Lujo y desilusión Sublime - por Paula Siverino Bavio
Opinión
FUENTE: Difusión

2017-08-10 11:22:00

Paula
Siverino
Bavio
 

"¿Qué está sucediendo? La leche ya no es leche; ni el chocolate, chocolate; los puentes no se caen, se desploman; y a Alan García, la justicia no lo cita ni para dar explicaciones de una multa de tránsito".


Hace unos meses, el Grupo Gloria enfrentó una avalancha de críticas cuando, ante la negativa de Panamá de importar su producto Pura Vida leche evaporada, por no cumplir los estándares mínimos necesarios para ser considera “leche”, quedó en evidencia que vendían gato por liebre. Los consumidores estaban convencidos de estar comprando “leche” cuando en realidad la mezcla de Pura Vida no cumplía con las calificaciones necesarias para ser considerada tal.

Este hecho, además de generar los mejores memes que hemos visto en mucho tiempo, dejó al descubierto varias situaciones: a) buena parte de los consumidores no tienen idea de qué están comprando y le creen a la publicidad que está diseñada para vender, no para informar; b) la necesidad de mayores controles por parte del autoridad competente y de contar y hacer cumplir regulaciones estrictas en cuanto al etiquetado; y c) la importancia de empezar a cuestionarnos qué consumimos.

A raíz del fuerte impacto social que tuvo este hecho, el Ministerio de Agricultura comenzó a revisar caratulaciones y contenido de distintos productos alimenticios. De hecho, antes de ayer anunció que están trabajando en un nuevo reglamento para establecer qué podrá ser etiquetado como “chocolate” y qué como “golosina” y ¡oh sorpresa! bajo estas normas aparentemente Sublime, uno de los dulces más icónicos de la infancia peruana, no cumpliría los requerimientos mínimos para ser llamado “chocolate”.

¿Qué está sucediendo? La leche ya no es leche; ni el chocolate, chocolate; los puentes no se caen, se desploman; y a Alan García, la justicia no lo cita ni para dar explicaciones de una multa de tránsito.

Si le damos crédito al axioma “somos lo que comemos”, comenzar a investigar de qué están compuestas las cosas que comemos cuando estas no vienen directamente de la tierra es una exigencia elemental del sentido común. Y si miramos un poco más allá, el fenómeno Pura Vida/Sublime se replica a escala micro y macro por doquier.

Facebook e Instagram han convertido la vida cotidiana en una película for export convenientemente filtrada, predigerida y marketeable, donde el “gato por liebre” es más la regla que la excepción. De alguna manera, todos somos cómplices del arreglo tácito de aceptar que en el mundo virtual usualmente nada es lo que parece. “Mi vida de Facebook es perfecta”, le escuché decir con amargura a un amigo, mientras se lamía las heridas de una traumática separación.

A otros tantos los he oído despotricar contra la “publicidad engañosa” de la que se hace uso y abuso en las apps sociales ¿cómo se entiende el usar una aplicación para conocer personas y presentarse con información falsa o fotos de hace diez años o varios talles atrás? Por cierto, en la vida analógica también sucede, recuerdo la anécdota de una amiga a quien un hombre muy atractivo la invitó a cenar para enterarse luego que no estaba casado, aunque sí “afectivamente comprometido”.

¿El Sublime tiene el mismo sabor el día después de saber que tiene menos de un 30 por ciento de sólidos de cacao? Mi experiencia sensorial frente a un chocolate que no es chocolate ¿cambia? ¿El pulso se acelera de igual manera frente a esa persona en quien pensamos más de la cuenta si luego nos enteramos que no está emocionalmente disponible?

La autopista de la desilusión tiene carriles de ida. Hay velos que cuando caen dejan ese sabor entre metálico y amargo, pero habilitan también un espacio para tomar decisiones con libertad.

En el caso de la “no leche” Pura Vida, se puso sobre el tapete la discusión sobre las reales virtudes y perjuicios de los lácteos dejando en evidencia la necesidad de educarnos como consumidores responsables en términos de salud pública, así como de exigir veracidad y pautas éticas en la publicidad.

En cuanto al chocolate, lo que pasó esta semana empezó a dar visibilidad a productos de alta calidad, siendo la mayoría de ellos emprendimientos gourmet. Claro que no valen lo mismo que aquellos que tienen aspecto de chocolate pero no lo son, empezar a valorar la calidad de lo auténtico sin duda tiene un costo.

En las relaciones humanas, también hace falta aprender a pagar el costo. Algunos le llaman “soledad”.

En un mundo lleno de escenografías de cartón pintado, la autenticidad y lealtad en una persona cotizan muy alto; alguien de una sola pieza es como el chocolate gourmet, un lujo para disfrutar con todos los sentidos, tiempo suficiente y mente abierta.

Aceptar copias baratas es parte del engaño, el lujo debería ser regla en nuestra vida.


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