miércoles 22 de febrero, 2012

Apología del prejuicio - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Difusión

Los prejuicios son una necesidad de supervivencia cuando el riesgo y el amor acechan. No tenemos tiempo de reparar en todos los elementos y circunstancias que nos permitan emitir un juicio en tiempo y forma. Estamos obligados a hacer una suerte de arqueología veloz con los vestigios personales que se nos presentan durante un primer encuentro.

Me suele causar cierta perplejidad cuando comunico mi postura y otros me responden que no suelen prejuzgar y mucho menos emitir un juicio de valor sobre el otro. Por cierto, los prejuicios no son sólo negativos, también los hay positivos. Lo cual no invalida que estos también sean eventualmente injustificados. Cuántas veces nos ha ocurrido, en el trabajo como en el amor, que alguien que nos permitió ilusionarnos terminó por defraudarnos. O bien, por el contrario, resultó ser lo que aparentaba, para luego confirmarlo a lo largo del tiempo.

Los juicios más contundentes, sanos como inconfesados, son sumamente básicos como arbitrarios. Todos ellos se resumen en dos categorías: me gusta, no me gusta. Nadie les puede escapar. Frente a ello, poco pueden hacer nuestros valores, promovidos por la dictadura de lo políticamente correcto.

Cuántas veces he lamentado haber despreciado mi primer juicio, negativo por cierto, por apresurado. Para luego confirmar de la peor manera posible de que estaba en lo cierto.

Nos olvidamos de ser chicos y pagamos un alto precio por la racionalización y especulación, tan propias a la vida adulta. Es fácil engañar a un niño desde la razón, pero jamás desde la sensación. Cuando éramos pequeños no dudábamos y no nos equivocábamos acerca de quién nos hacía bien y quién no.

Vivimos tan contaminados de razones, palabras y expectativas de intercambio que luego sucumbimos a infinitas desilusiones. O, por el contrario, mal juzgamos cierta información, a fuerza de anestesiar nuestro juicio más importante: me gusta.

Amigos, terapeutas, especialistas en recursos humanos y consultores vienen a rescatarnos de nuestras incertidumbres complejizando con palabras e interpretaciones lo que no nos permitimos experimentar. ¿Qué sentís?

No existe el sexto sentido, pero vivir sin él es vivir adormecidos. De la misma manera que amar es siempre una enfermedad, el amor es el único remedio para todos los males.

Siempre recuerdo que mi mamá, frente a alguna incertidumbre me preguntaba, ¿qué sentís, hijo? Por lo general, uno siempre sabe, solo que vivimos en constantes contradicciones, al evaluar a partir del miedo y la conveniencia, pero pocas veces desde lo que realmente sentimos.

Se realizó un experimento alimenticio en donde se conformaron dos grupos de bebés. El primer grupo se alimentaba con comida balanceada, según el ideal científico, mientras que al segundo grupo le permitían escoger entre distintos alimentos a su alcance, para que comieran la cantidad que cada uno de ellos eligiera. Sorprendentemente, al finalizar el test, ambos grupos habían ingerido prácticamente lo mismo en cuanto a la distribución y cantidad de nutrientes esperados. Los bebés son sabios, nosotros no.

Nunca voy a olvidar cuando junto a mi compañero de dobles durante un campeonato de tenis le comento, luego de haber jugado apenas unos puntos, que el equipo contrario nos iba a discutir los tantos de manera arbitraria. Tuve que soportar en silencio la desconfianza y reproche de mi compañero acerca de mi injustificado prejuicio, hasta que el marcador de los otros se les puso en contra y comenzaron a discutirnos puntos absurdos.

Otras de las máximas de la ética del políticamente correcto es afirmar que en el fondo, somos todos iguales. Como si se temiera lo que se pretende precisamente combatir, el miedo a la diferencia.

Por el contrario, somos todos básicamente diferentes; minorías respecto de la mirada del otro. Pero no es posible respetar a todo el mundo. No tengo la capacidad ni las ganas de ponderar a los que considero mis enemigos, a los que me hacen sufrir directa o indirectamente. Peor aún, hay veces que la cobardía de la neutralidad se convierte en complicidad con el agresor. No se prejuzga una agresión, un beso tierno tampoco, en todo caso se los juzgan: feo y lindo, respectivamente.

Te evado, es cierto, aún no teniendo razones válidas como para hacerlo. Comprendo que lo tomes a mal porque, sí, es estrictamente personal.

En cambio, a vos, te deseo cerca, aun si apenas te conozco. Entiendo que lo tomes como algo personal, porque lo es. Ya te quiero, y tan sólo me queda descubrir porqué.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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