miércoles 22 de febrero, 2012

Discriminación hacia los hombres - por Marcelo Mosenson

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Fuente: Tazkirah.net

La diferencia entre hombres y mujeres se manifiesta en situaciones que me resultan harto incomprensibles. ¿Cuántas veces he soportado el dolor en mis manos y dedos partidos, consecuencia del plástico de las bolsas cargadas con kilos de mercadería del supermercado, que se clavan en mi piel como si se tratase del filo de un cuchillo? Al igual que la mayoría de los hombres, siempre me resistí al uso indudablemente más práctico del changuito. Las mujeres son las que en su mayoría lo usan en un acto de innegable superioridad práctica. Podría sentirme tentado a pensar que por cuestiones de autoestima, en cuanto a nuestra imagen de virilidad, preferimos la autoflagelación que soportamos compra tras compra de manera estoica antes que pasar por débiles. Lo curioso es que ningún hombre duda en llevarse una valija con rueditas al subir a un avión.

Otras de las incógnitas que aún no logro comprender es acerca de cuándo, cómo y por qué los hombres nos vimos impedidos de doblar involuntariamente nuestras propias muñecas sin poner en riesgo nuestra imagen viril; a no ser que uno se llame Joaquín Cortez o Antonio Gades, luminarias del baile flamenco. Pero por supuesto que no es lo mismo dar rienda suelta al movimiento de nuestras manos y muñecas al bailar que luego de bajar telón. Es curioso cómo los hombres heterosexuales hemos aprendido a no dejar caer nuestras manos hacia delante dejándonos llevar por su peso natural, sin siquiera cuestionarlo.

En cuanto al inadmisible meneo de nuestras caderas, solo algunos pocos hombres, sex symbol extremadamente populares, han sido autorizados a mover las suyas. Mientras que a ningún otro hombre corriente se le permitiría hacerlo sin pasar por afeminado. Elvis Presley, Sandro, Mick Jagger o James Brown son algunos de los pocos elegidos por nuestra cultura para hacerlo al punto tal de seducir a miles de mujeres a partir de sus movimientos pélvicos.

A su vez, si bien la gran mayoría de los jardineros suelen ser varones, hombres dedicados a cuidar y admirar las plantas y las flores, a casi nadie se le ocurriría obsequiarle un ramo de flores a un hombre heterosexual. De la misma manera que tampoco nos suelen regalar algún champú o jabón, aún si solemos bañarnos y no nos dé necesariamente lo mismo cualquier producto.

Tampoco es de macho tomar de la mano a un hombre al caminar por la calle, por lo menos no en Occidente. Ya que en ciertos países árabes es común verlos así caminando por la acera. Recuerdo mi sorpresa y estupor durante una de mis primeras estadías al Cairo, en donde la homofobia es ley, cuando observé cómo varias parejas de varones, egipcios, heterosexuales caminaban tomados de la mano de forma absolutamente natural. Allí es costumbre.

Los hombres tenemos prácticamente prohibido llorar en contextos y situaciones en donde las mujeres lo tendrían no solo permitido, sino que a su vez es lo que se espera de ellas. Pero los hombres no lloran. Es de maricón llorar por amor. En cambio, la mujer llora al parir y no solo de dolor, también de emoción, mientras que el hombre debe contener sus lágrimas cediendo el lugar de mayor catarsis a la mujer. Las lágrimas en público son extremadamente reguladas en los hombres. No habla bien de nosotros llorar por amor. En cambio, sí se nos permite hacerlo frente a una tragedia, la muerte de un hijo por ejemplo. 

Lo que me resulta absolutamente incomprensible es cuando una pareja se separa en malos términos y es prácticamente imposible que los hijos queden al cuidado del padre. Una suerte de sospecha recae sobre aquellos varones que luchamos por ocuparnos a tiempo completo de la crianza de nuestros hijos. La ley indica que durante los primeros cinco años de un chico los hijos deben permanecer con la madre, a no ser que ella no pueda hacerlo por algún motivo considerado extremo. Ser mala madre, ausente, despreocupada, inestable emocionalmente o desocupada es siempre preferible a un padre amoroso, sano y responsable. Los padres somos meros proveedores frente a la ley. 

A raíz de estas diferencias me pregunto con total desapego ¿qué es una madre y qué es un padre? ¿Puede un padre ser madre? ¿Puede una madre ser padre? ¿Acaso podríamos coincidir en una definición universal de padre y madre? Personalmente, lo dudo. 

Cada uno ocupa la palabra padre o madre según el significado que cada uno construya.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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