Yo fui faquir - por Daniel Urresti

2017-03-19 17:39:45

Tribuna
Libre
 

"Cerré los ojos y trate de concentrarme en que tenía la cara de jebe, hasta que sentí que ponían en mi mano el extremo del alambre de construcción, lleve la punta contra mi mejilla derecha y presione con fuerza".


De las personas que conocí a lo largo de mi carrera, por lejos José Soto fue el que tuvo una de las vidas más peculiares durante su infancia y adolescencia.

Corría el año 1983 y yo era un joven teniente destacado del Batallón de Comunicaciones 111, ubicado en Piura. Soto era un sub oficial de 3ra, chofer de unos 26 años de edad y recuerdo que lo conocí la primera semana que comencé a trabajar en esta unidad. El entrenamiento físico comenzaba a las 6:00 am con la gimnasia básica de rigor y una larga carrera. Cuando terminamos el trote y regresamos al patio de armas, el Mayor jefe de instrucción ordenó que salga al frente el sub oficial Soto a conducir una clase de defensa personal, algo inusual para alguien que tiene la especialidad de chofer. Sin embargo, fue una clase muy profesional, con movimientos exactos y eficaces. Esto se repetía diariamente y en realidad la rutina superó mi curiosidad inicial por averiguar cómo un chofer había llegado a ser nuestro instructor de defensa personal.

El mes siguiente me nombraron oficial de rancho y designaron a Soto para que conduzca el vehículo que se empleaba para las comisiones relacionadas a esta tarea. Es así que mientras el manejaba, yo fui haciéndole preguntas y enterándome de aspectos de su vida. En las noches daba clases en la federación de judo de Piura, pues era cinturón negro tercer Dan, después me enteraría que se puede llegar hasta el décimo Dan. Mi juventud y ansias por aprender cosas nuevas me impulsó a querer conocer más del tema. Terminé asistiendo en las noches a sus clases de judo, lo que hizo que poco a poco fuese viendo a Soto como amigo y profesor, más que como un subordinado. Después de terminar las clases, hacíamos unos ejercicios que no sabría decir si eran parte de la clase o una combinación de yoga y meditación. Nos recostábamos en el tatami –que es el nombre de la lona donde se practica este deporte- y nos pedía relajarnos y enfocarnos en qué cosa quisiéramos hacer bien al día siguiente y en la satisfacción que eso nos daría. 

Yo ya estaba felizmente casado y tenía una linda hijita, así que las clases nocturnas más los servicios de guardia que tenía que cumplir, hicieron que mi asistencia se volviera irregular, pero yo ya estaba enganchado con esta disciplina. Entonces decidimos construir un tatami artesanal en el cuartel.

Practicábamos después del entrenamiento físico normal, en las horas que estaban destinadas a deportes y al finalizar la instrucción del día. 

Pronto se sumaron algunos y llegamos a ser 10 los que practicábamos regularmente. Lo que nunca cambiaba era el momento de reflexión al final de la clase. A estas alturas nuestra amistad se había consolidado, porque este suboficial era un gran profesional, muy respetuoso, siempre tratando de hacer las cosas bien y sobre todo siempre pensando en positivo y aconsejando al que lo quería escuchar. A veces pensaba que por algún motivo tenía la sabiduría de vida de un anciano pese a su juventud.

José Soto tuvo una historia como la de miles de peruanos. Una niñez muy pobre y llena de necesidades, tener que trabajar desde pequeño. A los 9 años consiguió que en un circo que estaba de paso le den una propina por recoger la basura entre función y función. Cuando acabó la temporada, él decidió continuar con el circo. Le comunicó esa decisión a su madre y, como solía decir, no le interesaba a nadie o no habían leyes claras o no habían personas que se dediquen a esto. lo cierto es que durante los años que deambuló con el circo, jamás le pusieron un reparo y ningún tipo de autoridad le preguntó sobre su origen.

Era lógico que en el circo fuera aprendiendo los oficios que allí se practican. Comenzó siendo un payasito, después lanzafuegos, malabarista, faquir y sobre todo contorsionista. Tenia una flexibilidad que solo se logra practicando desde niño. Eso fue finalmente lo que lo llevó a practicar judo.

Mientras estuvo en el circo, el dueño siempre lo trató bien y se preocupó por que estudie. Al llegar a los 18 años, se presentó al servicio militar obligatorio en la ciudad de Tumbes, donde pudo estudiar de noche para terminar su secundaria. Se reenganchó en el servicio y aprovechó una norma de la época que le permitía reclasificarse como suboficial chofer. Luego, fue cambiado de colocación a Piura, donde llevaba practicando el judo 5 años. Fue entonces cuando lo conocí.

El 29 de Junio se celebraba, como todos los años, el día del arma de Comunicaciones y se acostumbra realizar olimpiadas militares con la práctica de diversos deportes, entre ellos tiro, pista de combate, carrera y fútbol.

Al Mayor jefe de instrucción que ya había presenciado nuestros entrenamientos de judo, se le ocurrió que sería una gran idea que hagamos una demostración en el intermedio de la final de fútbol, ya que estarían presentes los generales de la región militar, los comandantes jefes de otras unidades y delegaciones de oficiales de la guarnición.

Comenzamos a preparar la demostración. Ya teníamos suficiente práctica como para presentar todo un espectáculo que despierte admiración por nuestra preparación. En los ensayos surgió la idea de finalizar la demostración con un acto de faquirismo protagonizado por Soto, quien con gusto aceptó hacerlo. 

Nuestra presentación fue un éxito y nos aplaudieron con muchísimo entusiasmo. Luego, salí al frente para anunciar lo que el coraje, concentración y control de la mente de un soldado bien entrenado puede lograr. Ante la incredulidad y el silencio de todos, Soto se puso al frente, cerró los ojos un momento y procedió a atravesarse las mejillas una por una con agujas de costalero de 15 cm. Luego, lo hizo en los labios y finalmente a la altura del cuello, sin quejarse y sin que se vea una gota de sangre. Cuando terminó de extraerse las agujas, todos aplaudieron realmente emocionados y quedamos como los soldados más corajudos y mejor entrenados de la guarnición. La mente puede estar preparada para ver algo así en un circo, pero que lo haga un soldado y frente a todos, era algo especial. Nuestro éxito fue tal que el Comandante General de la Región ordenó que repitamos la demostración para el día del ejército en el coliseo cerrado de Piura, donde asistirían además de militares, autoridades y población civil.

Teníamos casi cuatro meses para entrenar y perfeccionar nuestra presentación, pero realmente me obsesioné con aprender la parte del faquirismo y le pedí a Soto que me enseñe. 

No es fácil, pero lo puede lograr. Me dijo, lo primero y más importante es que desde el día anterior debe tener la convicción que lo puede hacer y segundo al concentrarse piense e imagine con todas sus fuerzas que su cara es de jebe y no puede sentir dolor. 

Traté de hacerlo innumerables veces, pero todo intento terminaba cuando sentía la punta de la aguja presionando mi piel. Se acercaba la fecha y no había logrado la famosa concentración y lo de imaginarme que mi cara era de jebe.

Una semana antes, Soto me dijo que iba a realizar un acto diferente, que no lo iba a realizar con agujas de costalero, sino con alambre de construcción. Iba a usar 3 metros de alambre y se lo iba a atravesar por la mejilla derecha, iba a perforar luego la izquierda y continuaría hasta que la totalidad del cable cruce por su cara. Luego me miró y me propuso hacerlo juntos.

Esa semana fue terrible, mi orgullo estaba herido, no podía hacerlo con una aguja y ¿me proponía hacerlo con un alambre de tres metros?

Dos días antes, después del entrenamiento, me senté a conversar con Soto y le dije: ¡Carajo! No puedo ni dormir bien pensando en que no puedo hacer lo del faquirismo. Él -con esa rara sapiencia de anciano- me dijo, mi teniente lo que pasa es que Ud. nunca ha dado el primer paso, no se ha podido convencer de que lo puede hacer. Los dos tenemos casi la misma edad, estamos entrenados, tenemos la misma carne y la misma sangre, no hay un obstáculo real que pueda evitar que Ud. crea de verdad que sí lo puede hacer.

Esa noche por fin me convencí plenamente de que sí lo podía hacer, con tanta seguridad que ni siquiera pensé en ensayarlo primero.

Llego el día y nos aplaudieron mucho por la impecable demostración de judo que hicimos. Cuando anunciamos el numero de faquirismo, dimos varios pasos adelante, cerré los ojos y trate de concentrarme en que tenía la cara de jebe, hasta que sentí que ponían en mi mano el extremo del alambre de construcción, lleve la punta contra mi mejilla derecha y presione con fuerza hasta sentir la punta con la lengua, seguí presionando contra la mejilla izquierda hasta que salió la punta por el otro extremo, seguí jalando hasta entregarle la punta del cable a Soto, quien hizo lo mismo. Antes de retirar el alambre, nos acercamos a la tribuna. Grandes aplausos, ni dolor ni sangre. 

Hasta ahora muchos de los que estuvieron presentes lo comentan cuando nos encontramos. Para dar fe de que la historia es real, he pedido que en la cabecera publiquen una foto del evento.

El faquirismo con el tiempo quedó en la anécdota, pero las palabras de Soto sobre que debemos estar convencidos de que sí podemos antes de realizar cualquier acción quedó para siempre en mi mente.


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