Marcel Velázquez: "La política peruana es la alianza perfecta entre el cinismo y el simulacro"
Política
FUENTE: Andina

2018-01-10 09:33:00

Matheus
Calderón
 

Un conocedor en profundidad de la literatura e historia cultural del siglo XIX en el Perú desde la mirada del género, la biopolítica y el cuerpo, Velázquez habló con Altavoz sobre el indulto, la reconciliación, y las batallas por la memoria.


Por Matheus Calderón

Marcel Velázquez Castro se desempeña como investigador y profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Desde su cuenta de Twitter, @Marcelvelazq , interpreta escenas culturales y lanza puntillosas críticas al panorama político actual. Un conocedor en profundidad de la literatura e historia cultural del siglo XIX en el Perú desde la mirada del género, la biopolítica y el cuerpo, Velázquez habló con Altavoz sobre el escenario post- indulto, la reconciliación, y las batallas por la memoria.

MC: Hace no mucho tiempo te pronunciaste de manera crítica sobre el movimiento antifujimorista. ¿Cuáles crees que son, actualmente, las taras del antifujimorismo, dónde se han marcado sus límites en un contexto post indulto a Alberto Fujimori? Algunos analistas incluso llegaron a decir que fue el antifujimorismo el que liberó a Fujimori…

El antifujimorismo, desde mi perspectiva, tiene dos grandes problemas. El primero tiene que ver con la falta de un horizonte político mayor. Está respondiendo reactivamente siempre, está supeditado a la acción del fujimorismo, enarbola pasionalmente la indignación, lo que es positivo para un espacio público conformista; sin embargo, por otro lado, está muy subordinado a la acción del fujimorismo. Si no se construye una plataforma política creativa y radical a partir del antifujimorismo, y que significaría la propia liquidación del antifujimorismo, no tendremos un nuevo actor político. Y eso es lo que deberíamos buscar: un nuevo actor político que recupere la historia del antifujimorismo (una larga historia ya, discontinua por cierto, pero una trayectoria con éxitos concretos en crisis decisivas), pero que la transforme cualitativamente. El segundo problema tiene que ver con algo que es quizás más incómodo reconocer para nosotros, el clasismo, esta mirada de arriba abajo contra el fujimorismo, que convierte la diferencia política en desigualdad sociocultural.

MC: Es lo que se expresa con la idea de lenguaje taper...

Me parece terrible esa expresión, a pesar de que es muy fácil bromear, y hasta yo mismo lo he hecho, con los errores gramaticales o los disparates lógicos de políticos fujimoristas. Pero tenemos que tomar conciencia de que con eso simplemente estamos reproduciendo desigualdades. Estamos creando ciudadanos de segunda clase. El “lenguaje taper” es un agravio mayor para quienes lo emplean que para quienes lo reciben. En esa socorrida expresión se mezcla un valor moral con una educación defectuosa (no saber leer ni escribir adecuadamente) que me recuerda mucho los debates del siglo XIX en el Perú: ¿quiénes son ciudadanos? Los que saben leer y escribir, los que han recibido una educación privilegiada: “solo nosotros, los antifujimoristas podemos participar en el espacio público y discutir ideas. Y como tú no sabes dónde van las tildes o confundes la letra s con la letra c no tienes derecho a decir lo que piensas”. De ninguna manera. Sobre este punto, un grueso sector del antifujimorismo tiene que hacer una reflexión profunda y una autocrítica, también. ¿Por qué caemos con tanta facilidad en prácticas clasistas?, además de los pactos discriminatorios que nos constituyen como sociedad, en ese caso concreto está la fantasía de la izquierda que busca representar al pueblo y que se encuentra con la pesadilla de que el pueblo está más conectado al fujimorismo y su tradición autoritaria; entonces, justamente porque no lo tienes de tu lado (al pueblo), lo agredes.

MC: Otra vez, es lo popular lo que está en debate. Y creo que también se menciona en el debate público la idea de que el fujimorismo es ahora, en el Perú, lo popular. Pero creo que también se debería hacer una distinción entre las clases dirigentes fujimoristas y las bases de votantes, ¿no es cierto?

Sí, sin duda. Pero también es interesante notar que esa clase dirigente fujimorista proviene en gran parte de los sectores emergentes, es el nuevo Perú. No son los viejos actores ni la élite tradicional. En el espacio de la política hasta la década del 90, no importaba mucho si eras de izquierda o de derechas, la gran mayoría de líderes políticos era la misma gama de familias y apellidos, que se movían en un mismo rango sociocultural, y el fujimorismo inicial desestabilizó eso, democratizó el campo, tanto en sus actores políticos principales, como en las masas que representaba. Ahora, sin duda, la acción política de los líderes fujimoristas debe ser juzgada políticamente: no por su ortografía, ni por los actores sociales que representan. Eso es lo que falta en el análisis político: la respuesta a la pregunta ¿qué representa realmente Fuerza Popular? ¿Por qué puede conseguir 49.88% de votos en una elección nacional? ¿Todos sus líderes y votantes son seres malvados, intrínsecamente defectuosos? De ninguna manera. Hay que luchar contra el fujimorismo con nuevos argumentos.

MC: Nuevos argumentos que han sido escasos en esta crisis de polarización política….

Todo eso tiene que ver con un membrete irónico, que Hugo Neira levantó hace poco: la Inquisición de los Propietarios de la Verdad Única. Porque cuando uno se sale del análisis político y cae en el terreno de dicotomía moral, del bien contra el mal, estamos sembrando un espiral de intolerancia, razonamientos autoritarios y exclusiones simbólicas muy violentas. Ese es otro flanco débil del antifujimorismo: atribuirse intrínsecamente una virtud moral. El buen vivir hay que conquistarlo cada día y con cada uno de nuestros actos. Por lo general, nuestros actos son contradictorios y tenemos juicios morales equivocados: felizmente no hay pureza moral en ningún lado. Ocurre que como el clasismo no se puede expresar de manera directa porque resulta bochornoso, se ha sustituido por el tema de la moral: “yo tengo los valores virtuosos de la República, tú eres el monstruo, el antivalor”. Y eso, además, me lleva a otro tema que a mí me interesa mucho y que tiene que ver con el melodrama. Creo que estamos asistiendo a un renacimiento del melodrama. Estamos instalados en una dinámica narrativa en la cual los valores del bien y del mal son centrales para definir nuestra acción humana secular. Esta perspectiva no es funcional en el análisis político.

MC: Chantal Mouffe, ya hace varios años en “En torno a lo político”, mencionaba que la lucha entre la izquierda y la derecha ha sido reemplazada hoy por la lucha entre quienes se reclaman como el bien frente aquellos que están mal, que es una diferencia en esencia moral.

Sin duda. Y eso lo estamos experimentando en esta coyuntura con mucha intensidad. Veía ayer burlas porque la movilización política que ha convocado el fujimorismo presuntamente entregará dinero, vinchas y polos a los asistentes. En la otra orilla, están los “ciudadanos republicanos” que no necesitan de prebenda alguna para salir a expresar sus ideas. La interpretación fácil: clientelaje versus conciencia, pero habría que preguntarnos por qué ocurren en nuestra sociedad estas distintas formas de activismo y de movilización, antes de descalificar moralmente una de ellas.

MC: A propósito de las críticas que vemos y leemos: estas, en su mayoría, llegan a nosotros a través de las redes sociales. Lo cierto es que hay una realidad fuera de las redes sociales, también, y es algo por lo que se critica a muchos analistas, por no pensar “fuera de la burbuja”.

Sí, completamente de acuerdo. Muchos tenemos nuestra zona de confort en las redes sociales, marcados por esta intermediación, y los espacios de intersubjetividad plena son más bien escasos. Es evidente que el modelo hegemónico en algunos sectores sociales pasa por esa intermedialidad y eso nos lleva también a ver la realidad de una manera distinta: la tecnología actual es más biotecnológica que nunca. Ya no nos soportamos sin una pantalla encendida de por medio; cómo exhibe la serie “Black Mirror”: finalmente, lo intolerable es nuestra propia sombra sobre la pantalla del dispositivo apagado, no soportamos el dispositivo apagado.

MC: El crítico cultural Mark Fisher menciona, por ejemplo, la idea del reemplazo de una interactividad por una interpasividad. Y esto afecta, en especial en los últimos años, a las formas de organización, de militancia y de activismo. Después de las declaraciones que vinculaban la campaña del No a la Revocatoria de Susana Villarán con financiamiento de dinero sucio, un conjunto de artistas que se reconocen como activistas señalaron que “no conocían nada”, y que “lo estaban haciendo por un bien mayor”. Y este tipo de defensas, que son ante todo morales, están acompañadas de formas de activismo que no se preocupan por una militancia, digamos, en un partido político, sino que justamente se quedan en las redes sociales.

Entramos allí a otro tema clave: usar el término “partido político” es casi de una cortesía desmesurada con todas las organizaciones inscritas. Lo que hay, principalmente, son meras asociaciones o clanes familiares. Y quisiera allí mismo hacer un contraste con el siglo XIX: en el XIX, una de las formas supremas de la república decimonónica era la asociación, porque permitía juntar a personas socialmente desiguales, pero que tenían un interés común, público, que los unía y que creaba entre ellos vínculos horizontales. Lo que tenemos ahora son asociaciones para disfrazar el interés privado y obtener ventajas a través de un discurso público. Un caso extremo son las asociaciones criminales que están asaltando la política. Lo estamos viendo ahora con Villa María del Triunfo, donde el alcalde es sindicado como el líder de una banda criminal, pero está ocurriendo en muchos otros lugares del Perú. Creo que no aquilatamos la catástrofe que esto significa.

Por otra parte, las formas tradicionales políticas ya no pueden responder al nuevo modelo social en el que estamos, hay un desfase enorme entre el partido político tradicional y la interacción social, esta hipermediatización, estas identidades móviles o líquidas, como diría Bauman, nadie se define por una militancia política. Pero así como los partidos políticos no han sabido reinventarse ni articular una acción política con estos nuevos sujetos, lo que sí ha ocurrido es que asociaciones criminales disfrazadas de asociaciones políticas florecen y destruyen la noción de cosa pública.

MC: Una caso simbólico al hablar sobre el desfase de los partidos políticos es el de las reacciones a la intervención de Alberto Borea durante la defensa del presidente Kuczynski. Se produjo esta sensación de nostalgia de “he aquí a un verdadero político”, pero días después, el mismo Borea hizo una publicación de tinte homofóbico en su cuenta de Facebook y fue entonces vapuleado.

Una nostalgia idealizada, sin duda. Y la anécdota sobre Borea nos habla, también, de los diferentes tiempos de la política peruana, y en general, de la sociedad peruana. Es un espacio multitemporal: encuentras personajes como Borea, como Valle Riestra –un ejemplo aún más claro de lo mismo-, y por otro lado personajes como Becerril, como Bienvenido Ramírez. Los políticos que estaban legitimados por un saber retórico y por un saber cultural no conectan ya con las demandas del presente, demandas vinculadas principalmente a la afirmación de las diferencias, el respeto legal a las identidades marginales, la lucha contra la desigualdad y el racismo, los temas ecológicos… ¿Cómo es posible que en el Perú no exista hasta ahora un líder político en temas ecológicos? Un país como el nuestro, atravesado de conflictos sociales, donde la deforestación y la contaminación ambiental, producto de la tala y la minería ilegales, se dan en todo el territorio… ¿cómo es posible que todo ello no se haya podido convertir en un discurso político articulado que interpele a los jóvenes? Esa es justamente la brecha entre las formas políticas tradicionales y un mundo que ya no puede ser leído desde estas estructuras.

MC: Quiero regresar al debate sobre el indulto y explorar otras posiciones que a pesar de estar en temas opuestos, se vinculan de algún modo. El liberalismo de derechas señala que el problema con el indulto es institucional: el indulto es una institución que ya no debería existir, al ser un rezago colonial. La izquierda, o cierta izquierda, como la de Gregorio Santos, indica que el problema con el indulto es estructural: son los intereses económicos los que posibilitan que el indulto sirva como negociación en medio de la vacancia a Kuczynski. Por muy diferentes que parezcan, ambas posiciones no se concentran en la evaluación moral del indulto.

Coincido en que es una institución que debe sustraerse del ámbito presidencial. Me interesa comentar la segunda interpretación, pues ella presupone “Nueva Constitución”, “sistema completamente podrido” o “que se vayan todos” –que puede ser un grito legítimo en algún momento-, esa presunción no me genera esperanzas. Lo hemos visto en América Latina tantas veces, las demandas de nueva constitución, todo este giro a la izquierda con el que inició el siglo XXI, el liderazgo político de Lula da Silva de Chávez, Morales, Correa, Kirchner. ¿En qué terminó todo esto? En la consolidación de lo nacional popular, en un modelo de democracia más social que formal ya que ciertos sectores pudieron ingresar a la política y participar, sin duda eso pasó: en Bolivia y Ecuador los indígenas, en Venezuela los sectores populares marginales. Pero el balance final tiene que ser negativo. Me molesta porque veo que siempre los líderes izquierdistas vacilan en la descalificación, porque no deslindan claramente de estos modelos. Hay que deslindar, hay que decir que el resultado final no fue solamente negativo (autoritarismo, corrupción, clientelaje), sino que está manchado con sangre en el caso de Venezuela. Además de ello, esta la fantasía del gobierno interminable: la re-reelección presidencial, un legado del fujimorismo al “socialismo” del siglo XXI. Incluso en el caso de Morales, perdiendo el referéndum, con un argumento ridículo, volverá a postular. En eso podemos terminar, atrapados en un populismo autoritario interminable, si es que tenemos esa mirada ingenua de que una constitución va a refundar la sociedad peruana. Que cambiarla va a tener efectos jurídicos, de seguro que sí, pero no va a generar una transformación radical de la sociedad. La transformación tiene que darse en el propio seno tenso, contradictorio de la sociedad.

MC: En palabras de Alain Badiou, un simulacro antes que un verdadero evento político, un acontecimiento…

Así es. Y ya que hablamos del concepto de simulacro, pensaba que la política peruana es la alianza perfecta entre el cinismo y el simulacro. Y el acto que me resulta paradigmático en esta coyuntura es la justificación de PPK del indulto. El cinismo es el nuevo sentido común en la política, argumentas públicamente en defensa de un valor en el que tú no crees: PPK defendió el carácter humanitario del indulto y los errores y excesos del gobierno de Alberto Fujimori. Además, el encuadre del video mal grabado, un presidente desencajado y con atuendo informal refería a un simulacro de mensaje a la nación. El involuntario, pero significativo detalle del cuadro colonial religioso, del cual solo se veían dos querubines semidesnudos con las trompetas de la fama: todo ello constituía la escenografía perfecta para el acto de cinismo más importante y con mayor repercusión política en muchos años. No se trata de una mera mentira, se trata de una que se disfruta mostrándose como tal.

MC: Reconciliación, entonces. ¿Con quién, desde dónde?

No. En vez de la reconciliación, yo levantaría la bandera de las batallas por la memoria. Creo que sería mucho más útil para todos. No hay una memoria, no hay una verdad. No hay dicotomías morales en la sociedad peruana. Lo que tenemos que hacer todos desde nuestras propias experiencias es pensar el pasado y articularlo con el futuro, y hay que pensarlo en los espacios públicos. Esa es la bandera que podría ayudar a un futuro acuerdo -no creo que reconciliación sea la palabra, pero quizás sí un nuevo acuerdo social- menos dañino para nosotros.


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