"Escuchamos a menudo que perdonar es bueno. A su vez, juzgamos ciertos actos como imperdonables."

Rencor, mi viejo rencor, 


dejáme olvidar


la cobarde traición. L. C. Amadori

Escuchamos a menudo que perdonar es bueno. A su vez, juzgamos ciertos actos como imperdonables. 

Jacques Derrida propone que “si perdonásemos lo perdonable no habría perdón. Es imperdonable lo que llama al perdón. Frente al peor crimen, a lo que el lenguaje religioso llama pecado mortal, el perdón es posible a condición de que sea imposible hacerlo. Es la imposibilidad misma. 

Cuando la víctima y el culpable no comparten ningún lenguaje, cuando no tienen nada en común, estamos frente al imperdonable absoluto que es, precisamente, el elemento de todo perdón posible.” 

En el budismo, donde la idea de un Dios amoroso que perdona no existe, se concentra en la víctima, en lo que el efecto de perdonar puede provocar sobre quien perdona. Cuando un budista perdona, es él el primer beneficiado. El perdón es una de las caras de la sabiduría liberadora que descubrió Buda.

En el mismo acto de perdonar, el budista reconoce que el otro no es tan diferente como suponemos; afirma que todos los seres vivientes, sin excepción, son dependientes los unos de los otros. La lucidez consiste en comprenderlo. En cuanto al perdonado, puede también ser conducido por esta experiencia a reflexionar sobre esta misma verdad y a liberarse progresivamente, en su momento, de todo comportamiento egocéntrico.  

En el judaísmo, para los pecados contra Dios, el Día de Expiación (Iom Kipur) trae perdón. Para los pecados contra el prójimo, el Iom Kipur no trae perdón hasta que uno no se reconcilie con su prójimo.

El Día del Perdón tiene el poder de absolver a uno de todos los pecados contra Dios, ¡pero es completamente inútil frente a los crímenes cometidos contra el prójimo!

Solo aquel que ha sufrido, contra quien ha sido cometido un crimen, tiene el derecho de perdonar, si lo desea. Solo él puede ejercer ese derecho.

La cuestión no es moral, correspondiente a lo correcto o lo incorrecto, a pesar de que está muy relacionada; sino que es una cuestión de hechos, referida a la posibilidad. ¿Tiene uno el poder de perdonar por otro? 

Para el cristianismo, sin embargo, perdonar significa disculpar a alguien que nos ha ofendido o no tener en cuenta su falta. En la Biblia, la palabra griega que se traduce “perdonar” significa literalmente “dejar pasar”, como cuando una persona deja de exigir que se le pague una deuda. Jesús usó esta comparación al enseñar a sus discípulos a orar: “Perdónanos nuestros pecados, porque nosotros mismos también perdonamos a todo el que nos debe.”

Alice Miller, psicoanalista conocida por su trabajo en maltrato infantil y sus efectos en la sociedad así como en la vida de los individuos piensa que “muchos se basan en supuestos falsos, ya que no es cierto que el perdón libere del odio. Solo ayuda a taparlo y con ello a reforzarlo (en el inconsciente). No es cierto que nuestra tolerancia aumente con la edad.

Es asombroso que incluso terapeutas y autores universalmente reconocidos no hayan podido aún desprenderse de la idea de que perdonar a los padres es la coronación de una terapia exitosa. Las expectativas a ella vinculadas son incalculables y contienen el mensaje: “pobre de ti si no cumples con el cuarto mandamiento”. (Honrarás a tus padres)

En cuanto consigamos reconocer que a los padres que nos han maltratado no les debemos agradecimiento alguno y, desde luego, tampoco ningún sacrificio. Sacrificios que se hicieron por unos fantasmas, por unos padres idealizados que jamás existieron. ¿Porqué seguimos sacrificándonos por unos fantasmas? ¿Porqué nos aferramos a unas relaciones que nos recuerdan viejos tormentos? Porque abrigamos la esperanza de que eso cambie algún día, cuando con nuestra actitud demos con la palabra adecuada o logremos comprender.

Pero eso significaría volver a doblegarnos como hicimos en la infancia para obtener amor. Hoy en día, como adultos, sabemos que se abusó de nuestros esfuerzos y que eso no era amor. Así pues, ¿por qué esperamos que las personas que, por la razón que sea, no pudieron querernos lo hagan finalmente?

Las enfermedades graves, las muertes tempranas y los suicidios son las consecuencias lógicas de ese sometimiento a unas reglas que llamamos moral y que, en el fondo, seguirán amenazando con asfixiar la vida auténtica mientras nuestra conciencia no decida que en adelante no tolerará dichas reglas y no las apreciará más que a la propia vida. Porque el cuerpo no sigue estas reglas; el cuerpo habla en el lenguaje de las enfermedades, que difícilmente entenderemos hasta que comprendamos la negación de los sentimientos reales de nuestra infancia.”

El que no perdona puede que viva en el rencor, pero el no perdonar no implica necesariamente vivir bajo la dictadura del resentimiento. Depende.

Quizá, no se trate de tomar una única postura frente a la idea del perdón. Habrá que ver en cada caso. Ciertas creencias proponen ver el vaso lleno: amar al odiado. Cuando en realidad es imposible ocultar que el vaso también está vacío, o aún peor: roto.

Tal vez, ciertas curas sean posibles a condición de aceptar que no hay cura, que la verdad como la salida se encuentra en la contradicción, y que forzar el perdón como el resentimiento nos puede llevar a mayores padecimientos. Ya que la contradicción, no es necesariamente contradictoria.