"...a partir de cierta edad pareciera que nos resistimos a incorporar nuevas palabras, ideas y relatos; y en consecuencia desechamos nuevas maneras de sentir."

Alguna vez concebí una novela en la cual los hombres nacían con un determinado caudal de palabras y, en la medida que las iban consumiendo, ya no contaban con ellas para el resto de sus vidas. Exactamente lo opuesto a lo que ocurre con la adquisición del lenguaje. En mi historia, los sabios y los poderosos eran aquéllos que mejor administraban su innato stock verbal.

Sin embargo, a pesar de las diferencias, nada muy diferente ocurre en nuestro mundo real. 

El idioma español tiene casi trescientas mil palabras/conceptos diferentes (sin contar variaciones ni tecnicismos o regionalismos), pero en nuestra comunicación cotidiana utilizamos solo y con suerte unas trescientas, es decir, cerca de un 0.10%. Por supuesto, ese porcentaje es flexible de acuerdo a cada persona: Una persona culta e informada usa unas 500 palabras. Un escritor o periodista puede usar unas 3,000. Cervantes usó 8,000 palabras diferentes en su obra. El diccionario de la Real Academia Española define unas 88,500 palabras. Mientras que un diccionario común y corriente no llega a la mitad.

Por supuesto que acumular palabras no garantiza vivir mejor. Pero también es cierto que la reiteración de ellas las devalúa. La palabra amigo, por ejemplo, se ha devaluado con Facebook para convertirse en una suerte de commodity. Los emoticones en forma de corazón han devaluado la palabra amor del mismo modo que un me gusta hoy es como el equivalente a la moneda de menor denominación de cualquier país.

Nuestras emociones están íntimamente ligadas a las palabras a través de nuestros relatos y diálogos internos. Aunque las palabras en su modo enciclopédico son solo eso, palabras. Pero si ellas se hacen carne, nos constituyen.  

Es por eso que no deja de sorprenderme el hecho de que a partir de cierta edad pareciera que nos resistimos a incorporar nuevas palabras, ideas y relatos; y en consecuencia desechamos nuevas maneras de sentir. Por el contrario, hay quienes cambian su forma de vestir, su corte de pelo, su maquillaje, su auto o sus muebles. Pero pocas veces me he vuelto a reencontrar con amigos ya adultos que hayan cambiado de palabras. Como si a partir de cierta edad, hubiésemos construido un filtro que solo nos permite ingresar nuevas palabras e ideas a condición que sean acordes a las preexistentes. 

Esto también ocurre entre intelectuales y profesionales de la palabra que siguen leyendo y escribiendo, pero que sólo incorporan a su universo aquello que confirme su rancio punto de vista. 

Aún recuerdo la conversación con un muy prestigioso psicoanalista quien todavía afirma que toda homosexualidad, tal como la definía Freud, es una perversión del sujeto.

Del mismo modo he mantenido varias charlas con un admirable hombre mayor argentino, democrático, pluralista y republicano que todavía defiende al gobierno dictatorial del fallecido Fidel Castro. Aún cuando vive confortablemente en un país democrático y republicando como Francia desde hace más de cincuenta años.

También me encuentro a menudo con hombres y mujeres que sienten amor por ex parejas que hace tiempo les han dejado o que simplemente no les tratan siquiera con un mínimo de cariño.

Es un lugar común sostener que los más dogmáticos en cuanto a la palabra sean los religiosos. Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando entrevisté al rabino Rubén Nisembom, a propósito de una de mis películas documentales, cuando este me confiesa que se vio en la necesidad de recurrir a un psicoanalista, fruto de un enfermedad incurable de su hijo, en un momento en que la fe y la Torá ya no le brindaban las respuestas que él buscaba. 

También me ha generado intriga y respeto aprender que el poeta, músico y escritor Leonard Cohen se recluyó durante cinco años en un templo zen budista en la década del noventa en búsqueda del silencio.

Del mismo modo que el escritor Haruki Murakami se convirtió en escritor profesional y en un gran maratonista luego de haber regenteado un bar y fumar más de dos atados de cigarrillos diarios durante años. Mientras que el escritor Vargas Llosas, simpatizante de ideas revolucionarias durante su juventud, hoy es uno de los grandes defensores de las ideas liberales. (Me pregunto si lo que más le molesta a la izquierda acerca de Vargas Llosa sea no tanto sus ideas liberales como su libertad para cambiar de palabras, ideas y formas de ver al mundo).

Sin embargo, ninguno de ellos cambió su vocación, el rabino no dejó de ser rabino, Leonard Cohen continuó con su música, Murakami nunca dejó de escribir, ni Vargas Llosa dejó de apoyar causas que le parecieran socialmente justas. Pero a diferencia de la mayoría de otros hombres, ellos han sabido buscar nuevas palabras sin por eso dejar de ser ellos mismos, sino más bien todo lo contrario. 

No se trata tan solo de sumar palabras, también se trata de cambiar relatos. Las palabras no solo nos constituyen, sino que nosotros las habitamos de manera distinta en la medida que tengamos el coraje de cuestionarnos su significado para cada uno de nosotros en momentos distintos. 

Me aburre comprobar que ciertas palabras como amor, dolor, amistad, justicia y existencia sigan teniendo el mismo significado para hombres y mujeres que ya han vivido y muerto varias décadas.

Aún no sé qué otras palabras y relatos se sumarán a mi vida. Tampoco sé cómo iré ocupando palabras tales como padre, hijo, amor, pareja y amigo. Solo sé que espero ocuparlas de manera distinta, a la vez que deseo incluir otras nuevas.