100 años de la PUCP -por Matheus Calderón
100 años de la PUCP
FUENTE: PUCP

2017-03-24 09:07:24

Matheus
Calderón
 

"Al contrario, lo único que podríamos exigirle –que quiero exigir, ya en singular- es que la universidad sea el espacio en el que se aprende a no a afirmar, pero a dudar, a darnos cuenta de nuestra propia ignorancia (que se transforma en verdadera insignificancia al tratar de entender un territorio tan vasto como el Perú, a contrapelo del conocido y parodiado “ego” de los egresados de la Católica)".


La mejor universidad del país. La vanguardia intelectual del Perú. La hermana menor de San Marcos. Una burbuja dentro de una burbuja. (Incluso) 100 años de elitización. Lo gracioso es que todas son ciertas en algún sentido. Así recibe el centenario la universidad que me formó a mí y a muchos de mis amigos cercanos: hecha un conjunto de complejidades y contrasentidos en un país en el que nada ni nadie es un bloque de coherencia. No es moco de pavo: como todo instrumento de poder (y la PUCP es también eso), no solo se trata de ideas-formas de pensar- que aprendemos en la universidad, sino de una forma de sentir que queda grabada en nosotros. Nuestra marca de agua. Para bien, y para mal.

La PUCP ha sido, para los que hemos estudiado en años recientes, un hogar y una familia más que un centro de conocimientos - aunque tal vez con esa aseveración reduzco la educación al espacio de las aulas y la dinámica profesor-alumno-. Tras los años de pregrado en la PUCP, creo que hablo por muchos,( especialmente aquellos ligados a la representación política en la universidad) cuando digo que no ha sido necesario leer a Bourdieu -aunque luego lo haríamos- para aprender que la academia para la que estamos diseñados es también un espacio de lucha por el poder y aún más una máquina omnívora, antropófaga y autoritaria; o leer a Beasley Murray para entender que el enfrentamiento político en el que participamos día tras día en asambleas es más a veces (quizás siempre) un tema de afectos y de hábitos antes que de teoremas y planteamientos ideológicos. A veces ni siquiera de afectos, sino de sentimientos privados -no diré egoístas.

Hasta en nuestra pequeña burbuja de Pando, la realidad siempre nos confronta, casi como el motto de la misma universidad: et lux in tenebris lucet. La luz sería la dura realidad que siempre emerge, y nosotros los que estamos in tenebris. Pero lo que muchos parece ignorar en la referencia del libro de Juan (capítulo 1, versículo 5) al Génesis es la frase que sigue después: las tinieblas no la comprendieron. Continúo la analogía: la realidad siempre excede a la academia, y a la política, y a todos y todas. Así también se presentan los 100 años de la universidad para muchos de los estudiantes: con una realidad compleja y con muchos escollos, en la que la PUCP tiene que enfrentarse a nuevos retos, acaso con el espíritu original con la que fue fundada.

Pero no quiero que esta columna sea el típico texto de felicitaciones: dudo, por ejemplo, de los que afirman que la Universidad Católica es un crisol de pensamientos diferentes. Y lo dudo no porque sea falso (la historia misma de los ahora políticos egresados de la PUCP, de diferentes tendencias y militancias políticas, lo podrá comprobar), sino porque exista pluralidad de pensamiento es, por sí misma, una victoria mediocre en un país en el que la mediocridad es pan de cada día. Pero al punto: ni siquiera se trata de conciliar la pluralidad, sino de reconocer al otro en toda su dimensión. Pluralidad sin reconocimiento del otro, sin reconocimiento de sus realidades e ideologías, no es sino un falso positivo, un ornamento semántico. Y vaya que es un paso difícil (las-tinieblas-no-la-comprendieron). A fin de cuentas, ¿qué se le puede exigir a un chiquillo de 17 años, todavía inseguro del rumbo que va a tomar su vida al iniciar sus estudios en la universidad?

Al contrario, lo único que podríamos exigirle –que quiero exigir, ya en singular- es que la universidad sea el espacio en el que se aprende a no a afirmar, pero a dudar, a darnos cuenta de nuestra propia ignorancia (que se transforma en verdadera insignificancia al tratar de entender un territorio tan vasto como el Perú, a contrapelo del conocido y parodiado “ego” de los egresados de la Católica).

Una historia personal: estuve 6 años en la PUCP, en la carrera de Literatura. He conocido a las mejores y peores personas (que a veces son las mismas). He leído a pensadores de tremenda potencia y a otros que son ciertamente despreciables. He tenido maestros y maestras en el sentido pleno de la palabra, no siempre en las aulas: católicos férreos, feministas de ideas lúcidas, y ateos expertos en teología. Libertarios de derecha con más conocimientos de Mao que un Patria Roja e izquierdistas que leían a Hayek. Ingenieras aficionadas a la filosofía ya la poesía. Psicólogas brillantes y completamente locas y abogados que deberían haber estudiado lo que yo estudié. Tras egresar, hace bastante poco tiempo, puedo decir que salí tanto más seguro de mis conocimientos como más dubitativo sobre mis afirmaciones. Nunca había estado más confundido sobre qué hacer con mi vida y a la vez, nunca había estado más seguro que la PUCP me había dado las herramientas para resolver esa incógnita. Por ello, felices 100 años, PUCP.



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