano por la cual no nos sentimos atraídos produce un efecto opuesto al deseado, siniestro incluso, hasta el punto de tornarse un guante de papel de lija.

No hay caricias indiferentes.

Ciertas caricias tienen el poder de enaltecernos o, por el contrario, de hacernos sentir tan pequeños como inexistentes cuando nos abandonan. Aun tomando conciencia acerca del hecho de que alguna vez no hemos sido y que misteriosamente fuimos elegidos azarosamente para ser y existir en una geografía y tiempos determinados, no hay consuelo metafísico que logre apaciguar el dolor de no importarle a quien deseamos. El amor no sabe de justicia.

Si como afirma Sartre, los otros son el infierno, la soledad también lo es. Los demás podrán no ser la salvación, pero la indiferencia de uno hacia los otros tampoco lo es.

Observo a la gente del bar donde escribo: todos hablan, incluso los que están solos. Esos son los que más conversan, porque no logran permanecer en silencio. A lo sumo, callan, o dialogan con ellos mismos. Muchos de sus diálogos son posibles, a condición de que el interlocutor no se encuentre presente. Porque no se animarían a expresar ciertas palabras frente a las personas que ocupan sus pensamientos. 

También están aquellos que hablan y hablan con el solo propósito de silenciar, palabras que no están dispuestos a escuchar. 

¿Cómo sería vivir sin palabras? Sospecho que sólo las caricias podrían silenciarlas.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ