Mi 11 de septiembre - por Javier Llopis

2017-09-11 11:54:39

Javier
Llopis
 

"Recuerdo una película: la típica estadounidense de un evento trágico y una serie de acciones heroicas que se concluyen con el izamiento de la bandera desde lo alto de un edificio. Solo que esta vez no había bandera y ya no había edificios; solo había fuego, humo y escombros."


Once de septiembre. Fecha fatídica para todo el que haya nacido en el siglo pasado y que conozca un mínimo lo que representa. Una fecha que parece cargar sobre sus letras la maldición del terror permanente. ¿Qué es? ¿Cómo fue?

Todavía recuerdo cómo fue mi 11 de septiembre de 2001. Fue un martes. Estaba en tercer grado de primaria. No tenía consciencia de lo que era la amenaza, de lo que era el terror, de lo que era el tiempo. Sin embargo, recuerdo haber llegado a mi casa después de clases y haber sentido que algo no andaba bien, esa sensación que acompaña siempre el silencio sepulcral que de otra manera era inexistente en mi casa. Recuerdo el estupor de la mirada de mi padre y el nerviosismo en los movimientos de mi madre. Recuerdo una película: la típica estadounidense de un evento trágico y una serie de acciones heroicas que se concluyen con el izamiento de la bandera desde lo alto de un edificio. Solo que esta vez no había bandera y ya no había edificios; solo había fuego, humo y escombros. Recuerdo a mi tío llamando desde España para conversar con mi padre. Recuerdo que al principio pensó lo mismo que yo, que era una película. Recuerdo los televisores encendidos durante horas. Recuerdo noticias en muchos idiomas. Recuerdo ver a mis padres hacer zapping entre CNN, la BBC, TV5 y TVE. Recuerdo el olor a incomprensión, el olor a nerviosismo, el olor a miedo. No tenía consciencia de lo que pasaba; solo sabía que algo pasaba. 

También recuerdo el final de esa tarde. Recuerdo ver por la ventana de mi sala, luego la de mi cuarto, y verificar que no hubiese aviones alrededor. Recuerdo oír el motor de un avión sobrevolando la ciudad y sentir mi respiración acelerarse. Recuerdo mis intentos de autoconvencimiento de que “eso” no pasaría: ¿por qué mi edificio? ¿Por qué aquí? ¿Por qué? No tendría ningún sentido. ¿Hacía falta acaso sentido a tal barbarie?

¿Y al día siguiente? Hasta los pequeños de ocho años hablábamos del tema: aviones y edificios. ¿Nos preguntarían algo en clase? ¿La profesora haría algún comentario? Lectura, matemáticas, historia. Eso fue lo que se hizo aquel miércoles 12 de septiembre. Mi perplejidad fue grande. Y sin embargo, ahora entiendo. No solo se trataba de intentar aislar a un grupo de niños que no podrían comprender lo que había sucedido. Se trataba también de reforzar las herramientas que más nos servirían para combatir ese tipo de atrocidades. Se trataba de equiparnos con el arma más poderosa que hay: la educación. Se trataba de impedir que algo así pudiese suceder de nuevo. Se trataba de construir un futuro con menos escombros por limpiar.

Muchas personas hablan de los millenials. Hablan de cómo somos esclavos de la tecnología, de cómo nuestras relaciones sociales carecen de solidez, de cómo vivimos en un inexistente mundo de fantasía. Lo que muchos no dicen es que, a nuestro nivel, también somos hijos de la tragedia. Y el 11 de septiembre habrá sido un momento de gran traumatismo. No vivimos la Guerra Fría, no vivimos la crisis de los misiles de Cuba, no vivimos Vietnam, no vivimos Chernóbil. Vivimos el 11 de septiembre, y será por siempre un capítulo del libro que cargaremos sobre nuestras espaldas. Parte de mi infancia se acabó el 11 de septiembre de 2001 porque ese día, como nunca antes, me di cuenta de que no vivía en el mundo feliz que siempre me habían contado. Vivía en un mundo en donde hasta las películas de terror podían convertirse en una espantosa realidad. 


Comparte esta Noticia:





Diseño y desarrollo hecho por UNA SOLUTIONS