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"La humildad está sobrevaluada y hace estragos en la propia autoestima. De tanto celebrarla nos encontramos con ejércitos de individuos que no se animan a relucir ni dar a conocer las capacidades latentes o manifiestas de sus respectivos talentos."

El gusano pisado se enrosca, así disminuye las posibilidades de ser pisado de nuevo - en el lenguaje de la moral: humildad. Nietzsche


La humildad está sobrevaluada y hace estragos en la propia autoestima.

De tanto celebrarla nos encontramos con ejércitos de individuos que no se animan a relucir ni dar a conocer las capacidades latentes o manifiestas de sus respectivos talentos. Nos adoctrinan sobre la necesidad de domesticar el ego, celebrar la autocrítica y combatir vanidad. A la vez que nos recalcan acerca de la importancia del amor hacia uno mismo.

Luego, solemos quejarnos de que la vida es injusta, que mediocres ocupan lugares a los que nosotros mereceríamos acceder. Mientras padecemos la contradicción de haber aprendido que debemos apoyarnos en nuestras fortalezas y creer en nosotros mismos. ¿Pero en qué quedamos, entonces?

Los mejores no lo son sólo porque se lo propongan o porque tengan un talento especial, sino porque refuerzan su autoestima, justificada o no mediante la manifestación de su superioridad, sea esta cierta o no. 

Innumerables libros de autoayuda repiten hasta el hartazgo en que debemos creer en nosotros mismos, en ejercitar un pensamiento positivo y en declarar lo que uno desea. Pero cada vez que uno se atreve siquiera a expresar sin tapujos su propio talento, no faltará quien nos acuse de vanidosos, pretenciosos o megalómanos.

¿Pero acaso alguien en su sano juicio se atrevería contratar a un cirujano, abogado, consultor de empresas o terapeuta que nos diga: “sólo sé que no se nada; me queda tanto por aprender; hay tantos otros más talentosos que yo”?

El otro día sufrí la reprimenda de un familiar a quien le aclaré que mis alumnos de la universidad no valoran mis clases, sino que me valoran a mí. No demoró un instante en tratarme de creído. Cuando es evidente que la misma exposición jamás sería la misma de ser dictada por dos profesores distintos. De nada sirvió mi defensa, como tampoco comprendí del todo porqué habría de justificar mi virtud, la de comunicar muy bien las ideas.

Al día siguiente de aquel sólo aparente banal episodio, una joven que aún busca hacerse de un lugar en el competitivo mundo que nos toca vivir se corrigió inmediatamente, luego de haberse referido a ella misma como una persona amorosa, inteligente y original. Sintió pudor por haber expresado su propia valía, como si hubiera cometido el mayor de los pecados. Le rogué que jamás vuelva a corregir ni reprimir la buena percepción que tiene de si misma.

Maestros espirituales de soluciones fast fabrican libros con la mera premisa de “ser el héroe y protagonista de tu propia historia”. ¡Pero ojo con quien tenga las agallas de declararse un héroe! Pareciera ser que, antes, debemos someternos al escrutinio y arbitrario juicio de los otros para recién ahí, eventualmente, ser merecedores de un premio o un halago, y ruborizarnos al recibirlo como bien dictan las buenas costumbres.

Mientras que todas las corrientes de autoayuda y psicoterapias promueven el no someterse al deseo del otro, y el no depender del juicio de terceros a la hora de hacerse uno cargo de los propios anhelos, convicciones y autoestima.

El “maestro”, cualquiera sea su disciplina, conserva su halo de nobleza afirmando que no es maestro de nadie. Que es uno quien debe, finalmente, ser su propio maestro. Como si no existieran diferencias entre un verdadero maestro y un ignorante. Pues si es maestro que se comporte como tal y asuma su rol. Luego, estará en uno intentar o no superarlo, de la misma manera que debemos hacer lo mismo respecto de nuestros padres. Lo cual no es garantía que, aún logrando nuestras respectivas independencias, logremos superarlos.

Por supuesto que hacer apología de la humildad es más cómodo. Nadie cuestiona al humilde. Por lo tanto, no debemos justificar ni defender ningún lugar. Los número uno, por el contrario: Federer, Frank Sinatra, Ingmar Bergman o Steve Jobs, no sólo son grandes por su increíble talento, sino por el talento que implica soportar la presión de saberse superiores a sus pares.

La humildad pareciera ser el arma de los poderosos para someter a los débiles, y la justificación perfecta de los perdedores para no asumir sus propios destinos. Lo cual no implica que la elevada autoestima de cualquiera sea justificada, ni mucho menos. Pero lo que es seguro es que una sana y elevada estima de sí conlleva una importante dosis de auto exigencia. Mientras que la humildad, muchas veces pariente de la regresión infantil, nos coloca en la confortable como incómoda posición de quejarnos por la falta de reconocimiento por personas a quienes les adjudicamos el poder de juzgarnos.

Estamos rodeados de personas que repiten “pasa que no me sé vender”. Cuando en realidad debieran decir que no se animan a declarar que tienen algo valioso para ofrecer, pero temen decirlo en voz alta por miedo a ser percibidos como ególatras, o que no reciban la aprobación de vaya a saber quién. Aunque probablemente, después de todo, algo de razón tengan. Puesto que si constantemente ponemos el acento en la humildad, en que debemos constantemente aprender, y nos regodeamos con la admiración hacia los maestros de turno, jamás terminamos ejercitando nuestro potencial talento.

¿Quién no ha soñado alguna vez, durante su infancia, o incluso en la propia adultez con ser un superhéroe, un verdadero campeón, un artista a quien una multitud le ovaciona o un millonario poderoso? No conozco a nadie que haya soñado con ser humilde, pasar completamente desapercibido o convertirse en un eterno estudiante a la espera de un conocimiento tan completo como idílico.

Los humildes nos tranquilizan. Los injustificadamente vanidosos también lo hacen al provocarnos tanto risa como pena. Mientras que los presumidos que indudablemente tienen de qué vanagloriarse nos exasperan confrontándonos con nuestra propia cobardía.