La fatalidad del ¿entonces? - por Marcelo Mosenson
Opinión
FUENTE: http://aceleratucarrera.com/

2017-06-30 10:09:51

Marcelo
Mosenson
 

"Entonces, qué? ¿Entonces, valió la pena finalmente? ¿Entonces, hasta cuando va durarme esta alegría? ¿Entonces, nos amaremos siempre? Y así, entre los estados y las pausas sorpresivas, pero nada sorprendentes de nuestros constantes como ineludibles ¿entonces?, vivimos sobresaltados."


Toda pregunta por el ¿entonces? implica una pausa entre la causa y la consecuencia de las cosas. Es un espacio que pone de manifiesto el vacío de nuestras existencias y la arbitrariedad de nuestros rellenos, en búsqueda de un sentido jamás colmado, ni siquiera por el amor, madre de todo sentido.

No pocas veces un nada es la única respuesta posible al ¿entonces? Mientras que el que pregunta suele reprimir su frustración frente a una respuesta tan pertinente como angustiante.

Incluso somos nosotros mismos quienes solemos respondernos de ese mismo modo para inmediatamente caer en una suerte de nihilismo inconfeso.

Constantemente buscamos la calma que aquiete nuestras ansias de parar de forma definitiva. Pero en realidad no he conocido a nadie calmo, tan solo quieto, que no es lo mismo. 

Están quienes se mueven constantemente en búsqueda de eliminar la pregunta y conquistar la nada como si se tratara del todo. Clases de yoga, terapias, masajes, retiros espirituales y todo lo que nos prometa erradicar el ¿entonces? de nuestras vidas. Pero, al menos para nosotros, occidentales inmersos en la tradición judeocristiana, la pregunta nos atraviesa profundamente la piel hasta alejarse de nuestras vista, pero que no por eso desaparece. Por el contrario, nos sorprende en innumerables ocasiones a lo largo de nuestras existencias. 

Los más rebeldes y conscientes de la imposibilidad de una respuesta que calme el morbo del interlocutor y la angustia del que debe responder, optan por un ¡¿qué te pasa?! o peor aún, se aventuran a un desconcertante como justificado, no sé.

Cuando lidiamos con la desesperación, la pregunta nos ataca constantemente como a su vez también, a quienes nos rodean y nos tienen real afecto. ¿Y entonces? De la misma manera que cuando nos sentimos realmente alegres y dichosos, una ida al baño, una mirada furtiva hacia otra parte, o un mero detenimiento al doblar por una esquina el ¿entonces? nos ataca por la espalda, en el momento más inesperado, justo cuando uno ya habría creído haber logrado erradicarlo por completo y para siempre.

¿Entonces, qué? ¿Entonces, valió la pena finalmente? ¿Entonces, hasta cuando va durarme esta alegría? ¿Entonces, nos amaremos siempre? Y así, entre los estados y las pausas sorpresivas, pero nada sorprendentes de nuestros constantes como ineludibles ¿entonces?, vivimos sobresaltados.

Tengo la mala y buena costumbre de desconfiar de aquellas personas que dicen sentirse realizadas. Puedo no tener motivos concretos, tan sólo una enorme desconfianza basada en mis propios sentimientos y los de aquellos que me rodean como para dudar de sus dichos.

No conozco a nadie que pueda afirmar sentirse así, quizá sí, medianamente satisfechos, pero ignoro que nadie haya logrado jamás erradicar el ¿entonces? de sus vidas.

Alguna vez tuve la fantasía inconfesa e inviable de llevar a cabo alguna de mis entrevistas a ciertas personalidades, a base de aquélla única pregunta. Indefectiblemente, nadie hubiera soportado más de tres. ¿Quién tolera repreguntarse y mucho menos exponerse a un otro de esa manera? La formulación del ¿entonces? derriba certezas y afirmaciones para quien se permita quitarse capas con cada respuesta posible, hasta quedarse desnudo frente a la intemperie de no saber más que responder en relación a un inocente ¿entonces?

Negar el ¿entonces? es creer que todo lo que hacemos tiene sentido, como si nuestras vidas estuvieran, tal vez, predestinadas. Asumirlo constantemente es enloquecedor. Es confrontar constantemente con nuestra ignorancia, o aún peor, con nuestra lucidez. Esa que nos lleva a sentir y pensar que todo sentido es construido por nosotros de manera arbitraria, necesariamente. Nuestros actos y elecciones, al confrontarlos con el ¿entonces? no sólo pueden vaciarse de sentido, sino que también la cuestionable certeza que todo lo que hacemos es consecuencia de alguna causa, puede resquebrajarse.

El ¿entonces? es hija del miedo y la inseguridad. ¿Podré salir de esta? O por el contrario, dado que ningún beso dura cien años, nos preguntamos si habrá de repetirse, aunque vuelva a extinguirse nuevamente, y así sucesivamente.

Posiblemente, la vida de cada uno de nosotros se defina de algún modo por la cantidad de ¿entonces? que cada uno se permita preguntar, y de qué manera cada uno encuentre la respuesta hasta que la muerte nos acalle.

Eludir la pregunta sólo posterga el absurdo, generador de todo sentido, de silencio y de calma.

Así entonces, suele sucederme, que cada vez que me despido de ella me pregunto si nos volveremos a ver, mientras tengo la certeza que el día  que ya no lo haga, estaría corriendo el riesgo de perderla.

Entonces…


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