El Garaje de los Bárbaros - por Milagros Bendezú

2017-11-13 16:40:08

Milagros
Bendezú
@tehablan
 

"Pecamos de gula y al terminar pedimos unas burger bites (se notaban artesanales, la carne estaba buenaza, tamaño perfecto) con una Chicha Tu Mare y un Mañanero. Tengo que admitir que casi desabotoné los jeans."


Él y yo queríamos salir en Halloween para sentirnos jóvenes y porque ya habían depositado, pero la perspectiva de encontrar todo abarrotado de gente era totalmente desalentadora. 

Después de mil idas y vueltas, nos encontramos en la plaza de Barranco a la tarde casi noche. El plan era tomar una cerveza, cenar, comprar víveres e irnos a casa temprano para ver una peli (de terror, claro) hasta quedarnos dormidos. Dimos vueltas quince minutos hasta encontrar ese rinconcito en Pedro de Osma. Reconocí el logo de los bárbaros, a él le gustó la música y entramos. 

Hasta ese día pensé que solo estaban en Miraflores, tenía mis dudas sobre si encontraríamos algo decente para comer, ya que jamás había ido, pero se disiparon cuándo vi desfilar un plato de hamburguesas en mi nariz.

El local era más grande de lo que pensábamos, acogedor, primaba la madera y eso me encantaba. La decoración era perfecta y, sin exagerar, apenas elegimos mesa un mozo se acercó a tomarnos la orden con una amabilidad equilibrada. Me gustó mucho que nos dejaran observar y decidir tranquilos. 

La variedad de cervezas era impresionante, pedí a La Nena, Esteban eligió una Black Mamba y para acompañar un piqueo bárbaro. Se demoraron lo justo y todo llegó en su punto. Mi cerveza era suave mientras la de él era todo lo contrario, el piqueo era un éxito total, nos sentimos con mucha suerte de haber encontrado el sitio perfecto en todo el caos barranquino.

Pecamos de gula y al terminar pedimos unas burger bites (se notaban artesanales, la carne estaba buenaza, tamaño perfecto) con una Chicha Tu Mare y un Mañanero. Tengo que admitir que casi desabotoné los jeans. 

Eran ya cerca de las ocho de la noche cuando acabamos nuestro segundo vaso de cerveza y el local que practicamente lo habíamos tenido para nosotros solos ya empezaba a llenarse de veinteañeros ruidosos, oficinistas curiosos y parejas en su primera o tal vez segunda cita. Nos empezamos a tentar con unos tacos, pero nuestro sentido común se interpuso. 

Mientras esperábamos el tercer vaso de cerveza, un hombre de unos treinta y tantos saludó a Esteban. Era uno de los dueños, lo conocí en la facultad, me dijo cuando se fue. Al notar mi mirada inquisitiva me contó cómo es que tres amigos haciendo cerveza en un garaje terminaron siendo los dueños de una de las marcas de cerveza artesanal líder del rubro y abriendo, con éxito, dos bares. 

A su salud, pedimos dos vasos más. 

Salimos de Barbarian un poco antes de las diez, esquivando a grupos de niños disfrazados y grupos de adultos que, gracias al alcohol, dejaron de lado la vergüenza. Caminando recordé que teníamos que comprar las cosas para la casa. 

Debí haberme quedado con los bárbaros, dijo resignado cuándo lo tomé de la mano.


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