miércoles 22 de febrero, 2012

Solo en lo absurdo se encuentra sentido - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Fortune

Escribir es tan absurdo como vivir. La página en blanco no contiene ningún sentido. Podemos estar más o menos entrenados para llenarla con mayor o menor destreza, pero todos sabemos que las palabras son un engaño en el cual también participan quienes nos leen. 

El solo hecho de preguntarse sobre qué escribir es tan absurdo como preguntarse qué hacer del mal llamado tiempo libre. A priori, todo tiempo es libre, aún si nos sometemos a ciertas esclavitudes. Pero en definitiva, ya sea porque necesitamos trabajar o busquemos descansar, solemos encontrar un sentido más o menos auténtico a nuestro empleo de la vida, el tiempo.

Aun en momentos en donde el dolor, el sufrimiento y la injusticia nos confrontan con el absurdo, podemos encontrar sentido en intentar revertir la situación. Pero hay ciertas situaciones, como la que acabo de vivir, que no nos permiten construir ninguno. 

Resulta que la empresa de internet que debía realizar la conexión en mi departamento, dentro de una franja horaria de cuatros horas, me dejó plantado. Esperando.

El calor del verano, el fastidio, la expectativa y mis reiteradas llamadas no me permitieron hacer otra cosa más que estar expectante en estado de alerta constante. Apenas logré hacer algún llamado telefónico y enviar algún mensaje, pero ni siquiera pude hacer nada, lo cual hubiera sido provechoso. 

Son esos pequeños momentos de la vida cotidiana en donde tropezamos con el absurdo cuando nos vemos limitados en cuanto a crear algún sentido. Cuando la vida se halla suspendida por circunstancias ajenas a nuestro deseo y voluntad.

Son estos instantes en donde nuestras desnudas existencias se encuentran a la intemperie. Tan solo vivimos esperando que algo suceda para luego sucumbir en la frustración de un objetivo incumplido que ni siquiera sabe a derrota. Ya que de los tropiezos y pérdidas se puede, eventualmente, aprender algo. Pero aquí, nada de eso sucedió. 

Los budistas hablan de cultivar la paciencia, los gurúes de la productividad proponen tener siempre elementos a mano con los cuales poder aprovechar el tiempo. Pero hay momentos, como este que acabo de relatar, en que uno tan solo espera y confronta con los ineficaces servicios al cliente de empresas cuyos empleados tienen como única misión hacer desistir a los clientes de sus justificados reclamos.

De poco me sirvieron las lecturas de Viktor Frankl quien dice que aún en las situaciones más extremas uno siempre puede optar, porque justamente esta no era una situación límite. Tampoco pude recurrir a Sartre cuando afirma que vamos siendo según nuestras elecciones. Puesto que no pude concebir otra elección que esperar y luchar por lo que había pactado con la compañía de cable. Con cada llamado ellos me aseguraban que sus técnicos ya estaban en camino. Es cierto, elegí creerles. Sólo pude sentirme identificado con Schopenahuer cuando dice que la felicidad es la ausencia de dolor. Anhelaba que me instalaran el servicio de internet para, finalmente, disfrutar de mi vida hasta ese momento en suspenso. 

Cuando nos roban el tiempo comprendemos que nuestro tiempo es vida. De la misma manera que valoramos la salud, el amor y el dinero cuando nos faltan. Estar ocupados no resuelve las cosas si luego descubrimos que hemos prestado, alquilado o vendido nuestro tiempo por un sentido que se contraponga a nuestro deseo.

Estar desocupados de forma consciente, respondiendo a una elección, es el sumun del sentido. Trabajar y amar auténticamente también lo son. El inglés llama a este estado the zone (la zona). Son aquellos momentos en donde todo fluye y el tiempo transcurre sin que siquiera lo percibamos.

Sólo en lo absurdo se encuentra sentido. Como cuando hacemos algo sin siquiera preguntárnoslo o cuando estamos en compañía de alguien y sencillamente nos sentimos bien, independientemente de lo que estemos compartiendo. Realizar algo apasionadamente es ignorar, justamente, cuánto nos apasiona lo que hacemos. Sencillamente, todo fluye. 

Como la escritura de este texto, luego de haber vivido la extirpación de mi tiempo para, finalmente, fluir en la escritura de esta columna.

Al menos pude comprender, aunque más no sea un consuelo, un desplazamiento de mi bronca hacia la compañía de internet, que el sentido se construye, ya que venimos al mundo sin sentido alguno. Pero que a su vez, solo fluimos cuando el sentido no se nos presenta.

Me prometieron una nueva cita para el próximo martes. No sé cómo habré de reaccionar si no vuelven a aparecer en mi domicilio. Pero tengo claro que la única venganza posible para esta y otras futuras eventuales frustraciones sin sentido, es elegir vivir la mayor cantidad de tiempo posible (en the zone), sin darme cuenta que el tiempo pasa.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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