miércoles 22 de febrero, 2012

Me alegra verte mal - Marcelo Mosenson

Lectura de 2 minutos
19442
Fuente: Wordnik

Schadenfreude es una palabra de origen alemán que hace referencia al placer que sentimos por la desgracia ajena.

Posiblemente pocos nos atrevamos a confesar semejante emoción, ya no sólo a los demás, sino peor aún, a nosotros mismos. No me refiero necesariamente al sentimiento que puedan albergar nuestros instintos más sádicos y vengativos, sino a otros algo más sutiles.  

Lo interesante de esta palabra alemana sin equivalente en español es la verdad profunda que pareciera encerrar respecto de nosotros mismos.

Nuestro mal de muchos consuelo de tontos es una expresión políticamente correcta que en muchos casos falta a la verdad. Esconde una realidad, la de nuestros sentimientos más inconfesables: mal de muchos consuelo de tontos, pero consuelo al fin.

El placer, alejado del sadismo, que podamos sentir por la desgracia ajena, no se contrapone a que podamos experimentar a su vez, pena y lástima por quien sufre. Pero, entonces, ¿por qué sentimos cierta satisfacción al ser testigos de un drama ajeno?

Tengo la fuerte sospecha de que el sufrimiento del otro nos permite poner en perspectiva nuestro propio dolor, que es narcisista por naturaleza. De este modo, lo podemos relativizar cuando constatamos que no somos los únicos en padecerlo.

Si me resbalo y caigo contra el piso siento bronca y dolor. Si inmediatamente después veo a otras personas caer de forma incluso aún más estrepitosa, posiblemente logre reírme, o al menos sacar de mi foco de atención a mi propia torpeza. O mejor aún, no sentirme responsable por haber dado un paso en falso.

El otro día escuchaba a un grupo de mujeres, vestidas de ropa deportiva, conversar con innegable placer acerca de la celulitis de una amiga ausente. Mientras que otra acotaba, con una amplia sonrisa y satisfacción que, últimamente, la veía mucho más gorda. Razón por la cual, le volvería a insistir para que se inscribiera en el gimnasio.

A su vez, he presenciado y vivido en carne propia el placer de otros hombres cuando uno de nosotros relata una decepción amorosa en relación a una mujer. Nunca falta quien, en lugar de compadecerse con nuestra desazón, su rostro se ilumine antes de afirmar y volver a confirmar que las mujeres son todas locas e iguales. Sin excepción, tales certezas son pronunciadas por aquél que se encuentra solo o en mala compañía. Jamás son expresadas por un enamorado.

Sucede algo similar cuando nos encontramos sin trabajo o con dificultades económicas. Cuanto mayor cantidad sea quienes se quejen por su desgracia, menos mal nos sentimos, al menos, hasta el momento en que nos vemos obligados a abonar una cuenta que no podremos afrontar.

Últimamente, he percibido el placer de muchos latinoamericanos preocupados y acongojados por el triunfo de Trump. Como si, en realidad, no se animaran a expresar que les produce cierto goce que una potencia mundial como los Estados Unidos, defensora acérrima de las libertades individuales de sus ciudadanos, elija como presidente a un autoritario e ignorante, similar al que nos tienen acostumbrados gran mayoría de los líderes de nuestros países ensangrentados y subdesarrollados de Latinoamérica.

Nos gusta pensar que las cosas buenas nos suceden gracias a nuestra voluntad, mientras que las tragedias nos ocurren por cuestiones que se escapan a nuestra individualidad. La verdad es que nunca sabemos del todo por qué vivimos lo que nos toca vivir. Todo es más absurdo de lo que estamos dispuestos a admitir, tanto lo bueno como lo malo.

Dado que al fin y al cabo todos nos sentimos, en mayor o menor medida, responsables por lo que nos pasa, el drama ajeno nos recuerda que, quizá, no lo seamos tanto. Nuestro Schadenfreude es como el reverso de la envidia. Cuando a un ser cercano le va mejor que a nosotros, nos pone en cuestión nuestras propias debilidades.

No está mal envidiar, si esto nos lleva a movilizarnos en dirección a nuestros deseos más urgentes. Tampoco debemos condenar nuestro Schadenfreude si nos permite poner en perspectiva nuestras propias miserias. Puesto que los dolores ajenos nos recuerdan que nadie tiene el monopolio de la desgracia.

Nuestras acciones pueden ser juzgadas de forma moral; nuestros sentimientos no. Apenas vivimos como podemos, constantemente atrapados entre emociones y razones contradictorias.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ