miércoles 22 de febrero, 2012

¡No me desees un feliz año! - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Difusión

Si pudiésemos detener a la vida aunque más no sea que por un instante, ¿cómo nos sentiríamos? Resulta tan inimaginable vernos como siendo una foto cuando no somos más que una película con final incierto.

El físico Stephen Hawkins afirma que el universo es finito, al mismo tiempo que se expande indefinidamente. Inconcebible. Como vivir, al menos por un instante, una vida estática. Sin cambios, al igual que cuando nos observamos en una fotografía.

El detenerse trae paz, pero a su vez conlleva angustia, desolación e impotencia. Los instantes mueren, como el año que ya pasó. No solo hemos vivido un año más, también lo hemos muerto. Mientras que el balance, consciente o inconsciente de cada fin de año nos enfrenta al dilema de decidir qué fotos almacenar en nuestra memoria respecto del año que se acaba de extinguir.

Por lo general, los balances de fin de año suelen ser negativos, aún cuando estemos satisfechos con algunos logros realizados. Lo bueno no suele compensar del todo a lo malo, porque lo agradable es liviano, vuela, y eventualmente se evapora, mientras que lo problemático, lo que suele resistir, tiene la mala costumbre de persistir.

Poco tienen que ver los eventuales logros y derrotas o nuestra condición de optimistas o pesimistas en relación a la vida. Los balances tienen la particularidad de confrontarnos con nuestros anhelos. Siempre deseamos un mejor año y así, sucesivamente, año tras año.

Pero ¿cuándo llegaremos a cumplirlos todos? ¿Cuándo seremos finalmente quienes queremos ser? ¿Cómo detener el tiempo para saborear quienes somos sin estar sujetos a eventuales nuevas incertidumbres, sinsabores y nuevos deseos que nos recuerden que la satisfacción es siempre incompleta?

Siempre me he preguntado si durante las fiestas de fin de año se celebra el año de vida que se vivió o el año incierto que se espera completar. Cabe la posibilidad que se trate de ambos. Por eso, quizá, la sensación agridulce de cada fin de año en donde la vida y la muerte, Eros y Tánatos, se toman de la mano.

El fin de año suele ser un crudo espejo de nuestros estados de ánimo, cosecha emocional de nuestro presente. ¿A quiénes queremos y quiénes nos quieren de verdad? ¿Con quiénes debemos, pero no anhelamos compartirlo, más allá de nuestras elecciones convenientes y ocasionales?

El uso constante de expresiones de felicidad y buenos augurios pone de manifiesto nuestras falencias. Nadie le desea una sonrisa a un sonriente. De la misma manera que nadie pide tres deseos ya satisfechos.

Las fiestas de fin de año no son lindas ni feas, felices ni tristes, tan solo condensan nuestra existencia manifestando a gritos quienes vamos siendo en relación a nuestros deseos, expectativas y seres queridos, o tan sólo cercanos.

Los que no soportan la crudeza del fin de año, se emborrachan, se drogan, se accidentan o se queman con fuegos de artificios. Están quienes, por el contrario, se alejan todo lo posible de su contexto habitual o bien, los que lo viven estoicamente aduciendo que se trata, sencillamente, de un arbitrario día del calendario.

Me pregunto, ¿qué sucedería si al menos, una vez, el fin de año pudiera servir para compartir con los cercanos las fotos que cada uno ha hecho de su año, con el único propósito de compartirla de verdad, sin necesidad de aturdirse con gritos, comida, alcohol, cañitas voladoras y expresiones vacías que la mayoría olvida ni bien comienza a alumbrase la noche?

La soledad se torna aún más sombría cuando nos vemos rodeados de personas con quienes no podemos compartir profundamente nuestras alegrías y miserias.

¿Cómo no sentirse solo cuando la máxima que consiste en pedir tres deseos y no expresarlos en voz alta limita enormemente que estos se lleven a cabo? Compartir los deseos en voz alta no solo nos legitima frente a nosotros mismos, sino que de alguna manera nos compromete a luchar por ellos. Y más aún, nos permite que quienes nos quieran de verdad nos ayuden a cumplirlos, o al menos a recordárnoslos si los dejásemos de lado por temor o pereza.

No me desees lo mejor sin siquiera preguntarme lo que necesito. No me desees felicidad si no vas a estar a mi lado cuando el año que viene necesite ayuda o, peor aún, cuando ni siquiera estuviste durante este año que pasó. Tampoco me desees lo mejor si mis triunfos y alegrías te alejan. Ni nos abracemos si nuestros cuerpos no se buscan antes o después de las doce de la noche.

El festejo sería posible, legítimo, auténtico, y me atrevo a decir, feliz, si no nos obligásemos a festejar nada. Permitiéndonos pasar de las lágrimas a la risa, del grito al silencio, del silencio a la palabra y del miedo al abrazo.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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