miércoles 22 de febrero, 2012

Vivir sin relato - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
20921
Fuente: The Next Web

Vivir construyendo relatos acerca de lo que nos toca atravesar no es garantía de vivir bien, pero la falta de ellos puede tornársenos por momentos, intolerable.

Rodeados de relatos como nunca antes en la Historia, libros, películas, series, canciones, publicidades y todo lo que nos pueda ofrecer internet en su conjunto, solemos padecer la falta de ellos.

Todo duelo es de por sí doloroso, pero más aún cuando carecemos de una narración que le acompañe. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones en las cuales no quisimos darle una explicación a la persona de quien nos alejamos? O por el contrario, no hemos recibido relato alguno por parte del otro, quedando a la intemperie del vacío, expuestos a narrar lo inenarrable. Obligados, en consecuencia, a armar una historia más o menos convincente de lo sucedido, a partir de los vestigios de lo que creímos vivir con aquella persona. Bien se trate de una relación amorosa, laboral o amistosa.

Frente a la dictadura del deseo, el individualismo y la libertad, no nos vemos siempre impulsados a dar ni exigir explicaciones. Después de todo, ¿quién dijo que haya que ofrecerlas o recibirlas? Hasta tal punto esto es así que pretender respuestas de alguien que, sorpresivamente, sin habernos advertido de nada, nos abandona, nos sentimos humillados de intentar obtener cualquier argumento por parte del otro. De la misma manera que, por temor a herir aún más al otro, o bien, por rechazo a exponernos nosotros mismos, preferimos alejarnos en silencio, evitando así, cualquier tipo de confrontación.

“Ya somos grandes, ¡qué le vas a pedir explicaciones! ¡No funcionó! ¡Punto!” me he escuchado decir y, a su vez, me lo han dicho, en más de una ocasión.

También he oído incongruencias en relatos en donde uno ignora si se trata de una crasa mentira, de un rapto de locura, o de una selección muy particular de la propia memoria. Resulta que mi amiga se quejaba, ya terminada su relación, de que él no la invitaba a viajar a ninguna parte, mientras que su ex pareja, también amigo mío, me solía contar de su enorme frustración por cuanto, cada vez que le proponía viajar, ella declinaba la oferta, aduciendo que no tenía con quién dejar a su hija. La única vez que ella intentó encontrar una solución a su libertad condicional fue en su imaginación. En consecuencia, mi amigo, anticipando su respuesta y ya promediando el final de la relación, ya no se permitió ofrecerle de viajar.

Cuando nos vemos expuestos a un cambio intempestivo en la relación con alguien del quién no llegamos a comprender su alejamiento, odio o indiferencia hacia nosotros, nos preguntamos irremediablemente, ¡¿qué le pasó?! Cuando no logramos armar el rompecabezas compuesto por los subterráneos restos arqueológicos de una relación, comenzamos a indagar en nosotros mismos, intentando así, encontrar la explicación causal a nuestro enigma. Por supuesto que nadie se ocupa de esta imposible tarea cuando todo fluye. A la alegría no se la cuestiona.

Pero lo más grave del asunto es que, muchas veces, buscamos un relato en personas incapaces de narración alguna respecto de lo que les sucede a ellos mismos. Sencillamente, nos son dialectizables. En otras palabras, por más que indaguemos no obtendremos de ellos una respuesta convincente. Ni siquiera sospechan lo que sienten, de ahí que no puedan expresarlo. Por más que les sacudamos en búsqueda de alguna moneda, sus bolsillos permanecen vacíos. Lo cual no invalida que, a menudo, también escondamos, por distintos motivos, información acerca de lo que sentimos.

No tengo idea de si uno tiene derecho a exigir una explicación, como tampoco sé si uno deba darla. Después de todo, uno es libre, incluso de no saber o no querer hacerlo. Pero sospecho que vale la pena intentar obtener una respuesta, independientemente que lo logremos o no, o lo que luego podamos hacer con ella.

Un amigo mío, inmerso en un divorcio incomprensiblemente sangriento, intentó preguntarle a su ex el porqué de tanta saña. Su respuesta fue elocuente, “háblalo con mi abogado”. Mi otro amigo, en un rapto amoroso, le ofreció a mi amiga, su ex, irse de viaje unos cuantos días durante estas vacaciones de verano. La respuesta de ella fue de las que anulan la posibilidad de relato alguno, “lo voy a pensar”.

Uno podría intentar reformular la pregunta, “¿si no me vas a decir porqué te alejaste de mí, podrías contarme, al menos, por qué creés que estuviste a mi lado?” Posiblemente, esta pregunta tampoco tenga respuesta. Pero en todo caso, la propia valentía consiste en poder formular preguntas y actuar en consecuencia. El relato se irá conformando con el tiempo.

O no.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ