miércoles 22 de febrero, 2012

SEXO - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Mujerhoy.com

El sexo sin amor sólo alivia el abismo que existe entre dos seres humanos de forma momentánea. Erich fromm

Cansada y frustrada por la repetición de la misma escena, mi amiga, una bellísima mujer y de una sensibilidad fuera de lo común, me pregunta sin ningún atisbo de victimización “¿por qué cada vez que salgo con un hombre éste intenta tener sexo inmediatamente cuando apenas puede sostenerme la mirada durante una conversación?”  

Un silencio se apoderó de la escena. No sabía qué responderle. Desear conquistar sexualmente a una mujer pareciera no merecer ningún explicación. Resulta autoevidente. ¡Por ganas! Hasta tal punto es así que prácticamente se ha tornado una obligación, un mandato invisible como inquebrantable. No hablo de la consumación, pero sí del intento de seducción con un objetivo claramente determinado. 

¿Porqué se sentía tan molesta, entonces? No estábamos discutiendo la relación entre el amor y el sexo. Todos sabemos que van juntos o por caminos paralelos. Tampoco pretendía ella que todas sus relaciones sexuales fueran consecuencia directa del amor. Sin embargo, no podía no sentir lo forzado y grotesco de aquellas situaciones. 

Es evidente que para los que ya no padecemos el intempestivo volcán hormonal de la pubertad, el deseo de conquista no obedece necesariamente a la elevación de nuestra temperatura corporal. Me vi obligado a confesarle que según mi experiencia, como así también respecto de lo que observo de mis conversaciones con otros hombres, lo que buscamos con mayor anhelo es evitar la intimidad con una mujer. ¡A cualquier precio! Y la manera más segura de evitarla es, justamente, a partir de un encuentro sexual. De lo contrario nos veríamos obligados a mirarnos, escucharnos y sentirnos. Es justamente a esto a lo que le escapamos con mayor intensidad. Como si sólo deseásemos ser sin estar

El inglés y el francés no diferencian el ser y el estar como ocurre con el español. En inglés, to be, y en francés être cumplen la función de ambos verbos auxiliares. Nosotros, los hombres (las mujeres también) estamos continuamente desdoblados entre el ser y el estar haciendo uso indiscriminado del ser en detrimento del estar. Apenas somos sin estar ahí.

Pareciera que viviésemos en una época en donde la intimidad que se pretende esquivar mediante el disfraz de cierta libertad sexual no logra ser eficaz. Raramente en el sexo se juega sólo lo sexual, sólo habría de ser así a condición de reprimir el deseo de intimidad. Mientras que a lo íntimo se le escapa también en parejas ya supuestamente “bien” constituidas.

Su pregunta era punzante porque claramente no estaba en cuestión un problema de autoestima, de moral o de abuso. 

La exacerbada sexualización de nuestra cultura post feminista y post revolución sexual no logró conquistar la libertad sexual. Por el contrario, si el encuentro sexual se torna un mandato, un reiterado fin en sí mismo, un deber ser, es evidente que no somos libres. 

No pocas veces hombres y mujeres nos hemos arrepentido de exponernos sexualmente cuando algo de la propia intimidad o ajena se ha puesto de manifiesto. La incomodidad sentida no tiene que ver con algún sentimiento de culpa religioso, moral o ético, sino más bien con un rechazo a la intimidad que se pueda producir entre dos personas adultas que no están dispuestas a exponerse. 

Recuerdo la frustración y el repentino alivio que sentí al conocer a la mujer que cambió el sentido de mis días. Evidentemente estaba dispuesta a estar íntimamente conmigo, pero con la mayor de las delicadezas me pidió tiempo. Porque sí. No había ninguna estrategia de seducción o de principios morales en su actitud. Sorprendido, descubrí que habría corrido un riesgo innecesario de haberla llevado rápidamente a la cama. Bien sabemos que una relación sexual puede ser el principio de una historia de amor como así también la antesala de una abrupto final.

La historia del Don Juan es la de un personaje también llamado burlador o libertino que trata de seducir de forma valiente y osada sin respetar ninguna ley divina o humana. Albert Camus escribe acerca de él: “Don Juan busca la saciedad. Si abandona a una mujer bella no es, de modo alguno, porque no la desee ya. Una mujer bella es siempre deseable. Pero es que desea a otra, y eso no es lo mismo”. 

Don Juan nunca pudo amar porque amó a todas las mujeres, y al igual que los colores, cuando los mezclamos entre sí no obtenemos el arco iris, tan sólo logramos un indiferente gris oscuro. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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