"A partir de cierta edad pareciera ser que una suerte de frigidez emocional se apodera de nuestros sentidos. Como si el sentir fuera monopolio de la infancia y de la juventud, mientras que el ridículo nos asoma cada vez que intentamos salirnos de una ineludible monotonía emocional".

Hasta ahora no lograba comprender del todo el porqué de mi rechazo y repulsión a ciertas frases bien intencionadas tales como: “descubrir mi ser interior”, “necesito estar solo”, “la risa genera endorfinas”, “no era el momento para estar juntos”, “necesito encontrarme a mí mismo”, “es importante conocer nuestra propia historia y procesarla para seguir adelante”, entre tantas otras que no sabría cómo calificar más que de utópicas, amargas y secas.

Uno de los personajes de Sartre en A puerta cerrada exclama que “los otros son el infierno”. Es cierto, pero la soledad también lo es.

¿Cuándo y cómo ocurrió que dejamos de sentir nuestras emociones a flor de piel como solíamos hacerlo durante nuestra juventud?

¿En qué momento nos perdimos de tal manera que elegimos buscar nuestro ser interior en lugar de buscar a alguien? Cuando fue que elegimos estar solos y no desear una buena compañía? ¿Desde cuando buscamos reírnos porque la ciencia nos explica que nos hace bien cuando tan sólo se trata de hacerlo porque sí? ¿Acaso uno puede reírse mediante la explicación de un chiste? Sospecho que no. ¿En qué momento aprendimos que ya tenemos una historia cuyo peso nos dificulta procesarla bajo la creencia, falsa por cierto, que ella (siempre) nos condiciona?

¿Qué nos pasó como para ya no tolerar chistes tontos y sorprendernos hasta tal punto que comentamos con sorpresa que alguien se enamoró como un adolescente?

A partir de cierta edad pareciera ser que una suerte de frigidez emocional se apodera de nuestros sentidos. Como si el sentir fuera monopolio de la infancia y de la juventud, mientras que el ridículo nos asoma cada vez que intentamos salirnos de una ineludible monotonía emocional.

Nada ya pareciera sorprendernos, mientras que la pasión se la cuestiona como la antesala a un nuevo eventual fracaso, consecuencia de dejarnos llevar sin medir las consecuencias o, peor aún, de nuestra ingenuidad y eventual irresolución de nuestras respectivas historias.

Para Sartre, los treinta son la edad de la razón. Me pregunto si durante aquellos tiempos en donde el promedio de vida de los seres humanas no superaba las tres décadas los hombres vivíamos con cierta pasión y entusiasmo hasta que la muerte nos apaciguara por completo.

Otras de las máximas del bienestar es la compulsión al agradecimiento. Los gurúes de la felicidad nos explican que es muy importante agradecer cada día por todo lo que tenemos. Hablan de fomentar la gratitud. Pero si debemos proponernos hacerlo es porque no nos nace de forma espontánea como cuando éramos chicos. Como cuando solíamos agradecer cualquier deseo satisfecho y protestar por lo que no conseguíamos de forma inmediata.

Aún conservando eventuales décadas de vida por delante pareciera ser que el pasado pesara más que el futuro, como si ya fuésemos consecuencia de lo que fuimos, y el devenir no fuera más que la expansión decadente de nuestro presente.

La risa mutó en sonrisa, mientras que las lágrimas se tornaron sequía. Los movimientos corporales se uniformaron al igual que la de los otros adultos contemporáneos que nos rodean. Mientras que la ilusión se nos presenta como una mera quimera.

Quienes advierten esto proponen reencontrarnos con nuestro niño interior. Como si acaso tuviera sentido tal cosa. Es evidente que los dibujitos animados ya no pueden producirnos gracia. Y bien que sea así. Tampoco encontraríamos ningún placer, más bien todo lo contrario, en asistir a una obra teatral para niños. Todo eso ya pasó.

Hacer apología de la niñez y de la juventud resulta patético. Evidentemente, no se trata de fomentar una regresión. Pero eso no implica que la espontaneidad y la emoción a flor de piel sean necesariamente monopolio de estadios anteriores.

Nadie nos avisa cuándo, cómo y por qué deprimimos nuestras emociones. Tan sólo constatamos que ya nada nos excita como solía sucedernos. Y aún frente a la queja, tomamos como normal y natural el estado de las cosas.

Añorar la juventud es condición obligatoria como para enterrarnos en el presente y destruir el futuro que nos reste. Olvidarla, también.

Frente a esta situación no faltarán quienes nos digan que nos tomamos las cosas demasiado en serio. Otras de las máximas que me revuelve el estómago al constatar que sentir implica, justamente, tomarnos las cosas muy en serio.

Cuando éramos chicos todo era importante, lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo. Si me llaman, si no me llaman, si la comida es rica o es fea, si me divierto o si me aburro. Todo era cuestión de vida o muerte.

El tiempo es algo demasiado serio como para tomarlo a la ligera y la pasión es todo menos liviana. Probablemente, fuimos dejando atrás la emoción cuando nos fueron convenciendo, por temor, resignación o cansancio, que nada es demasiado importante.

Supongo que el gran desafío consiste en cada vez parecerse más a si mismo, pero observo que apenas sólo unos pocos lo logran.