Cadenas patriarcales - por Javier Llopis Puente

2017-12-04 10:05:27

Javier
Llopis
 

"Las reivindicaciones de las mujeres están a años luz de terminar. Y en una construcción, cada ladrillo cuenta."


El 17 de junio de 1956 marcó un hito para la sociedad peruana, un momento histórico que representa una cumbre en materia de feminismo e igualdad de condiciones entre hombres y mujeres. Ese día, cual epílogo de una lucha de reivindicación de años, la mujer peruana pudo votar por primera vez. En esas mismas elecciones, hubo 30 candidatas, de las cuales fueron elegidas una senadora y ocho diputadas. Ese día atravesamos todos, pero sobre las mujeres, un puente que nunca más sería puesto en tela de juicio. 

¿Por qué recuerdo esta icónica fecha ahora? Pues bien, porque las reivindicaciones de las mujeres están a años luz de terminar. Y en una construcción, cada ladrillo cuenta. Es por eso que aplaudo abiertamente la iniciativa legislativa defendida por la congresista Marisa Glave quien propone que los niños tengan la posibilidad de llevar el apellido de la madre antes que el del padre. Repito: la posibilidad de llevar el apellido de la madre antes que el del padre. Posibilidad. 

Las críticas han llovido como aguacero loretano. Lo curioso es que los locutores siempre son los mismos: hombres. ¿Qué nos pasa, hombres, para sentirnos tan abrumadoramente amenazados porque nuestros hijos puedan llevar primero el apellido de la madre, sin excluir el nuestro? La pantomima siempre se disfraza del mismo tul, y realza el aspecto insignificante de la iniciativa. Dicho de otra manera, “hay cosas más importantes”. Estimado lector, estimada lectora, ¿quién define qué es más importante? En una democracia representativa, el mandato que otorgamos a los representantes del Poder Legislativo no es uno imperativo, sino que les delegamos las facultades de tomar decisiones propias.

La iniciativa de la congresista Glave no va a solucionar el problema de la pobreza extrema, ni desaparecer la trata de personas, ni disminuir la mortalidad infantil en zonas rurales, ni regular la minería ilegal, ni generar mayor empleo en las periferias del país. Si se quiere hacer eso de buenas a primeras, la receta se haya en Narnia o en el Mundo de las Maravillas. Como dije, cada ladrillo cuenta, y sí, una propuesta como esta es un paso hacia delante en las relaciones de igualdad de condiciones entre hombres y mujeres. 

Me parece patético que los mismos que critican a los detractores de la Unión Civil por decir que hay temas más importantes sean los que vengan ahora a decir que el orden de los apellidos no es importante porque muchas mujeres no podrán ejercer ese derecho. Amigo izquierdista, ¿cuántas mujeres crees que votaron el 17 de junio de 1956? ¿Por qué crees que tan pocas mujeres se presentaron a las elecciones? Y ahora, ¿de verdad crees que a pesar de eso, no valía la pena promulgar la ley y abrir el derecho al voto? ¿Estás tan ensimismado en tus trasnochados dogmas que eres incapaz de quitarte las anteojeras y de ver el progreso cuando lo tienes en tu nariz? Amigo derechista, ¿crees que fomentar el diálogo y la búsqueda de consenso dentro de una pareja es algo negativo para la sociedad? ¿Consideras que tu aclimatado machismo sigue teniendo lugar en el siglo XXI?

El mal chiste continúa cuando en un acto de desesperado llamado de atención están los que dicen que la reforma no sirve porque el apellido de la madre sigue siendo el apellido del abuelo. El argumento es tan endeble en su estructura que no debiera merecer que lo mencione, pero su frecuencia en debates virtuales me ha obligado a abordarlo. Mi respuesta es clara y concisa: ¿Y? No se pretende remover tumbas, sino pavimentar el camino hacia un futuro donde hombres y mujeres sean considerados ciudadanos de la misma categoría, donde el diálogo y el consenso sean las piedras angulares en la crianza de nuestros niños. El suyo, el mío, ambos con un guión, lo que sea, pero que seamos ambos los que decidamos, no el Estado. 


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