miércoles 22 de febrero, 2012

Nuestra generación desorientada - Marcelo Mosenson

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Fuente: SGI Quarterly Magazine

No suelo escribir sobre lo que sé, más bien todo lo contrario. En el mejor de los casos, intento interrogarme acerca de lo que no comprendo.

Mi nueva inquietud tiene que ver con mi propia generación, comprendida entre los cuarenta y cinco, y cincuenta años, aproximadamente.

De chico solía ver a la gente de mi edad con sus temas resueltos en lo que respecta a sus finanzas, trabajos, estabilidad emocional y valores familiares.

Es cierto que los chicos suelen ver a sus padres y a los mayores como personas poderosas e idealizadas. Pero a su vez, durante la adolescencia, nosotros nos criamos bajo la creencia de que habríamos de superar, en varias áreas, a nuestros propios padres. Tuvimos el privilegio de recibir una educación más liberal que la que ellos habían vivido por parte de nuestros abuelos, en sus mayoría, inmigrantes pobres. Mientras que nuestra formación formal y emocional superó ampliamente a la de ellos. 

Llegamos a nuestra edad actual, asumiendo que a esta altura habríamos de poder cosechar nuestro privilegiado recorrido. Pues, nada o poco de eso nos ha ocurrido. Más bien todo lo contrario. La mayoría de nosotros siente que en mayor o menor medida vuelve a comenzar. Ya sea mediante una nueva pareja, un nuevo emprendimiento laboral, una nueva profesión e incluso, nuevos estudios de postgrado.

La globalización, internet, el capitalismo salvaje que concentra la riqueza cada vez más en menos manos, la competencia y los valores familiares puestos en cuestión constantemente, nos ha llevado a esta nueva adolescencia. Adolecemos acerca de quiénes fuimos, quiénes llegamos a ser y la incertidumbre de cómo seguir a partir del duelo de nuestras creencias infantiles. 

Percibíamos a nuestros padres mucho más grandes y viejos que nosotros, cuando supieron tener nuestra edad actual. Hoy en día, no solo no nos asumimos de tal modo, sino que ni siquiera los jóvenes nos ven como tan mayores. Sin embargo, en lo que se refiere al mundo laboral, los cuarenta años parecieran ser el tope para obtener un nuevo empleo, salvando ciertas excepciones. Aún cuando Roger Federer siga ocupando los altos puestos del ranking mundial del tenis profesional a sus treinta y seis años.

De forma generalizada, nuestros padres, a pesar de su gran esfuerzo por conquistar posiciones, la tuvieron más fácil. Acceder a la compra de un inmueble, por lo general más amplios que los actuales, les era más sencillo. El profesional que había logrado una cierta reputación sabía que podía cosechar durante el resto de su vida activa los activos de su experiencia y conocimiento. Mientras que los que poseían un empleo lo conservaban por largos años. Muy por el contrario, hoy estamos obligados a reinventarnos constantemente para sostener lo ganado o, simplemente, sobrevivir.

Los amigos de mi generación: profesionales, artistas, empresarios y empleados se cuestionan, casi sin excepción, acerca de cómo seguir, tanto en el ámbito profesional como en el familiar y emocional. 

Los que continúan con sus parejas de juventud, se preguntan si seguir con sus respectivas parejas. De responderse que sí, evalúan el alto costo de oportunidad que esto implica. En otras palabras, imaginan con indisimulable angustia lo que se estarían perdiendo. Los recientemente divorciados o separados suelen estar tan heridos de sus cruentas y recientes separaciones descarnadas que ni siquiera se imaginan volver a casarse o convivir con nadie más. Descreen del amor, o simplemente, no está en sus prioridades. El mundo y la vida tienen, supuestamente, mucho más para ofrecerles. ¿Qué? No lo saben, tan solo lo imaginan. 

Nuestros padres, ya grandes, han cambiado, sorpresivamente, su discurso hacia nosotros. De la misma manera que durante nuestra juventud nos reprochaban de manera latente o manifiesta que no valorábamos suficientemente al esfuerzo, habiendo tenido la suerte de nacer con enormes privilegios. Hoy comprenden que, a pesar de todo, la tenemos más difícil que ellos en su época.

Creímos ser más libres que nuestros padres mientras que hoy nos vemos confrontados a dificultades que no imaginábamos tener que vivir. 

El esfuerzo, y los títulos universitarios no garantizan estabilidad laboral. El paradigma de romper con los mandatos y ser consistentes con nuestros propios deseos se ven puestos a prueba por una sociedad hostil, y una libertad que, por momentos, solo pareciera tratarse de un espejismo.

El mundo, indiferente a nuestros anhelos, no pareciera que vaya a cambiar. Más bien todo lo contrario. Así, el duelo respecto de ciertas creencias se instala como inevitable. Solo nos queda, lo cual no es poco, seguir preguntándonos a cerca de quiénes fuimos, quiénes logramos ser y cómo seguir.

Posiblemente, nuestras vidas sean menos confortables que lo que esperábamos. No tengo idea de si la vida deba ser fácil o difícil. Solo sé que es. Pero vale la pena retomarla, más allá de lo que creíamos merecer. Después de todo, ningún merecimiento, bueno o malo es, desde una perspectiva universal, del todo justo. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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