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"Personalmente, no me arrepiento de arrepentirme. Aunque a veces me arrepiento de no haberlo hecho previamente."

Arrepentirse alguna vez de algo, es inevitable. Sin embargo, cuando se trata de cuestiones radicales en donde el sentimiento de impotencia frente al pasado se agiganta, hay quienes eligen adherir a la máxima: “hice lo que pude y supe con mis posibilidades”. Tampoco faltan las excusas ad hoc, como cuando se afirma, “con el diario del lunes habla cualquiera”. Pocos confiesan que hicieron lo que quisieron sin medir las consecuencias.

Si tenemos una visión determinista de la vida, donde las circunstancias son las que dictan nuestro hacer, no hay nada por qué arrepentirse. Si, por el contrario, entendemos a la vida como un libre albedrío, entonces somos responsables de nuestras elecciones.

Ahora bien, si creemos en términos existencialistas, nuestras identidades son la consecuencia de nuestras elecciones. Pero si, a su vez, hemos transitado el diván de algún psicoanalista, comprenderemos que muchos de nuestros actos son impulsados por nuestro inconsciente, ese que nos lleva a repetir y repetir a pesar de nuestra voluntad.

La Justicia atenúa las penas de los locos. Pero como bien sabemos, de cerca nadie es normal. Por consiguiente, siempre seremos capaces de encontrar algún atenuante personal como para no sucumbir al dolor que conlleva el propio arrepentimiento.

Sin embargo, pareciera que oscilamos entre ambas posturas, la del determinismo y la del libre albedrío, según nos convenga en cada circunstancia.

Cuando se trata de algo poco doloroso, como cuando compramos una prenda de forma impulsiva para luego constatar que a tan solo unos pasos de allí ofrecían en otro local algo aún mucho mejor, tendemos a arrepentirnos con mayor facilidad. “Tendría que haber comprado el otro” comunicamos a quien nos quiera oír sin demasiados rodeos.

Pero cuando erramos en cuestiones particularmente importantes, buscamos todo tipo de racionalizaciones más o menos inteligentes como para justificar lo injustificable. “Fui capaz de herir a la persona que amaba porque inconscientemente temí salir lastimado,” es una de las máximas de todo irresponsable que escudado en la manifestación de su inconsciente haya sido, por ejemplo, descubierto en su infidelidad.

Tampoco puede faltar la frase que pareciera explicarlo todo para así no explicar nada: “Todo pasa por algo”. Por supuesto que sí, solo que en cada caso habrá que completarla por el porqué pasó lo que pasó: Por tonto, ambicioso, egoísta, omnipotente, ignorante, etc. Sencillamente algo no salió bien, y en consecuencia el alto precio a pagar es un indigerible arrepentimiento.

Por supuesto que arrepentirse a partir de un saber presente cuando se lo carecía en el pasado huele más a queja y sufrimiento autoinfligido que a una constatación de un error modificable. También existen los accidentes en donde el trauma es tan contundente que volvemos una y otra vez a la escena de la tragedia imaginando lo que hubiera sucedido si en lugar de salir sin campera, hubiésemos demorado un minuto más en abrigarnos. Ya que de haberlo hecho no hubiésemos chocado con el auto, pensamos mágicamente.

Evidentemente, cuesta aceptar el azar y el absurdo como inherentes a nuestras respectivas existencias.

Los fundamentalistas, aquéllos que no están dispuestos a arrepentirse de nada, son los que creen fervientemente en la idea de destino. Pero lo curioso es que entre ellos nunca falte los que exigen un profundo y sincero arrepentimiento por parte de la o las personas que pudieran haberles ocasionado algún daño. Como si el derecho al no arrepentirse solo fuera válido para los actos propios, pero jamás respecto de las malas acciones perpetradas por los propios victimarios. 

Para los que no solemos casarnos con ninguna postura acerca de cómo son realmente las cosas, el arrepentimiento lo pone todo en cuestión. Hasta qué punto somos determinados por nuestro entorno, nuestra historia personal y nuestro ADN, en contraposición al innegable libre albedrío del cual disponemos como seres traídos arbitrariamente al mundo. 

Aun así, tengo la sospecha de que independientemente de lo que nos atrevamos manifestar a nosotros mismos como a los demás, a partir de cierta edad nuestros rostros hablan por sí solos. Cuando alguien calla un arrepentimiento profundo, su pesar exhala por los poros y expresiones de su cara.

Quizá, y solo tal vez, aquel que se permita arrepentirse y obrar en consecuencia pueda luego, vivir algo más livianamente.

Es el dolor que nos provocan los malos resultados los que deseamos evitar de alguna manera mediante el arrepentimiento. Como una manera de expiar culpas, o bien con el propósito de evitar repetir torpezas en un futuro. ¿Pero acaso alguien se arrepentiría de una mala acción que nos lleve azarosamente a un buen resultado?¿ Como cuando accidentalmente golpeamos una pelota de tenis que termina pegando en el borde de la red provocando un punto a favor nuestro?

Resulta casi imposible dilucidar con justicia cuándo o no arrepentirse de algo. Pero es seguro que uno de los mayores arrepentimientos que uno pueda padecer tiene que ver con lo que evitamos hacer durante nuestras existencias, más que con lo que hemos hecho mal.

Personalmente, no me arrepiento de arrepentirme. Aunque a veces me arrepiento de no haberlo hecho previamente. También me arrepiento de haberme arrepentido, ya que carecía de la suficiente sabiduría como para actuar de otro modo, y lamentarlo de poco me ha servido más que para sentirme aún peor.

Evidentemente pude haber vivido mejor, quizá no. En todo caso, arrepentido o no, aún vivo con la esperanza, ilusoria tal vez, de vivir una vida libre de arrepentimientos.