"No conozco a nadie que se acepte a sí mismo, ni que se comprenda, y mucho menos que se quiera completamente, ni siquiera los narcisistas más extremos."

El aceptarse a uno mismo tiene no sólo muy buena prensa también suena muy tranquilizador, aunque difícilmente se logre. Por momentos, incluso, resulta inaceptable.

Bastaría con intentar conocerse a uno mismo, aceptarse, quererse y listo. Al menos es lo que pregonan prácticamente todas las revistas femeninas e innumerables libros unisex de autoayuda.

Sin embargo, no conozco a nadie que se acepte a sí mismo, ni que se comprenda, y mucho menos que se quiera completamente, ni siquiera los narcisistas más extremos.

Aceptarse a sí mismo tiene más de medio millón de entradas en Google, mientras que aceptarse se eleva a un millón y medio. Razón más que evidente como para sospechar que la propia aceptación es una utopía, una mera quimera para quienes no están dispuestos a rebelarse.

Sería más apropiado, quizá, asumir que somos por naturaleza, seres inconformistas, celosos, envidiosos como deseosos, desde que nacemos hasta que morimos. Desear y no aceptarse produce dolor, aceptarse, por el contrario, genera sufrimiento con sordina.

Desde que nacemos necesitamos comer, construir, crear y amar, aún si los resultados se nos tornen esquivos. La historia de la humanidad es un fiel reflejo de nuestra incapacidad para aceptar la naturaleza tal cual es. De no ser así, no hubiésemos inventado el fuego, la rueda, la escritura, internet, o la prohibición del incesto.

La otra imposibilidad del aceptarse a si mismo radica en que sólo podríamos llegar a conocernos a nosotros mismos, en mayor o menor medida, sólo desde el presente hacia al pasado. Aún si nos esforzásemos en evitar cualquier cambio, el mundo que nos rodea cambia, mientras que nuestras vidas nos envejecen día a día. Y según mi propia experiencia, no es lo mismo ser chico que grande.

Mamíferos inmersos en la libertad condicional del lenguaje estamos destinados a una constante rebeldía, la asumamos o no.

Ser rebelde es la capacidad de decir que no. Pero negar no es renunciar, también es decir que sí a algo. Es elegir.

Hace unos meses, a raíz del cumpleaños cuarenta de una amiga, ella me cuenta que estaba contenta con su vida, o quizá, creo más bien que me había dicho que se encontraba satisfecha. A tal punto lo vivía así, que ya no deseaba o esperaba grandes cambios en su vida. En un arrojo de madurez y percepción de su presente, se encontraba en paz consigo misma. Finalmente, había logrado aceptarse a ella misma.

Por supuesto que no tuve motivos para contradecirla. Después de todo, sus hijos, su trabajo, su hogar y su cara reflejaban una vida digna de ser valorada.

Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando al reencontrarla unos meses posteriores a aquel encuentro la noto más feliz y entusiasmada que nunca. Me atrevería a decir más aún, pocas veces fui testigo de un cambio más contagioso y radical en cuanto a la alegría que emanaba. Frente a lo cual, me responde que su vida había cambiado por completo de forma repentina. Inesperadamente había conocido no sólo al amor de su vida, sino también había descubierto al amor Cuando le pregunté acerca de cómo le conoció me confiesa que le pidió a una amiga para que interceda en presentárselo.

La aparente satisfacción del día de su cumpleaños contrastaba con su coraje en contactar a este hombre. Porque, evidentemente, nadie sale a buscar lo que no le falta.

Su sorpresa no fue constatar solamente que su vida aún podía sorprenderla con un giro de semejante magnitud, sino que a su vez comprobó que lo que había manifestado tiempo atrás no era del todo cierto, o en el mejor de los casos, se trataba tan sólo de una verdad a medias.

Hoy, por momentos, padece su pasado. Como si el presente y las excitantes perspectivas futuras pusieran en crisis lo que supo y pudo vivir hasta ahora. Como si el amor más que ciego, por el contrario, iluminara nuestros padecimientos.

Frente a su triste alegría, elegí celebrar su felicidad, pero a su vez, le imploré que nunca más me responda yo soy así, cuando discutimos ciertos temas personales.

De chico acostumbraba rechazar algunas comidas, no sólo no me gustaban, ni siquiera las probaba. Pero estaba convencido que no debía comerlas. Las negaba sin siquiera degustarlas.

Hoy me costaría negarme a un buen paté, un sushi o un queso fuerte a base de leche cruda. Por el contrario, no siento la misma pasión por los dulces como cuando era chico. En definitiva, todavía no sé del todo qué me gusta y qué me disgusta de lo que todavía no probé.

Aceptarse requiere una fuerte cuota de resignación. Rebelarse, por el contrario, necesita de una cierta dosis de omnipotencia.

La rebeldía no ofrece garantías, pero el aceptarse a si mismo sólo garantiza la imposibilidad de cambio.

Cada cual elige. Pero como bien sabemos, por lo general, el no le gana al . Y el , al igual que al éxito, suelen estar precedidos de muchos no.