Corrupción: hora cero - por Javier Llopis Puente

2017-11-13 11:08:45

Javier
Llopis
 

"La corrupción no es nada menos que una traición. (…) ¿La solución? Reforzar los contrapoderes como la prensa independiente, denunciar y trabajar porque la corrupción deje de ser la salida más práctica y seductora."


Casi de manera intrínseca, el ver una noticia de carácter político se amalgama con una palabra que oímos desde siempre: la corrupción. Cuando dejamos las pantallas o los periódicos y salimos, el monstruo vuelve por nosotros bajo la forma de la coima al funcionario, del puesto que le dieron al amigo del director, del quiebre de la ley como única ley aplicada. Y así, seguimos hablando y viviendo en la corrupción, seguimos viendo agendas siniestras, ya sean de un magnate de la construcción o de una ex-Primera Dama. Y seguimos lamentándonos. Y seguimos deplorándolo.

Sin embargo, con el pasar de los años, la corrupción se ha vuelto justamente una amalgama de acciones que no necesariamente son corruptas. Por eso planteo la siguiente pregunta a quien me lee: ¿qué es para ti, estimado lector, estimada lectora, la corrupción? ¿Cualquier quiebre de la ley? ¿Un robo? ¿Un intercambio ilegal de dinero? ¿Un fraude? ¿Qué es la corrupción? ¿Dónde hay corrupción? ¿Cómo se identifica un acto corrupto?

Pues bien, la corrupción responde a un esquema que es sumamente preciso y que me doy por tarea de explicar en detalle a continuación. Cuando se trabaja sobre la corrupción, se analizan relaciones de dominación y de poder. Por ejemplo, un policía o un militar lleva uniforme. Este último representa al Estado. En un sistema republicano como el nuestro, nosotros como ciudadanía, como sociedad civil, somos los determinantes, aquellos a quienes las autoridades del Estado responden. Entonces, existe un eje entre la ciudadanía y las instituciones del Estado que representa un “mandante” y un “mandatario”. En otras palabras, nosotros le damos a los representantes del Estado la tarea de aplicar una norma, una ley, y eso al conjunto de la sociedad civil, lo que evidentemente también nos incluye a nosotros.

Y entonces, ¿dónde está la corrupción? Existe corrupción cuando el mandatario (el representante del Estado, llámese congresista, policía, militar u otro) traiciona al mandante (nosotros) aliándose con un tercer actor. Retomemos el ejemplo del policía coimero. La ley establece que quebrar el código de tránsito da lugar a una multa. Esa es la ley republicana establecida por la ciudadanía a través de sus representantes y que se aplica a todos. Entonces, cuando el policía recibe una coima a cambio de no poner una multa, está traicionando esa norma que nosotros impusimos y cuya aplicación le delegamos porque se está asociando con un tercer actor, el conductor que paga la coima.

Tomemos otro ejemplo. La ley republicana establece que para que se adjudique un proyecto público de infraestructura a una constructora tiene que pasar por un proceso de selección. Entonces, ¿dónde puede haber corrupción? Pues bien, si la dicha empresa financia la campaña electoral de una candidata presidencial a cambio de que se le adjudique un proyecto público sin pasar por el debido proceso, hay un quiebre de la norma establecida, y por tanto hay corrupción.

Hay dos temas primordiales aquí. El primero es que la corrupción no es nada menos que una traición. El mandatario traiciona la confianza que el mandante le da al delegarle la aplicación de una norma. La corrupción es una traición. El segundo punto es que cuando el mandante es consciente de esta traición y es también corrompido, entonces la corrupción es estructural o sistémica. Lamentablemente, vivimos en esta última situación porque la corrupción es un reflejo de nuestro sistema político.

Así, en una red de corrupción, tiene que haber los elementos siguientes: una norma que se quiebre y por lo menos tres actores (un mandante, un mandatario y un tercer actor). Es por eso que por ejemplo un fraude fiscal no es un acto de corrupción. La corrupción es el antónimo del derecho porque mientras el último es igualitario, la primera se basa en un régimen de favores que es selectivo. La corrupción es nuestro sarna, esa herida que no deja de picar, pero con la que parece que nos resignamos a vivir. ¿La solución? Reforzar los contrapoderes como la prensa independiente, denunciar y trabajar porque la corrupción deje de ser la salida más práctica y seductora.


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