"La gran mayoría, hombres y mujeres buscamos lo mismo, sexo y nido, pero los caminos para lograrlo, la intensidad, la desesperación y el disimulo para llegar a cumplir nuestros objetivos suelen diferir en tiempo y forma."

Siempre me ha sorprendido la falta de curiosidad de los hombres por las mujeres, y de ellas por nosotros.

Gran cantidad de libros y artículos se han escrito para describir la diferencia entre Marte y Venus, lo cual no hace más que reafirmar el síntoma que intento describir.

En lo cotidiano, más allá de las interminables quejas y reproches que cada género realiza respecto del otro, no recuerdo haber escuchado jamás una pregunta tan básica como: ¿cómo sería ser mujer? ¿Cómo sería ser hombre?

La pregunta resulta tan elemental como fundamental para todo aquél que disponga de un cuerpo y algo de curiosidad. Pocos parecen estar dispuestos a intentar comprender algo tan siniestro por su intrínseco carácter familiar y ajeno como lo que implica abordar al otro.

Nos parecemos mucho y, a la vez, no tanto. Somos nacidos indefectiblemente de un hombre y una mujer y sin embargo, una vez definidos, no nos atrevemos a, ya no digo cruzar el puente infranqueable que representa la masculinidad y la femineidad, sino y tan solo, intentar nombrar aquello que ignoramos y que se nos escurre constantemente.

Porque tampoco se trataría de comprender al otro. Cualquier explicación no sería más que una ficción, verosímil quizá, pero un mero producto del voluntarismo. Nadie puede comprender del todo a un bebé, a un gato o a un perro, pero al menos por momentos, logramos sentir algo de lo que ellos sienten y así, eventualmente, actuar en consecuencia.

Muchos de nosotros nos comportamos como etólogos consumados, ya que afirmamos comprender las actitudes de nuestros perros y gatos casi como si tuvieran el don de la palabra, pero pocas veces, sino ninguna, nos cuestionamos el porqué y el cómo del sexo opuesto.

Cada vez que hombres y mujeres manifestamos cierta curiosidad lo hacemos como una manera de justificar nuestra queja o bien, como una confirmación de nuestra constitutiva incomprensión respecto de lo insondable.

El enigma hacia el sexo opuesto está siempre asociado a una crítica negativa. Jamás escuché decir algo bueno frente al desvelo que circunstancialmente pueda suscitar la admiración en relación a lo que el otro sexo puede y el propio no.

A pesar de mi esfuerzo, no logro recordar un solo diálogo en el que hombres y mujeres no caigamos en burdas generalizaciones propias de analfabetos emocionales seriales.

Está claro que el sexo es una cuestión biológica y el género una construcción cultural más o menos anclada en lo biológico. Pero estemos hablando de lo innato, el cuerpo mismo, o de la manera en que suelen ser construidos los géneros a partir de una biología y cultura determinadas, es motivo suficiente como para enloquecer frente al inaprehensible misterio que suscita la diferencia.

En el mejor de los casos, la curiosidad y morbo en relación a este tema suele ser tan solo de naturaleza sexocéntrica. Nos comportamos del mismo modo en que lo hacían los antropólogos europeos del siglo XIX quienes solían saciar su curiosidad sobre los negros de África, a partir de su propia cultura y valores.

Tuvo que pasar un tiempo como para que la mirada blanca acerca del diferente pueda ser cuestionada y así intentar ver al otro, al distinto, desde sus propios valores y contexto histórico cultural, y no ya desde una cosmovisión europea.

Concebir, por ejemplo, que los hombres solo pensamos en sexo y que las mujeres solo ambicionan armar su nido es no solo simplista, sino y sobre todo es desear no desear comprender.

¿Realmente creen las mujeres que los hombres solo pensamos en sexo? ¿En serio creen los hombres que las mujeres solo buscan ser madres y un hombre que las cuide?

La realidad pareciera ser más simple como compleja. La gran mayoría, hombres y mujeres buscamos lo mismo, sexo y nido, pero los caminos para lograrlo, la intensidad, la desesperación y el disimulo para llegar a cumplir nuestros objetivos suelen diferir en tiempo y forma.

La mejor manera de camuflar nuestra vulnerabilidad, celos, envidia y ansias de ternura es mediante la apología de la virilidad más grotesca. Por el contrario, la forma más previsible de disimular las ansias de conquista sexual por parte de las mujeres es a través del simulacro amoroso.

Lo complejo del tema es que muchos nos terminamos creyendo, hombres y mujeres, nuestros respectivos personajes ficticios dictados por la época y nuestro estrato social para luego, sentirlo y actuarlo como auténticos.

Algunas consecuencias de la menopausia no son solo patrimonio de la mujer si, como ocurre con la mayoría de los hombres, no se concibe concebir a un hijo a cierta edad, en donde más que un padre, uno ya tendría la edad de ser abuelo. La edad nos afecta a todos casi por igual.

Las mujeres no son las únicas que puedan absurdamente fingir un orgasmo, ya que la imposibilidad de disimulo de los hombres debido a su constitución anatómica puede engañar aún más a una mujer distraída en cuanto a los profundos sentimientos y sensaciones del hombre respecto de su nivel de placer y satisfacción.

Las ansias de conquista tampoco son monopolio de un sexo, solo que la seducción ejercida, según se trate de un hombre o de una mujer, puedan diferir en cuanto a las estrategias empleadas.

Uno de los puntos de mayor similitud en hombres y mujeres es que ambos, independientemente de que lo manifestemos o no, y de las estrategias utilizadas, deseamos ser conquistados por el amor del otro.