"Asumir el absurdo angustia. Su consecuencia natural, la búsqueda de sentido, confunde. Sabernos desnudos nos resulta siniestro. Sin embargo, el amor solo es posible cuando carece de sentido."

Llenar una página en blanco de palabras es una de las actividades más absurdas que puedan existir. El porqué y el para qué de semejante tarea carecen de respuesta definitiva. Se parte del silencio con la expectativa de decir algo que nos pueda silenciar. 

Proponerse correr una larga maratón es del mismo orden, uno se prepara para correr durante meses con la expectativa de llegar a la meta final, para finalmente detenerse y sentir que uno lo dio todo. 

También sucede que uno se ocupe de un hijo con la expectativa de que crezca y madure de la mejor manera manera posible para luego verlo partir. Del mismo modo que al enamorarnos, el tiempo no solo se detiene, sino que a su vez, se tiñe de expectativas futuras.

Todo movimiento pareciera anhelar su propia detención. “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio”, planteaba Albert Camus en su libro, el Mito de Sísifo. 

La pregunta no es pesimista, por el contrario, abre las puertas a la libertad. A la búsqueda de sentido y a liberarnos de cualquier expectativa impuesta por fuera de cada uno de nosotros.

Hablamos con la expectativa de callar. Corremos deseando detenernos y comemos buscando la saciedad.

Asumir el absurdo angustia. Su consecuencia natural, la búsqueda de sentido, confunde. Sabernos desnudos nos resulta siniestro. Sin embargo, el amor solo es posible cuando carece de sentido.

Solemos amar a nuestros hijos antes de que puedan emitir palabra, incluso antes de venir al mundo. A su vez, muchos hijos aman o inentan a amar a padres que detestan. De la misma manera que miles de millones de personas aman a dioses que no conocen. Y en última instancia, nos aferramos a una vida que insiste en vivir y que, sin embargo, no elegimos.

Quizá, por esta misma razón, toda especulación amorosa esté destinada al fracaso. Cualquier expectativa en cuanto a cómo imaginamos al hombre o mujer de nuestros sueños es un sinsentido. Al igual que la fe, solo es posible en la medida de que no haya razones concretas que la justifiquen. De lo contrario, ella no existiría.

La mayoría de las frustraciones amorosas parecieran surgir del hecho de que ciertos encuentros estaban cargados de sentido. Todo cerraba. Pero cuando todo cierra, el absurdo carece de espacio. Finalmente, el tiempo, irremediablemente, se encarga siempre de recordarnos que la página está en blanco.

Cuando miro hacia atrás mi vida como la de mis más cercanos, compruebo que muchos de los errores cometidos ocurrieron porque carecían de absurdo. Olvidando que solo hay espacio para construir algo, a condición de que no haya nada.

No siempre sucede que quienes nos caen bien sean nuestros amigos, de la misma manera que hay amigos que no nos caen del todo bien y por esto, justamente, podemos decir que lo somos. Un poco como cuando tomamos café por primera vez y nos resultaba amargo, o bien cuando tomamos nuestra primera copa de vino y el alcohol nos resultaba molesto. No comprendíamos su gusto, aún así continuamos bebiendo.

El otro día, una amiga que se encuentra enamorada perdidamente de un hombre, me comentaba que nunca había sentido algo similar. Su corazón se agita literalmente, frente a su presencia. Prácticamente desde el primer día en que lo conoció sintió que arrojarse al vacío era su única opción. Poco y nada conocía acerca de este ser y, sin embargo, nunca estuvo tan segura de quererlo todo con él.

Su felicidad se entremezclaba con la tristeza de haber vivido experiencias que no la colmaron. Aquellos encuentros, llenos de sentido, se derrumbaron aún más en el presente, al constatar que se enamoró como nunca creyó posible de un casi perfecto desconocido. Desconocido a quien cree y siente conocer por completo.

Las alarmas de la cautela se encienden frente a las amigas que le aconsejan que vaya despacio. Sus consejos, aparentemente incuestionables, parecieran ocultar el hecho de que seguramente, ninguna de ellas haya jamás logrado vivir un amor bajo el imperio del absurdo. Tan solo amores mediocres, sobrecargados de sentido. 

Su enamoramiento perturbó a más de una, me confesó entre líneas. Como si se esforzarán por hacerle ver que las cosas no suceden de esa manera.

Para mi sorpresa, mi amiga parece ser relativamente inmune a tales comentarios. Su verdad, completamente injustificable, encuentra su justificación en el hecho mismo de no encontrar respuesta, más que en la certeza de su desbordada taquicardia.

Luego de haber escrito estas líneas, compruebo una vez más el sinsentido de mi deseo de llenar la página en blanco. Pero entiendo, que de haber conocido de antemano el sentido de estas palabras, probablemente no las hubiera escrito.

Cada vez que nos cuestionamos por qué amamos a alguien, probablemente no lo estemos haciendo. Por el contrario, cuando lo ignoramos o bien tan solo podemos responder con total convicción, porque sí, habremos encontrado lo que creíamos perdido.