"Cuando escucho decir que el amor de pareja es un trabajo, siento como si me encontrara junto al vendedor de una zapatería quien frente a la molestia que me produce el calzado ofertado me explica que con el tiempo irá cediendo hasta amoldarse a mi pie."

Chánzú, literalmente pies vendados en chino, era la costumbre de aplicar una venda ajustada a los pies de las niñas para prevenir su crecimiento. La intención era que la hija lograra un matrimonio ventajoso económicamente y así hacer prosperar a la familia.

El vendado de pies provocaba discapacidades motoras de por vida en la gran mayoría de mujeres a quienes les había sido practicado. Las pocas mujeres con pie de loto que quedan en China son ancianas con importantes problemas de movilidad, necesitando cuidados y asistencia continua.

Algo similar suele ocurrir con la mayoría de los matrimonios o parejas contemporáneas. La diferencia es que este padecimiento atañe tanto a hombres como a mujeres. 

Con el último propósito de formar pareja, sometemos a nuestras emociones y sentimientos a una suerte de chanzú emocional. En lugar de transitar nuestros días acorde a nuestros talles y gustos nos sometemos a mayores o menores insatisfacciones forzando nuestros tiempos a que se adapten a un espacio que nos ahoga, con el sólo propósito de hacer prosperar una familia o un amor que no es tal. 

Nadie cuestionaría a una persona que se preocupase por buscar, el tiempo que sea necesario, el calzado que mejor se amolde a sus pies y a su caminar. Sin embargo, en el ámbito del amor, la percepción pareciera ser contraria a la búsqueda del calzado ideal.

Aquellos que nunca han transitado por un amor que no encorsetase su vida (la amplia mayoría) nos dirán que no hay amores hechos a medida. A lo sumo, habrá que elegir entre los saldos disponibles en el mercado amoroso que nos proponen las circunstancias. 

Quizá por eso, al igual que los elefantes que vuelven al lugar donde nacieron cuando presienten que están a punto de morir, todos sabemos de antemano que ciertos amores tienen fecha de vencimiento, desde prácticamente el primer día que decidimos comprometernos con alguien. Para cualquiera que se precie de honesto y sincero consigo mismo comprobará que siempre supo, de alguna modo u otro de la inevitable ruptura. A lo sumo, el final podrá ser sorpresivo, pero rara vez sorprendente.

Los que logran sortear en el tiempo, la crónica de una muerte anunciada lo hacen, al igual que las mujeres chinas que practicaban el chanzú, vendándose el corazón, hasta reducirlo a lo que es, un mero músculo que bombea sangre para mantenernos con vida. 

Cuando escucho decir que el amor de pareja es un trabajo, siento como si me encontrara junto al vendedor de una zapatería quien frente a la molestia que me produce el calzado ofertado me explica que con el tiempo irá cediendo hasta amoldarse a mi pie. 

La realidad, para aquellos que alguna vez hemos corrido largas maratones, sabemos que una par de zapatillas que no nos queden a la perfección pueden resultar en la imposibilidad de terminar la carrera. Las ampollas, dolores y heridas que provocan un calzado inapropiado suelen ser paralizantes. 

Lo más penoso del dolor provocado por una relación amorosa que nos incomoda y limita es que a diferencia del chánzú, solemos descubrir que nos encontrábamos vendados solo al salir de ella o, aún peor, recién cuando hayamos tenido la oportunidad y la suerte de haber conocido un hermoso contraejemplo. De lo contrario, podemos llegar a creer que aquello que llamábamos amor, efectivamente lo era. 

Lamentablemente, pocas veces nos atrevemos a cuestionar lo evidente. Preferimos pensar que las historias de amor que nos propone el cine y la literatura son meras idealizaciones. Que como dice Lacan, el enamoramiento es una forma de locura, o aún peor, que lo sabio consiste es no ilusionarse. 

Pero una vida sin ilusiones nos lleva a una vida en tiempo presente. Y el presente, (me perdonarán los adeptos al mindfulness) es precisamente la mayor de las ilusiones. Si fuera así, nadie se preocuparía por intentar vivir en el presente, esforzándose por erradicar la neurosis inevitable que conlleva asumir que somos, a su vez, pasado y futuro constantes.

Un amigo me contaba que se encuentra atrapado en el amor junto a una mujer casada. Su ilusión por un futuro en donde el triángulo perdiera uno de sus vértices contrastaba con la cuasi certeza que el comienzo de la relación reflejaba su propio fin. 

 Otro amigo se debatía con innegable lucidez entre esperar que ella cambie o aceptar que sus propias ampollas se tornen callos. Mientras tanto, el tiempo sigue transcurriendo.

Finalmente, una amiga me había confesado tiempo atrás que nunca perdió la ilusión de encontrar el amor que siempre soñó, pero que nunca vivió. Razón por la cual siempre padeció con altibajos el no haber encontrado lo que siempre supuso merecía experimentar. Cuando recibí la invitación para su casamiento junto a la siguiente frase: nunca creí poder amar así. Nunca. Mi mayor suerte no fue solo haberlo conocido a él, sino más bien fue haber dicho que no tantas veces, aún cuando en ciertas ocasiones todo parecía estar razonablemente bien. 

Posiblemente, el mayor riesgo del amor no consista en si uno tendrá o no la suerte de encontrar a la persona amada. Lo riesgoso, por el contrario, es haber tropezado con la persona correcta, esa que nos incomoda tan sólo un poco, pero sin llegar a provocarnos grandes ampollas. Difícilmente nos alejaremos.

En tal caso, nunca sabremos que, aún a riesgo de salir descalzos por la vida, hubiésemos podido caminar distinto: verdaderamente acompañados.