"Quizás lo termine de entender el día en que un infeliz de su calaña desmerezca el trabajo de su hija solo porque él fue acusado de ser un acosador sexual sistemático."

Ayer, como cada cierto tiempo, Gustavo Faverón publicó un comentario con el que pretende despertar al país de lo que él debe creer que es un amodorramiento invencible. Esta vez le tocó hablar sobre José Graña Miró Quesada, la denuncia penal que sobre él ahora pesa por el vínculo de Graña y Montero con Odebrecht y sobre el impacto que esta relación tendría en los medios de El Comercio, grupo del que Graña es accionista. Muy bien. El tema está en que su comentario termina con una insinuación -que es el género literario que llevó a Faverón a la fama- con la que pretende decir que otros medios, como este, han sido cómplices en el silencio.

Faverón, además, menciona la presencia de José Graña en el evento de lanzamiento de Altavoz en Asia (que no fue en Asia) como una especie de indicio. Ya más abajito complementa su reflexión con fotos en las que también aparece mi padre y así termina de probar lo que en su cabecita debe ser una gran conspiración para dominar el mundo y -de taco- evitar que mentes brillantes como la suya tengan tribuna para educar a las masas. Con esto hay dos problemas: el primero es que lo que dice sobre Altavoz es falso y basta con diez minutos en Google para comprobarlo. Y el segundo es que él no tiene ninguna autoridad para criticar.

En este diario se han publicado once notas sobre el tema que él reclama y se pueden encontrar fácilmente. Quizás la más representativa al respecto sea el editorial del día 2 de marzo de este año, titulado “No todos somos Graña y Montero” que pueden ver aquí. Veamos un fragmento:

"Y, si bien es cierto que los miembros del directorio de Graña y Montero tienen todo el derecho de exigir que no se los condene sin pruebas, es lamentable que muchos estén dispuestos a abandonar su juicio crítico y poner las manos al fuego por personas a las que en algunos casos ni siquiera conocen. Porque este ni siquiera se trata de un asunto de presunción de inocencia, sino de descubrir quiénes son esos que han robado el dinero que debió servir para construir escuelas y hospitales para los niños más pobres".

Además de esto, si lo que Faverón pretende es hablar de mí y no del diario, yo publiqué el día 1 de marzo en mis redes sociales un comentario sobre Graña y Montero con algunos puntos que dudo encajen dentro de la categoría propuesta de “otoronguismo”. Lo pueden leer aquí:


El tema está en que Faverón viene confundiendo sus rencores con la realidad hace demasiado tiempo ya.

Gustavo Faverón tenía una página exactamente igual a la que hoy tiene; sin embargo, la tuvo que cerrar. La cerró porque dijo que lo habían hackeado para acosar a mujeres y que se alejaría del espacio público para proteger su honor y el de su familia. Es muy lamentable que haya cerrado esa página: no solo porque se esfumaron, con ella, las huellas de sus coqueteos digitales, sino porque se fueron también todas sus opiniones sobre los grandes destinos de la patria vertidas en el último quinquenio. Varias de esas opiniones hoy serían especialmente discutibles a la luz de la información que cada día aparece sobre varios hechos importantes.

Faverón sostuvo, por ejemplo, que Nadine Heredia no era la autora de las agendas que hoy son prueba judicial. Faverón dijo que Nadine Heredia, a quien llamaba su amiga públicamente y muy orgulloso (eso pasa cuando a los niños no se les da cariño) era inocente de toda acusación. Y que cualquier cuestionamiento a ella se debía a que era mujer -¡Ni una menos, Gustavo!- y a que no era parte de la alta sociedad limeña. También fue el más ciego defensor del gobierno que Ollanta Humala compartió con su amiga, un binomio que cada vez está más cerca de terminar en Barbadillo con Fujimori. Y por acusaciones curiosamente parecidas.

Más allá de eso, Faverón pone la foto de Graña en un evento como señal de jerarquía. Quizás Faverón se olvide de que él fue editor de Somos. Una revista que pertenece al mismo grupo del que hoy despotrica, cuando los accionistas eran exactamente los mismos que hoy y la relación entre Odebrecht y Graña y Montero ya estaba pactada. Todo parece indicar que este tipo no entiende que hay momentos en los que el silencio es la forma más digna de andar. Pero su pataleta no termina allí: utiliza una imagen de mi padre para continuar con su tejido imaginario de tramas. El problema está en que no entiende que yo no soy mi padre.

Quizás lo termine de entender el día en que juzguen a su hija por sus acciones. Quizás lo termine de entender el día en que un infeliz de su calaña desmerezca el trabajo de su hija solo porque él fue acusado de ser un acosador sexual sistemático. (acá un informe que detalla todo este tema). Pero cuando lo entienda va a ser muy tarde, porque nadie encontrará manera de explicarle a su hija que ella no tiene nada que ver. Y sobre todo, él no encontrará la forma de retroceder sobre la diarrea de sus calumnias y limpiar la huella infame de todo lo que dijo. Pero no importará, porque Faverón está condenado a esa Siberia reservada solo para los miserables: el olvido. Hasta ese día: ya cállate, Faverón.