#PerúPaísdeVioladores: No una sino muchas violencias, por Matheus Calderón
Opinión
Marco Antonio Luza Segundo
FUENTE: PNP / Perú.com

2017-10-26 06:00:00

Matheus
Calderón
 

"Entender que cuando una amiga (o cualquier mujer) señala que “no sabemos cómo se siente” y que por ello “no podemos hablar” quizás sea una buena oportunidad para –de verdad, verdad- no hablar. No decir nada. Una buena oportunidad para escuchar"


Quienes argumentan en contra del uso del hashtag #PerúPaísDeVioladores lo hacen por diferentes motivos. La primera crítica es la que equipara la lectura literal de la frase con la lectura simbólica de la frase. Así, por ejemplo, ello es lo que sostiene la primera ministra Mercedes Aráoz, quien ha sugerido incluso borrar el hashtag ya que “hay algunas personas que nos hacen daño pero hay muchos hombres decentes que están comprometidos”.

Pero es lógico (o debería serlo, en principio) que #PerúPaísdeVioladores no hace referencia a una realidad en la que todos los hombres peruanos (habría que añadir, todos los hombres que viven en el Perú) son automáticamente violadores o, si quiere así, violadores en potencia. De lo que se trata es de mostrar que la violencia contra las mujeres –y en este sentido, también la violación- no solo es endémica sino que es sintomática de un país que, de diferentes formas, ha tolerado, difundido y hasta incentivado una cultura de abuso contra las mujeres.

Entonces surge la segunda crítica: que el hashtag diluye la responsabilidad de un agresor, haciéndolo parecer una víctima de la sociedad. Afirmar una situación así no es difuminar la responsabilidad de un criminal en la sociedad, más bien al contrario: es resaltar que la responsabilidad de un comportamiento de ese tipo no puede ser asumido de forma individual, sino que tiene que ser evaluado como responsabilidad de un interacción sistemática, producida y reforzada no pocas veces por el Estado y sus instituciones, en la que el hombre ha tenido una posición de ejercicio de poder sobre el cuerpo de la mujer. No se trata de olvidar el nombre del agresor, se trata de entender que si tuviéramos los nombres de todos los agresores, el número sería tanto que no sería posible recordarlos a todos.

Y no solo ello. Este es también un buen momento para realizar otra aclaración: la violación no tiene que ver con deseo sexual, es un delito de poder, de ejercicio de poder, de dominar el cuerpo de la mujer. Por ello es que la antropóloga Rita Segato, quien ha realizado trabajo de campo por varios años con presos por violación en Brasilia, no se equivoca al afirmar que una violación es un crimen “moral”, en tanto se trata de dominar, de reglar el cuerpo de la mujer, en suma, de imponerle nuestras reglas. Los violadores y abusadores no son ni deben ser considerados, en su gran mayoría, hombres enfermos a los que un día se les ocurrió atacar sexual, física o psicológicamente de una mujer: son parte de una estructura de desigualdad y abuso, una estructura de dominación que enseña a dominar y a agredir.

Aquí es cuando hace su entrada la tercera crítica, que compara la tesis de la dominación estructural con una teoría conspirativa. El argumento suele ir de este modo: la sola mención a la violencia estructural implicará una producción centralizada de la violencia. “Si existe una estructura, un sistema de dominación, alguien tiene que haber planeado este sistema. Pero como no existe ese alguien, el sistema no existe y tú estás mintiendo”, se podría resumir la crítica, y no es casualidad que la mayor parte de posiciones conservadores caricaturice la posición feminista como la de una llorona que se queja de un sistema que no existe, una construcción ideológica que ella misma crea.

Conceptos como “patriarcado” aparecen aquí como falsos, puesto que no hay nadie detrás -no hay un Gran Hermano centralizado, burocrático- que mueva los hilos para que la sociedad abuse de las mujeres.

Pero ello es altamente cuestionable. Primero, instituciones como el Estado, la Escuela y la Iglesia han legitimado por siglos una posición de dominación del hombre por sobre la mujer (sobre esto último, no se puede dejar de mencionar los recientes debates sobre la llamada ideología de género por parte de colectivos conservadores contra el currículum de educación básica regular). Y segundo, porque a pesar de que no exista efectivamente algo como el Gran Hermano que convierta a los hombres en abusadores y a las mujeres en abusadas, no es necesario que haya tal cosa para que se configure un comportamiento sistemático de dominación de los hombres por sobre las mujeres. Las formas no centralizadas de coerción –el acoso sexual callejero, las violaciones- tienen tanta influencia como las formas centralizadas de coerción -instituciones estatales explícita o implícitamente machistas.

De hecho, las diferencias entre las formas centralizadas de violencia sexista y las formas no centralizadas de violencia sexista replican las diferencias entre los conceptos de poética (sistemas de producción) y estética (sistemas de influencia y sensación). Mientras que en las primeras se enfatiza la producción tanto de masculinidades agresivas y dominantes como de contextos de desigualdad en los que los hombres dominan a las mujeres, en las segundas se enfatiza la sensación generalizada de violencia perpetrada.

Un hombre que se masturba en la calle mientras te mira de forma lasciva, el tío que te tocó las piernas cuando tenías 13 años, el jefe que te metió mano mientras subías a su auto, el amigo que se aprovechó de tu borrachera y abusó de ti. No hay descanso: el enemigo está, y esto sí hay que tomarlo de manera literal, en todos lados. Como afirma la teoría del mirmidón planteada por Susan Brownmiller (1975), las formas no centralizadas de violencia –violaciones, abuso, acoso callejero-, perpetradas por algunos hombres producen que todos los hombres estén en una posición de poder sobre las mujeres.

De allí que la próxima vez que afirmemos, como hombres cisgénero (y muchos heterosexuales), que “no todos los hombres son violadores” sería importante tener en cuenta que ellas, las usuarias del hashtag, lo saben. Entender que cuando una amiga (o cualquier mujer) señala que “no sabemos cómo se siente” y que por ello “no podemos hablar” quizás sea una buena oportunidad para –de verdad, verdad- no hablar. No decir nada. Una buena oportunidad para escuchar. Para apoyar. Para empatizar, sin apropiarnos del dolor ajeno. Para entender que nuestras condiciones de opresión como hombres son cualitativamente diferentes. Que otras condiciones, verdaderamente inaccesibles a nosotros (porque no nos agreden, ni nos intimidan, ni nos celan, ni nos frotan todos los días) son las que convierten a mujeres en sujetos con conciencia política (que nadie se levanta un día y quiere ser feminista contra un mundo de opresión, sino que a veces es una postura –la única postura- que permite sobrevivir), una conciencia política a veces dolorosa y compleja pero siempre con agencia, con posibilidades de emancipación y de goce.

La lucha de los hombres, nuestra lucha, va por otro lado. A ver si nos damos cuenta de una vez por todas.


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