miércoles 22 de febrero, 2012

Donald Trump o el éxito de la autenticidad - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Hernán Berdichevsky

Foto: Hernán Berdichevsky

Actúa bien, actúa mal, pero siempre actúa con verdad. C. Stanislavsky

El éxito de Donald Trump nos recuerda nuestro deseo de vivir de forma auténtica. La sinceridad y la honestidad son menos importantes que la misma autenticidad, a juzgar por los resultados electorales. No hay duda de que más somos seducidos por la personalidad de un líder, por su actuación, que por sus propuestas o su carácter moral. Después de todo, tanto Hitler como Stalin sedujeron a intelectuales, universitarios y hombres inteligentes. Como dice Arthur Miller en su ensayo “On politics and the art of acting”, “estamos mucho más condicionados por la actuación de nuestros líderes que lo que quisiéramos admitir.

Nada más patético que un dirigente que sobreactúa su humildad cuando notamos o sabemos que no lo es. Cuando su voluntad de poder es disimulada por un falso altruismo. Nos damos cuenta. Al igual que padecemos a un actor cuando sentimos que no le creemos. Nadie se parece tanto a si mismo como cuando intenta ser distinto (es el título de uno de mis videos documentales acerca del arte de la actuación).

La fascinación y el rechazo que genera Trump son fruto de su inquebrantable seguridad en sí mismo y en su despreocupación por las críticas dirigidas hacia él. Muchos quisiéramos, lo admitamos o no, tener su fortaleza emocional frente a la mirada de los otros. Los que buscamos antes ser amados que respetados o temidos caemos en la trampa de buscar en mayor o menor medida la aceptación del otro.

Donald Trump ni siquiera se inmuta frente a las críticas de su denostado corte y peinado de pelo. Es un hombre que pareciera no temerle a nada. Su autoestima es a prueba de balas. Nos pone en evidencia a todos nosotros que creemos que siempre se necesita de algo más como para soñar y merecer en grande. Su falta de experiencia y su pobre educación cultural no le impide asumirse como alguien que sabe y puede. Logra ganarle a todos convenciendo a la mayoría.

Trump es el hombre existencial por excelencia. Aquél que se construye a sí mismo a partir de sus elecciones forjando su destino y construyendo su propia moral.

Los políticos se han convertido en actores. Están lo buenos y están los mediocres. La autenticidad es lo que se espera de una buena actuación, aun si sabemos que estamos bajo el influjo de un artificio, de una mentira. Esto explica en parte el éxito de Trump. Un hombre fascinante que hemos aprendido a odiar, pero que capta nuestra atención. Se despega de los demás fruto de su personalidad avasallante, histriónica y escandalosamente auténtica.

Por el contrario, Hillary Clinton es como esas actrices que estudian su letra a la perfección, desarrollan su rol con excelencia, pero sin embargo no le creemos. Hillary Clinton pareciera ser alguien que jamás va al baño. Su falta de autenticidad destruye a su personaje de mujer brillante. Su sola sonrisa forzada durante los debates presidenciales la deshumanizan produciendo el efecto contrario al deseado por su equipo de campaña.

¿Cuántos de nosotros nos sentimos impostores por el solo hecho de permitirnos intentar acceder a ciertos lugares, conversar con aquellas personas que consideramos más importantes que nosotros, o sencillamente ni siquiera nos permitimos soñar en grande y a actuar en consecuencia? Nuestra sentimiento de culpa, nuestra autocrítica o sencillamente nuestro temor a la crítica nos limita seriamente nuestras potencialidades.

Donald Trump nos incomoda porque si bien sabemos que el rey está desnudo, el hombre se anima y concreta los proyectos más ambiciosos. Mientras que todos nosotros, cómodos en nuestra vulnerabilidad, conformismo y queja apenas nos permitimos levantar nuestras voces en forma de crítica autocomplaciente.

Por supuesto que Donald Trump puede significar un peligro para el mundo. Pero también temo a mi propio temor. Al miedo que me acorrala limitando mi propio potencial mientras que otros, menos preparados quizá, ni siquiera se cuestionan el miedo al ridículo. 

El nuevo presidente de los Estados Unidos desnuda nuestros actos de cobardía e inautenticidad con su mera presencia. Se ríe de cada uno de nosotros mediante una risa socarrona avanzando sin límites, mientras nosotros nos autolimitamos por no caer mal a quienes nos rodean.

También nos señala que la meritocracia está en baja, que la falta de escrúpulos da buenos resultados y que fomentar el miedo es una buena receta para gobernar.

El triunfo de Trump me recordó que vale la pena vivir con autenticidad, soñar en grande y actuar en consecuencia, sólo que sin joder a nadie.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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