"Siempre me ha sorprendido que ciertas preguntas de orden existencial sean percibidas con angustia y dolor. Por el contrario, son tan solo preguntas que nos abren caminos insospechados como para no vivir de manera automática."

Acaso es mejor haber vivido una vida con muchas experiencias que con pocas?

¿Es preferible una vida sin altibajos que una en donde la aventura, el riesgo y el dolor se entremezclan con la alegría, el placer y la satisfacción?

¿Vale más haberlo perdido todo para luego recuperarlo que no haber perdido nunca nada?

¿El esfuerzo y el sacrificio, cuando generan frutos, son más deseables que una vida en donde no hubo necesidad de apelar a ellos?

¿Es condición imprescindible haber perdido para luego valorar las ganancias?

¿Es deseable vivir muchos en años en lugar de no tantos?

Finalmente, ¿acaso es mejor haber nacido que no haberlo hecho?

Siempre me ha sorprendido que ciertas preguntas de orden existencial sean percibidas con angustia y dolor. Por el contrario, son tan solo preguntas que nos abren caminos insospechados como para no vivir de manera automática.

Conversando con un amigo a quien admiro por su lucidez y sensibilidad, me manifestaba su temor de ser rechazado por la mujer que acababa de conocer, por causa de su propensión a sus repentinos estados oscuros y lucidez existencial, momentos en donde el sinsentido se apodera de su visión del mundo como de su vida.

La depresión como el absurdo tienen mala prensa. Seguramente se deba a que van en contramano de una sociedad de consumo en donde producir sin pensar es prácticamente la regla.

Alguna vez escuché decir que la depresión y el pesimismo son un estado de lucidez, una capacidad de hipersensibilidad en donde comprobamos que tanto el rey como el mundo están desnudos.

Pero frente al pudor que provoca la desnudez, millones de personas se visten con pastillas que disfrazan sus sentidos.

Probablemente, la mayor enfermedad de nuestra sociedad contemporánea no sea como muchos afirman, la depresión, sino más bien el pretender combatirla aduciendo que se trata necesariamente de un problema.

Pues depende. En no pocas oportunidades se trata incluso de una virtud, y hasta de un don que consiste en tener la capacidad de angustiarse por ciertos vacíos y sospechas existenciales. El problema no está en el dolor, sino más bien en sufrir por sentir dolores que son los que de no estar anestesiados, abren ciertas compuertas insospechadas.

Ocurre que si vivimos constantemente amenazados frente a la dictadura de cierta idea pasterizada de felicidad, lo más probable es que sucumbamos frente a cualquier recaída y planteo más o menos vital.

No dejo de sorprenderme al constatar que a partir de cierta edad prácticamente todas las personas con las que me he relacionado han tomado alguna vez algún antidepresivo o ansiolítico.

No soy psiquiatra, ni pretendo cuestionar estas prácticas. Sin embargo, tengo la fuerte sospecha de que muchas alegrías y sabidurías potenciales se pierden en el camino al no permitirnos tocar fondo. Un poco como quien al entrenar su cuerpo, solo a partir del dolor y del agotamiento muscular logra desarrollarlo.

Las palabras juegan un papel preponderante en esta adormecida manera de vivir. Cuando observamos que alguien se siente mal, el afectado tiende a responder estoy mal en lugar de contestar me siento mal.

Tomar los estados como constitutivos de nuestra esencia nos lleva a creer erróneamente que somos los que sentimos, cuando en realidad, todo depende. Somos más o menos, diferentes en todo caso, de lo que podamos sentir ocasionalmente.

De la misma manera que mi amigo se cuestiona continuamente el porqué y el para qué de sus acciones, lo cual por momentos puede resultar algo desconcertante, su alegría y pasión por vivir parecieran surgir precisamente de su incomprendida oscuridad.

A raíz de estas preguntas, alguna vez ideé un reality show para TV en donde los participantes estuvieran obligados a gastar libremente, desde el comienzo del juego, enormes sumas de dinero proveídas por la producción, durante un corto lapso de tiempo.

El impacto y desesperación de los eventuales participantes por darle sentido a sus gastos y en consecuencia a sus vidas, pondrían de manifiesto quiénes son para ellos mismos como para los televidentes que habrían de votar por el mejor de ellos. 

La experiencia, probablemente, habría de ser sumamente pedagógica como inviable, pero aún así, sumamente interesante.

Preguntas anestesiadas que ni siquiera sabemos dónde se alojan en nuestro ser se verían sublevadas por la repentina libertad que representaría para muchos de nosotros confrontarnos a una repentina libertad financiera que pondría de manifiesto nuestros deseos más inconfesados.

Posiblemente, un ganador posible, sería aquel que conforme con la vida que venía llevando hasta ahora, se resistiera a gastar su capital inicial, convencido de que es feliz con lo que tiene.

Por el contrario, podría existir otro participante que hiciera lo mismo, pero por motivos opuestos. Uno que se negara a emplear el dinero del juego para así no tener que experimentar ciertos placeres que pusieran al descubierto lo poco que habría disfrutado de su vida hasta el momento. Porque las fuertes alegrías pueden poner al descubierto de cuántos nos habremos perdido y así, el remedio habría de ser peor que la enfermedad.

Un juego de esta naturaleza, en donde el premio precede a la acción de los participantes, pondría de manifiesto muchas de nuestras contradicciones.

¿Acaso es peor haber perdido un gran amor que no haber sufrido por no haberlo conocido jamás? ¿O tal vez, sea mejor amar a riesgo de constatar que nunca se había amado verdaderamente previamente?