"Detesto engriparme, más allá del debilitamiento que produce en mi cuerpo. Me enfrenta, cada vez que me sucede, a percibir quién fui y quién voy siendo"

Hay estados alterados de la conciencia que nos llevan a percibir la realidad con mayor claridad. No me refiero a drogas alucinógenas, sino a una de las enfermedades más comunes y poco glamorosas de todas ellas, el resfrío.

Es durante ese estado entre el sueño y la vigilia cuando nuestros cuerpos febriles apenas se pueden mover, donde percibimos nuestra fragilidad y vulnerabilidad más evidentes.

Muchas veces nos planteamos que los verdaderos afectos son quienes nos acompañan en las malas y en las buenas. Pero un resfrío, una gripe, una fiebre baja no conmueve a nadie, y sin embargo, podemos sentir que efectivamente somos mortales, que cualquier variación química, cualquier alteración de la temperatura de nuestros cuerpos puede llevarnos a la muerte.

Los estados febriles nos recuerdan que el deseo y la voluntad requieren de un cuerpo en buen funcionamiento, de lo contrario, prácticamente no anhelamos nada más que recuperar nuestra vitalidad.

Cuando éramos chicos podíamos disfrutar de estos estados si contábamos con la suerte de tener una mamá y un papá que nos cuidaran y protegieran. No teníamos necesidad de preocuparnos por nuestra suerte, ya que nuestros padres eran quienes se ocuparían por que estemos bien y sobrevivamos a cualquier enfermedad.

Poco importa que un aumento de la temperatura corporal no implique ningún riesgo. Es suficiente como para constatar a quiénes podríamos acudir o no como para pedirles que nos cuiden. A su vez, también es una prueba para quien está sano decidir si ocuparse del convaleciente por algo tan nimio, vale nuestro tiempo.

En otras palabras, puede resultar más fácil acompañar a un enfermo de cáncer que a un resfriado. Pero la vida, por suerte, tiende a transcurrir por carriles más grises.

El amor siempre ha tenido buena prensa. La pasión vende, mientras que la ternura aparece como una expresión debilitada del amor, acaso menor. Cuando en realidad, la ternura puede ser o no apasionada, pero el amor sin ternura no es amor, a lo sumo es tan sólo mera pasión.

También ocurre que confundamos amor con culpa y premeditación. Si vos estás muy mal te voy a ayudar y a cuidar porque a mí también podría sucederme lo mismo. La solidaridad como el altruismo pueden tener mucho de inversión con expectativa de retorno. En cambio, cuando algo no es grave, tan solo muy molesto, descubriremos que son pocos a quienes podemos recurrir como para sentirnos lo suficientemente cómodos y mostrarnos vulnerables.

De chicos podíamos disfrutar de estar algo enfermos. No solo por tener la justificación como para faltar a la escuela, sino que a su vez seríamos destinatarios de todos los cuidados. Por el contrario, ya de adultos estos privilegios tienden a perderse. Los cercanos, parejas incluidas, pueden incluso sentir cierto fastidio por nuestro estado febril, ya que viene a interrumpir el ciego movimiento cotidiano de las cosas. Es un quiebre que nos enfrenta a nuestros propios sentimientos como al de los demás. El sentirse más o menos bien pone de relieve no solo quiénes somos y qué deseamos realmente, sino más contundente aún, nos enfrenta a quiénes somos para los demás.

La indefensión que nos suscita la fiebre detiene nuestra vorágine productiva para replegarnos en el misterio de nuestras respectivas existencias. Apenas somos lo que creemos ser y, a su vez, sentimos que tan solo queremos de verdad a aquellas personas con quienes podemos compartir nuestra febril taza de té.

Detesto engriparme, más allá del debilitamiento que produce en mi cuerpo. Me enfrenta, cada vez que me sucede, a percibir quién fui y quién voy siendo. Como cuando nos encontramos volando en avión, o nos encontramos solos durante unas horas en algún lobby de un aeropuerto y nos vemos detenidos en un tiempo muerto, en una suerte de no lugar, donde irremediablemente nos invade la pregunta de quiénes somos para nosotros mismos como para los demás.

Por suerte hay momentos en los que enfermarse tiene más de placentero que de sufrimiento. Son esas ocasiones en donde no está claro si es el té caliente lo que nos ha permitido transitar nuestra convalecencia o bien, el hecho de que alguien se haya ocupado de hacerlo por nosotros lo que nos ha permitido restablecernos de la mejor manera.

Resfriarse no es agradable. Pero es una excelente oportunidad como para vernos obligados a meditar sobre nosotros mismos, nuestros afectos y nuestras circunstancias. Imposibilitados de hacer y pensar demasiado durante algunos pocos días, nos lleva a una suerte de meditación forzada en donde podremos sacar algunas conclusiones que de otra manera, difícilmente habríamos de poder percibir.

Cómo hemos vivido hasta ahora, cómo seguir, con quién contamos para compartir nuestras horas improductivas y a quiénes socorreríamos en una situación análoga, son preguntas que de vez en cuando valen la pena ser contestadas.

Pasado un tiempo o cierta cantidad de kilometraje solemos realizar el service de nuestros automóviles, pero evitamos hacer lo mismo con nosotros mismos, a no ser cuando somos obligados por las circunstancias de un resfrío.

Escribo estas notas con mi cuerpo en estado febril, mientras bebo una tasa de té a base de jengibre, limón y miel preparada por la persona que me recuerda lo lindo que era enfermarse para faltar al colegio.