¿Y nos preguntamos por qué nuestra educación pública está tan mal? - por José Antonio Alfageme
Opinión
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FUENTE: Andina

2017-11-13 11:15:11

José
Antonio
Alfageme
 

"Muy pocos han resaltado un hecho gravísimo que podría generar consecuencias sumamente negativas para el país: el 95% de los maestros recientemente evaluados para participar en la Carrera Pública Magisterial han sido desaprobados."


Mientras que estamos esperanzados en ir al mundial y que Paolo Guerrero solucione su extraña situación de dopping, mientras el Ejecutivo y el Legislativo se siguen peleando y mientras nos centramos en temas como la ideología de género, la corrupta trama de Lava Jato o las infidelidades descubiertas entre los participantes de “Esto es Guerra” o “Combate” –eventos  que producen la mayor parte de las noticias de nuestra prensa actual–, muy pocos han resaltado un hecho gravísimo que podría generar consecuencias sumamente negativas para el país: el 95% de los maestros recientemente evaluados para participar en la Carrera Pública Magisterial han sido desaprobados.

Y esto es una tragedia realmente grave. Las posibilidades de que una persona pueda tener un futuro laboral o empresarial más o menos exitoso tienen muchísimo que ver con su nivel educativo. Por supuesto, quienes tienen una familia que puede pagarle una educación de un cierto nivel, esto está prácticamente garantizado. Pero para quienes no lo tienen y vienen de familias pobres, esto –a la luz de estos resultados– parecería no ser más que una quimera, un sueño de opio. Y la educación no solo tiene que ver con la recepción de conocimientos (los cuales conforman una pirámide que se va sosteniendo sobre los niveles educativos gradualmente recibidos), sino con otros aspectos como socialización, aprendizaje de valores, disciplina y autodisciplina, por mencionar algunos. 

Y acá reside la importancia de este problema, la posibilidad de cortar cualquier escenario futuro de salida de la pobreza, de convertirse en ciudadanos con horizontes ampliados, con competencias mínimas para la convivencia social, con capacidad para administrar su propio futuro. Y extraña aún más que muchos que han pretendido “dar cátedra” sobre inclusión no hayan visibilizado ni encontrado soluciones para esto que es, realmente, un sistema perverso de exclusión real. También, que el ministerio respectivo ni autoridades que han sido proclamadas como “quinta espadas” de la conducción educativa no hayan producido resultados mejores, de verdad; que miles de millones gastados y una cada vez mayor burocracia hayan representado más un desperdicio de hecho, que recursos utilizados para progresar.

La situación es aún más seria porque podemos suponer con razón que los un poco más de 200,000 postulantes son lo más avanzado del conjunto de maestros, los que han decidido buscar formas de progreso laboral y remunerativo. Es decir, habrían muchos más aún que –quizás– ni siquiera han intentado esta salida porque estarían aún más disminuidos.

Por supuesto que los gremios educativos, el SUTEP oficial y su variante “clasista” se oponen a cualquier evaluación (el oficial, tratando de hacerlo formal o inocuo; el “combativo”, simplemente rechazándolo). Es decir, les asusta que el “análisis de laboratorio” muestre al país que el “cáncer” está generalizado y aceptar las responsabilidades reales.

De verdad, se impone que exijamos cambios fuertes en el tema de la educación pública, que no puede ser solo una fuente de empleo para los que ahí se desempeñan, sino que –simplemente, como el término sectorial indica– debe cumplir su función, que es educar. Como en muchas otras cosas, no se han anunciado muchas medidas, salvo el seguir desarrollando estos procesos de evaluación.

Pero se necesita mucho más. La clave de esto debería estar en la evaluación directa de los resultados, es decir, la evaluación de los alumnos, que podría ser en forma muestral o total. Argentina acaba de realizar la segunda edición de la “Evaluación Aprender” (https://www.infobae.com/educacion/2017/10/26/lanzaron-aprender-2017-como-se-realizara-la-nueva-evaluacion-nacional/) que realizó una evaluación al universo de estudiantes de los últimos años de primaria y secundaria, a fin de recibir una información de los conocimientos que realmente han podido recibir los estudiantes. Y esto es una medida muy importante. 

Pero esto, en nuestro caso podría servir para convertirse en incentivos reales que alineen a los programas educativos con la población y con los maestros: debería vincularse la remuneración de los docentes con los resultados de cada uno, en forma concreta. De esta forma, serían los propios docentes los que estarían interesados en aprender conocimientos, técnicas, etc.; a fin de mejorar su desempeño.

Por supuesto, esto significaría ampliar la evaluación al conjunto de la población escolar. No tiene que ser, como en Argentina, una evaluación del universo de estudiantes, sino que podrían ser pruebas muestrales, con cierto número de alumnos por cada aula concreta, seleccionados al azar (si no, enviarían a los “estrellas”). Los resultados deseables no tendrían que ser estáticos y podrían actuar como una valla móvil que cambie para sectores diferentes (por ejemplo, urbano -rural) y en el tiempo, para llevar de bajos rendimientos a más altos, progresivamente.

Por supuesto, hay otros factores, infraestructura, buenos programas de estudio, tecnología, entre otros aspectos; pero lo más importante sería el cambio en los incentivos. Los peruanos somos conscientes del enorme crecimiento que ha tenido la gastronomía en todo el país. Y los actuales chefs o propietarios de restaurantes son mayoritariamente auto-desarrollados. No vienen de bachilleratos o maestrías o cursos internacionales, sino que sus deseos de progreso los han impulsado a aprender lo que les faltaba. Eso es lo que deberíamos tratar de desarrollar en los maestros del país, buscar un progreso que  esté en sintonía con el progreso de sus alumnos.

La educación, como otras áreas de responsabilidad del Estado, no pueden dejarse a la voluntad de tal o cual ministro o funcionario de menor nivel, deben de constituir verdaderas políticas públicas de cumplimiento obligatorio, en la misma forma que actúa cualquier gerente que actúa en el mundo real.


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