Líneas divisorias peculiares - por José Antonio Alfageme
Opinión
FUENTE: Daniel Blanco / Altavoz

2018-01-12 15:50:52

José
Antonio
Alfageme
 

"En esencia, el antifujimorismo es como un tonel vacío, el que suena en forma ensordecedora cuando está vacío mientras, al contrario, es silencioso cuando está lleno."


Hace pocos meses, nos enteramos de que APRODEH –supuesto organismo de defensa de los derechos humanos– decidió apoyar al candidato Humala en las elecciones del 2011 a pesar de que conocían indicios serios que indicaban que él había sido el temible “capitán Carlos”. El único objetivo de esta “movida táctica” había sido (de acuerdo a lo declarado por el propio presidente de esa ONG) evitar que la candidata Keiko Fujimori ganara. Las denuncias de desapariciones forzadas y asesinatos múltiples que pesaban sobre Humala, cometidos en la década del 90, fueron conscientemente ignoradas a pesar de ser hechos de suma gravedad contra los derechos humanos, inclusive más graves y sangrientos que los sonados casos de La Cantuta y Barrios Altos.

Pero esto no ha sido sino una raya más de ese “tigre mental” que han desarrollado por años determinadas fuerzas políticas nacionales, fundamentalmente, las denominadas genéricamente como “la izquierda”, en sus distintas variantes. Según estas, el “enemigo principal”, para frasearlo en la manera marxista leninista, es y ha sido el fujimorismo. A partir de esto, se dibuja la línea ideológica que separa a los “buenos de los malos” en la política nacional.

Esto rememora, bajo un modelo actual, el esquema de la dicotomía arios – judíos con que el nazismo desarrolló su estrategia de desarrollo político. Esta característica, en realidad, no es nazi, sino totalitaria en general, pues ha sido utilizada también por una serie de movimientos tiránicos de todo color en el mundo, desde Stalin en la ex-URSS, Mao en China, los movimientos fundamentalistas del medio oriente, el fascismo, el castrismo, etc. Está incluido como el primero de los llamados once principios de Joseph Goebbles, el que afirmaba:

“Principio de simplificación y del enemigo único: Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo. “

La verdad es que la naturaleza artificial e inconsistente de esta forma de "dividir las aguas" puede observarse con claridad en las razones que se esgrimen para enfrentar a ese "enemigo principal" así como cuando son contrastadas con otras decisiones y alineamientos de la izquierda nacional en los últimos años. 

Al respecto, las principales acusaciones contra Fujimori han sido:

Ser dictador, haber cerrado el Congreso y luego articular formas vedadas para mantenerse en el poder diez años. Pero lo cierto es que la izquierda ha admirado a una serie de dictadores que han avanzado muchísimo más es esto de ser dictadores, que casi convertirían al régimen de Fujimori en un “pequeño exceso” si se lo comparara con personajes como los ya mencionados más arriba o con Hugo Chávez y su heredero político, Nicolás Maduro.

Ser corrupto. No podrá negar la izquierda sus profundos lazos con Venezuela, Brasil y la Argentina kirchnerista. En el primer caso, hay una serie de denuncias que no sólo asocian al régimen chavista con la corrupción sino al narcotráfico. Ni hablar de Lula da Silva y Dilma Rouseff, artífices del mayor esquema político mafioso transnacional de sobornos y corrupción de los últimos cien años y, por supuesto, los Kirchner, quienes hicieron del propio enriquecimiento el objetivo fundamental de sus gobiernos. En casa, el gobierno regional de Cajamarca  y la municipalidad de Lima nos demuestra que "ellos también roban".

Ser asesino. Además de lo mencionado sobre Ollanta Humala, los asesinatos en Cuba y Venezuela han sido muchísimos. Y muchos más, en la Rusia estalinista o la China maoísta. Habría que incluir también a otros “amigos preferidos” de la izquierda: Las FARC de Colombia. La izquierda apoyó militantemente la reciente firma del llamado “Acuerdo de Paz”, que ha hecho una suerte de “borrón y cuenta nueva” frente a los terribles crímenes, asesinatos, secuestros y tráfico de drogas, cometidos por esa organización terrorista. Y yendo al terreno local, la cercanía  evidente con miembros del MRTA, algunos de ellos que militan hoy en la izquierda  oficial. Ellos mataron y secuestraron a mucha gente inocente.

 

Algo que ya es un desarrollo reciente, mostrando la misma “contradicción intrínseca progresista, ha sido su actitud frente al Gobierno actual. Ellos habían venido apoyando a PPK en forma resuelta, pero ahora ha pasado a ser un “monstruo” con su decisión del indulto a Alberto Fujimori. Y antes lo habían defendido a pesar de denuncias de sus propios miembros destacados que vivieron acusando a Kuczynski de “lobista”.  

La verdad que el antifujimorismo ha estado asociado –y esto es algo objetivo, totalmente comprobable– a regímenes profundamente corruptos que podrían hacer aparecer al de Fujimori como si fueran uno comandado por delincuentes juveniles. Ellos apoyaron y participaron internamente, en los gobiernos de Alejandro Toledo y Ollanta Humala, y formaron parte de ese grupo mafioso internacional agrupado en el llamado “Foro de San Paulo”.

En esencia, el antifujimorismo es como un tonel vacío, el que suena en forma ensordecedora cuando está vacío mientras, al contrario, es silencioso cuando está lleno. Y él sólo tiene de contenido precisamente al antifujimorismo y nada más. No tiene ideas de país, no tiene propuestas concretas, fuera de algunos temas que les apasionan, con el que intentan capturar las mentes de otros peruanos.

Mas lo absurdo, a todas luces, es que Vargas Llosa se alinee con dicha corriente, a pesar de que ideológicamente (genuinamente un factor ideológico) sus postulados de país, de economía, de sistema político son completamente contradictorios. No asombra que Toledo, Humala y varios de sus “lovers” y ex-colegas de la política y la prensa se hayan decidido a formar parte de este movimiento “anti Fujimori” y “pro nada”, ellos están defendiendo sus intereses, incluida su libertad. Pero el caso de “el Escribidor” es realmente contranatura.

Lo interesante es que el gobierno actual decidió de saque ser parte de esa corte dirigida desde la izquierda y que ahora, al defenderse de probables problemas legales, haya cambiado de bando y esté sufriendo los efectos de su propia medicina, ser incluido en el campo de los “malos”, de los “enemigos del pueblo” y demás epítetos a los que son adictos en el mundo “progresista”. Esto muestra, nuevamente, la levedad ´política del “progresismo”, su incapacidad de salir de un infantilismo o una adolescencia conceptual permanente.

Todo lo anterior no quita el necesario reconocimiento de las cosas malas y los delitos cometidos durante el gobierno fujimorista. Por ellos, muchos han cumplido penas importantes. Y todos los casos que están ahora en revisión, como los apuntes de Marcelo Odebretch o el caso del ex secretario general de Fuerza Popular, deberán seguir hasta que se encuentre o no culpabilidades. 

Tampoco, hace verdadero o falso, correcto o incorrecto lo que haga, proponga o defienda el fujimorismo. Eso deberá ser evaluado en cada caso, al igual que como sucede con cualquier otro actor de la política nacional.

Lo que no se puede es rotular a todo un movimiento por las faltas y delitos cometidos a lo largo de su existencia. Si esto fuera así, prácticamente no quedaría nadie que pudiera seguir en la arena política. El belaundismo, el aprismo, el fujimorismo, el toledismo, el humalismo y la propia izquierda tendrían que ser proscritos porque en todos esos casos han existido casos ciertos de corrupción e insanía. En todos esos gobiernos han existido malos políticos y funcionarios pero también han existido otros que han cumplido su labor e incluso han realizado gestiones positivas. 

Una cosa es el movimiento, otra cosa son las personas. Al igual que en el caso de las empresas, la responsabilidad por los delitos cometidos es personal, no colectiva. Pensar de forma contraria, llevaría al extremo al genocidio, pues sólo quedaría la alternativa de extirpar a los enemigos, algo que Adolfo Hitler entendió muy bien y que sus discípulos esforzados, Castro, Chávez y Maduro, lo siguieron con empeño.


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