miércoles 22 de febrero, 2012

Una mala buena noticia - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: vesselsministry

Peor que una mala noticia es una buena. Porque a la mala, podemos eventualmente intentar revertirla, pero ¿quién se atrevería a desechar una buena? Sin embargo, a todos nos ha sucedido alguna vez de vernos confrontados con la sorpresa de algo ingratamente grato. Como por ejemplo, el recibir la tardía confesión o declaración de amorosa de alguien que supimos amar o desear (y que aún queremos) cuando nuestra vida sentimental ya se encontrara comprometida por otros andariveles.

De la misma manera que las galletitas dulces llevan algo de sal para resaltar su dulzura, no hay nada peor que una gota de alegría para un triste. Al igual que un sediento en el desierto que debe resistirse a tomar un único y pequeño sorbo de agua si no quiere provocar un desorden en la sobreadaptación de su organismo deshidratado.

Recuerdo haber conocido a una mujer, ya casi anciana, en un pueblo del norte de Brasil quien me comentó, sin ningún atisbo de arrepentimiento ni curiosidad, que no conocía el mar. El océano se encontraba a tan sólo poco más de un kilómetro de su humilde posada. No me atreví a preguntarle si querría conocerlo. Seguramente, de hacerlo, hubiera sucumbido en la constatación de todo lo que se habría perdido.

Mi abuelo materno, mi zeide, forzado a dejar su Polonia natal pocos años antes de la segunda guerra mundial, nunca dejó de beber su té bien caliente, sosteniendo medio terrón de azúcar entre sus dientes. Su té sabía endulzarse a medida que se filtraba entre sus labios. Hábito que había adquirido de los suyos, en Polonia, con el propósito de economizar azúcar. Aún cuando ya se encontraba en una confortable posición económica como para comprar todas las bolsas de azúcar que quisiera, jamás lo vi servirse de una azucarera. Perder el hábito le hubiera significado, probablemente, revivir las penurias de la pobreza europea de entreguerras.

Numerosos sobrevivientes de los campos de concentración nazis murieron al ser liberados por los aliados que les ofrecieron demasiada comida a hombres y mujeres desnutridos, cuyos débiles cuerpos no podían tolerar semejante ingesta. Muchos de ellos no pudieron evitar la tentación, mientras que los aliados, bien intencionados, no habían previsto el problema. Muchos sobrevivientes murieron por alimentarse.

Cuando la caída del muro de Berlín, una gran cantidad de ciudadanos adictos al régimen comunista se deprimieron hasta llegar al suicidio por no poder soportar, quizá, que habían vivido equivocados, durante gran parte de sus existencias, bajo el opresivo régimen comunista. La libertad los indujo a un sufrimiento aún mayor.

En lo personal, cuando me ofrecieron una prestigiosa beca que me permitiría realizar estudios de postgrado en la ciudad de Nueva York, mi alegría se entremezcló con un poderoso sentimiento de angustia, frente al abismo que me generaba dejar de lado mi cotidianeidad de aquel entonces, en vistas de un futuro excitante como impredecible. Hasta tal punto fue así que me vi obligado a solicitar una prórroga de un año para recién luego, partir hacia Manhattan, donde afortunadamente viví durante cinco años.

“Le pays des sourds” (El país de los sordos), estupendo documental acerca del mundo de los sordos, muestra cómo ciertas familias de hipoacúsicos, ante la posibilidad que alguno de sus integrantes recuperase la audición prefieren seguir viviendo en su mundo de sordos. La buena noticia respecto a ciertos avances científicos les aterra. No están dispuestos a cambiar sus vidas, ni la de sus hijos también sordos.

Lo mismo vale para nuestra forma de vestir, la comida con la que nos acostumbramos a alimentar, el barrio donde creemos haber elegido para vivir, los amigos que creemos querer, las parejas con quienes elegimos permanecer, las creencias a las cuales nos aferramos cada día más, hasta el punto que ya no nos animamos siquiera a desear. Porque algo mejor nos podría provocar un incontenible como tardío dolor retroactivo, independientemente de que nos sintamos arrepentidos o no. 

Recuerdo las interminables conversaciones que supe sostener con un amigo quien había conocido a una mujer que le había enamorado por completo. Su entusiasmo y contradicciones eran tales que hubiera preferido no haberle conocido jamás. Finalmente, para bien o para mal, eligió permanecer junto a su esposa.

Las buenas noticias pueden resultar tan lindas que corren el riesgo de tornarse insoportables. Por eso me cuesta ver una contradicción en la paradoja, más bien la siento como un intersticio por donde buscar algo cercano a una verdad. 

Atravesados por nuestro deseo, la libertad, la voluntad y nuestros hábitos, nos debatimos como perros enjaulados entre la búsqueda de placer y el rechazo al dolor. Apenas vivimos como podemos, encontrando remedios parciales a nuestra ignorancia, pero sin ninguna garantía de conquistar alguna sabiduría duradera. Lo mejor puede ser peor, y lo actual, la única certeza con la que contamos, puede travestirse rápidamente en incierta.

Chejov decía que le resultaría interesante narrar la historia de un jugador que se suicida por haberlo perdido todo en el juego. Pero cuanto más interesante aún sería contar la historia de un hombre que se suicida, luego de haber ganado una enorme fortuna. 

¿Cuántas buenas malas noticias dejaremos pasar por alto, o ni siquiera nos atrevemos a imaginarlas, por no asumir el riesgo que ellas conllevan explícita o implícitamente?

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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