miércoles 22 de febrero, 2012

La sobrevaloración de los artistas - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
Bob Dylan.
Fuente: Wildlandia

La admiración y devoción por los artistas me ha generado siempre una enorme intriga, mientras que la autocomplacencia de ellos por serlo me provoca estupor. 

A lo largo de mi vida he conocido y trabajado con artistas mundialmente reconocidos, actores, directores de cine, escritores, fotógrafos, diseñadores, etc. Desde luego que he aprendido a admirar e incluso a querer a muchos de ellos, pero en muchos casos, por razones que exceden a sus manifestaciones artísticas. En todo caso, el arte no es sólo producto de una sensibilidad particular, sino más bien un síntoma que refleja nuestras irremediables falencias.  

La creatividad se la asocia al arte, lo cual no sólo no es necesariamente así, sino que a su vez, ella puede o no estar presente en cualquier actividad humana. Sólo que en el arte y el espectáculo ésta se encuentra sobrevalorada. 

Tanto el arte como el espectáculo han sabido ocupar hoy una jerarquía en el inconsciente colectivo como nunca antes en la historia. Algunos pocos elegidos cobran millones por el mero hecho de existir y ser conocidos mundialmente. 

No logro ignorar mis perplejidad cuando se venera a un artista popular por el mero hecho de comportarse normalmente y se le tilda, en consecuencia, de humilde. ¿Y porqué no habría de serlo? Los artistas no son seres iluminados ni superiores, tan sólo personas que lograron seguir y construir una vocación, a pesar de sus enormes limitaciones para adaptarse a una sociedad justificadamente cuestionable. Sin embargo, la transgresión no es un valor en sí mismo, depende. 

La humildad, muchas veces, no es otra cosa que la sofisticación de la vanidad. Pienso en Jorge Luis Borges cuando manifestaba que no había leído nada, haciendo sentir a su interlocutor como un pobre analfabeto funcional a su ego. 

También resulta escandaloso que Bob Dylan haya decidido recientemente hacerse presente en la entrega de su premio Nobel mediante su anunciada ausencia; o que Marlon Brando enviara en su lugar a una aborigen americana a recibir su Oscar en su nombre. 

Suena más legítima la postura de Woody Allen quien se niega a que sus películas compitan por algún premio ya que considera que no tiene sentido que una obra suya pueda competir con otra como si se tratase de un evento deportivo. Del mismo modo que no le interesa leer las reiteradas buenas críticas que suele recibir por su trabajo, ya que esto implicaría también, aceptar y legitimar a las malas. 

El arte y el espectáculo se encuentran escandalosamente sobrevaluados. A priori, no son necesarios, aún si en lo personal me resultan indispensables para vivir. Pero sospecho que el colocar a los artistas como seres ajenos e incluso superiores a los demás de los mortales tiene que ver con nuestra necesidad de no hacernos cargo de nuestros anhelos y miserias. 

Todos tenemos derecho a crear y eventualmente transgredir ciertas normas, pero resulta más cómodo no autorizarnos a hacerlo, depositando en nuestros eventuales ídolos el temor a vivir de manera más plena y auténtica nuestras propias existencias. 

Cesaria Évora, la mujer de los pies descalzos, no sabía que era una estrella mundial, hasta que un perceptivo e inteligente productor francés la descubriera cantando sus mornas, en un barrio humilde de Cabo Verde. 

Leonard Cohen no habría sido el genial poeta y músico que fue de no haber padecido durante toda su vida de grandes depresiones. Lo que sí resulta admirable de muchos artistas es lo que han logrado realizar, a partir de sus grandes limitaciones e insaciable necesidad de reconocimiento. 

Aún así, podemos vivir sin Leonardo Cohen, Pablo Picasso o Marlon Brando, pero resulta penoso que no vivamos una vida, ya no sólo transgrediendo ciertas normas, sino aún peor, sin transgredirnos a nosotros mismos. 

El otro día veía el video por internet del emotivo y aplaudido discurso de Madonna, una mujer operada, llena de botox y súper producida, a propósito de haber sido premiada como la mujer del año, mientras afirmaba que la industria del espectáculo castiga el envejecimiento de las mujeres. Su discurso transgresor entraba en conflicto con su propia imagen. Su discurso hubiera resultado mucho más auténtico de ser pronunciado, por ejemplo, por Chavela Vargas, quien nunca se sintió en la obligación, siquiera, de cubrir su piel con crema base alguna. 

Los artistas nos permiten sentir confortablemente lo que no nos autorizamos a vivir y expresar, mientras ellos pagan el precio de su propia debilidad a cambio del aplauso.

El día que asumamos que nuestras vidas son tan sólo la cómoda ilusión de nuestra identidad, habremos de admirar a los artistas en su justa medida. Pobres mendigantes de aprobación que nos muestran, con sus grandes ejemplos, que nosotros también tenemos derecho a expresar nuestras miserias y virtudes para recrear nuestras vidas a imagen y semejanza de nuestras ilusiones.  

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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