miércoles 22 de febrero, 2012

Bochorno y tragedia - por Marcelo Mosenson

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Fuente: purplenoize.net

Los bochornos son inapelables. Aún cuando uno se auto incrimine, no tiene derecho a defensa alguna. Cuanto menos bochornosos solemos ser, más intolerables resultan nuestros tropiezos para con nosotros mismos como para nuestros testigos. Hay situaciones que por nimias que parezcan pueden llevarnos al suicidio, o al menos, a querer matarnos.

El papelón, siempre involuntario, pone en jaque la imagen que nos hemos forjado durante una vida.

Nuestra integridad se ve amenazada por una inesperada reacción avergonzante. Cuanto mejor nos perciben, más intensa es la caída. Pero si apenas nos conocen, más difícil se torna modificar esta primera y lamentable impresión.

Días atrás, un amigo cercano me confiesa lleno de vergüenza y angustia lo que él considera el mayor bochorno de su vida. Resulta que decide obsequiarle a la mujer de sus sueños, a quien conoce solo desde hace unos pocos meses, un frasco de perfume. La marca era la que a ella le gustaba, la ocasión, su cumpleaños, el inconveniente: el frasco estaba abierto y su contenido no estaba completo. Estupefacta, la mujer tuvo la delicadeza de no arrojárselo en la cara.

Conociéndole desde una vida su generosidad y buen gusto no podía dar crédito a lo que escuchaba. Mientras que la mujer, como corresponde a alguien con clase y elevada autoestima, no le responde los llamados desde que llena de justificada vergüenza ajena aceptó el obsequio, sin mediar palabra.

Tuve la compasión de no criticar lo obvio y, en su lugar, di rienda suelta a mi curiosidad. ¿Porqué lo hiciste? 

Luego de explicarme que no tenía otra manera de conseguir el producto en la Argentina, no tuvo mejor idea que regalarle el frasco que habría quedado guardado en su casa, producto de su última separación. Lo cual, evidentemente, empeoraba aún más su situación.

Finalmente, me termina confesando que, en realidad, no sabe porqué lo hizo. Al igual que un cleptómano que no sabe por qué roba sino, tal vez, porque en el fondo busca ser descubierto y así pagar su culpa por algo probablemente ajeno al robo en sí.

Parejas que se aman se terminan consumiendo por eventuales infidelidades completamente evitables como innecesarias. Políticos con carreras intachables destruyen su prestigio negando relaciones sexuales con pasantes en el mismísimo despacho de la Casa Blanca. Chefs premiados con estrellas Michelin ven clausurados sus restaurantes por falta de higiene en sus locales.

El bochorno pone de manifiesto nuestro deseo inconsciente de fracaso, o peor aún, de nuestro miedo al éxito. Como si secretamente no nos sintiésemos con derecho a una vida mejor o bien, no soportásemos haberlo logrado. También metemos la pata como una reacción a lo que nos provoca directa o indirectamente una situación y no tenemos más remedio que expresarla de algún modo.

El papelón es de naturaleza trágica. Como si el destino nos atrapara para decirnos que el libre albedrío no es tal. Como cuando Edipo, el rey mítico de Tebas, hijo de Layo y Yocasta quien, sin saberlo, mató a su propio padre y desposó a su madre.

El bochorno casi no admite disculpas porque su marca permanece indeleble en la mirada inquisidora y morbosa del otro. Dado que nadie pareciera hacerlo a propósito, más bien uno es impulsado a cometer el crimen y así, todos nosotros, criminales, pareciésemos ser como locos que no podemos controlar nuestras propias miserias. De allí la desconfianza. Aún cuando nos mostremos arrepentidos e intentemos, de alguna manera, remediar un acto impúdico. Siempre es tarde.

Sin embargo, hay caminos, eventualmente, para sobreponerse al bochorno: el tiempo, la comprensión y el sincero perdón del testigo, o simplemente, el sentido del humor.

Por supuesto que comprender no es justificar, pero nadie está exento de cometer un papelón. Nadie está inmune a las propias miserias, de la misma manera que tampoco nadie soporta ser completamente feliz.

Todavía recuerdo la humillación que sentí durante un cumpleaños durante los primeros años de la escuela primaria, cuando al haber roto mi pantalón dejé entrever mi ropa interior sin que yo me hubiera percatado durante un largo rato. O cuando a mis catorce años, intentando seducir a una profesora de ciencias sociales del secundario, tuve la ocurrencia de citar conceptos de Freud y a Lacan, a quienes, evidentemente, no tenía la capacidad, los conocimientos ni la madurez como para nombrar. Creo haber recibido un inmerecido cuatro en lugar del diez que debiera haber obtenido en soberbia.

Mientras mi amigo intenta buscar desesperadamente un frasco nuevo de perfume que, de encontrarlo, difícilmente salve su situación, le propuse escribir este artículo con la esperanza de que su amada llegue a leerlo y comprenda que un acto no nos define por completo, tan sólo habla de nuestras contradicciones. A su vez, le advertí a mi querido amigo que la intolerancia a un eventual papelón habla tanto del testigo como del provocador. Todo bochorno precisa de un testigo cómplice.

De la misma manera que no todo lo que brilla es oro, hay una grieta en todo donde la luz se pose.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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