miércoles 22 de febrero, 2012

La palabra y la cosa, por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
Tango argentino.
Fuente: Difusión

¿Qué viene antes la palabra o la cosa? Recuerdo una discusión que tuve con una lingüista noruega con quien no logramos comprendernos ni ponernos de acuerdo al respecto. Mientras que yo sostenía que la palabra construye a la cosa, ella, por el contrario, argumentaba que la palabra la nombra. 

Comprendo que nos inclinemos a pensar y sentir que las palabras no son más que un sonido que le adjudiquemos a ella, pero la realidad existe también a partir que se la nombre. Por ejemplo, nosotros probablemente no seríamos capaces de discernir entre varias tonalidades de blanco de los hielos de los polos terrestres de no tener las distinciones lingüísticas como para percibirlos. Los esquimales, que viven rodeados de nieve, reconocen más de treinta tipos de tonalidades del blanco transformándose en una facultad visual sin las cuales no podrían sobrevivir entre los hielos. 

Toda pregunta por el origen nos lleva a la respuesta sin salida de si fue primero el huevo o la gallina. En lo que respecta a la esencia y a la existencia de las cosas y su correlativo verbal uno podría inclinarse por el huevo o por la gallina, dependiendo de lo que nombremos. 

En lo que respecta a las emociones, tengo la fuerte sospecha que la palabra precede a la emoción (la cosa). Pienso en palabras provenientes de países distintos y que a pesar de su similitudes de significado remiten a emociones y músicas diversas. 

La melancolía, muy propia del tango argentino, remite a la tristeza que nos provoca un pasado que ya fue. No hay duda que a los argentinos el tango nos constituye en nuestra forma de ser y de sentir. La melancolía es el tormento de un ideal que no se puede alcanzar, o peor aún, que se perdió. Mientras que la nostalgia, es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado. 

Nostalgias (tango) de Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián

Nostalgias

de escuchar su risa loca  

y sentir junto a mi boca  

como un fuego su respiración…  

Angustias  

de sentirme abandonado  

y sentir que otro a su lado  

pronto, pronto le hablara de amor…

La saudade, empleada en portugués y gallego, hace referencia a un cierto placer por añorar una ausencia. Basta con escuchar la Bossa Nova de Brasil, el Fado de Portugal o la Morna de Cabo Verde para sentir y comprender la saudade.

Según Wikipedia, la saudade es el deseo de resolver una distancia. A menudo conlleva el conocimiento reprimido de saber que aquello que se extraña quizás nunca volverá. 

Chega de saudade (bossa nova) de Tom Jobim


Mas se ela voltar, se ela voltar

Que coisa linda, que coisa louca

Pois há menos peixinhos a nadar no mar

Do que os beijinhos

Que eu darei na sua boca

Pero si ella vuelve, si ella vuelve

que cosa tan linda, que locura

pues hay menos pececitos que nadan en el mar

que los besitos que yo le daré en la boca.

El escritor portugués Manuel de Melo la definió en 1660 como «bem que se padece e mal de que se gosta» (bien que se padece y mal que se disfruta). La saudade es una suerte de triste alegría. Ajenos en español a esta distinción, podríamos llegar a creer que hablar de una tristalegría (título de una canción de Cabo Verde) es un oxímoron: figura lógica que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión generando un tercero. Por ejemplo, «un instante eterno». Pues en la triste alegría no lo es, no al menos en lo que respecta a la emoción. Quién no ha vivido alguna vez esta emoción sólo aparentemente contradictoria porque no tenemos en español una palabra para nombrarla? 

Invadidos y constituidos por las palabras, no pocas veces creemos ser lo que sentimos. 

Creerse un ganador al ganar es tan errado como creerse un perdedor al perder. Solemos confundir la palabra con la cosa, de la misma manera que no sabemos qué sucede primero. 

Sentimos que no valemos nada al ser dejados por alguien, y afirmamos rápidamente que nos han dejado porque valemos poco. 

No somos lo que sentimos, pero por supuesto que también es cierto que somos nuestras emociones. 

Las palabras ayudan a distinguir las cosas, a construirlas, y a sentir otras. Pero es justamente en el silencio producido por un abrazo es que encontramos el remedio más efectivo contra ciertas palabras. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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