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"Saberme descubierta, aunque sea por un extraño, genera sensaciones contradictorias."

Esta no es una columna. Es un viaje. A veces me pasa de abrir un libro y quedar sumergida en aguas profundas. A veces esas aguas se parecen mucho a mis propias lágrimas de felicidad o de tristeza. No sucede seguido, pero cuando pasa me cuesta abstraerme. “Más allá de un café”, de Marcelo Mosenson, me hizo vibrar de una manera inédita. No he logrado salir de ese estado aún, así que los invito a que me acompañen en este viaje de setecientas palabras.

Soy una lectora compulsiva o al menos lo he sido y sin embargo nunca he podido evitar la sorpresa cuando leo recortes de mi alma en letras de molde tipeadas por otro. 

Aun racionalizando los estereotipos y a sabiendas de que existen un puñado de historias arquetípicas que a trazo grueso parecieran ser una matriz común al género humano, cuando alguien me nombra sin nombrarme desde esos lugares oscuros donde el dolor se agazapa, me conmueve cada vez.

Saberme descubierta, aunque sea por un extraño, genera sensaciones contradictorias. Las primeras líneas las leo a velocidad, casi conteniendo el aliento. Puedo entender perfectamente de qué estás hablando, me siento aliviada y reconfortada durante unos instantes, posiblemente peque por exceso de simpleza, pero esas pocas líneas me devuelven la ilusión de no estar tan sola.

Quizás, de alguna manera, que alguien haya sido capaz de ponerle otro nombre, otra historia, otro anhelo al desasosiego que has logrado mantener a raya y llevar como zapatos cómodos la mayor parte del tiempo, te vuelve menos volátil, más concreta.

Exhalando a cuentagotas avanzo en la lectura y entonces me freno en seco, una palabra es suficiente para instalar un nudo en la garganta que no sé ni de donde salió, como si atizara un fuego que pensaba ya apagado. 

Como si alguien caminara sobre mi tumba. 

No puedo evitar preguntarme dónde se deshará uno del amor marchito, de ese amor que no supo, o no pudo, seguir amando.

Sigo leyendo e intento sonreír, no duelen igual las cicatrices que las heridas abiertas, pero me pregunto qué es lo que duele realmente. ¿Qué está resonando en mí que no puedo dejar de leer a sabiendas del riesgo de ir bajando una escalera que puede conducirme a lugares ya olvidados?

Me llaman por teléfono, la interrupción me fastidia, me toma unos segundos regresar al escritorio, la computadora, la rutina tediosa de un afuera tan ajeno. Hago un esfuerzo por concentrarme en lo que me están pidiendo y es mi voz lo primero que disciplino para volver al personaje.  

- Sí claro, en seguida veo este expediente.

Debería ir a comprar el almuerzo antes de que sea más tarde, las colas pasado el mediodía son fatales. Inútil disquisición interna, lo único en que puedo pensar es en seguir leyendo. Hago una rápida lista mental de comidas alternativas. Calculando el horario, hoy va de ensalada de frutas. 

Retomo la lectura, un par de segundos luego estoy perdida en el relato, sentada a su lado en ese café parisino. 

No le gustaba el frío y era una noche helada. Le bastó una mirada para entender que en esa mesa eran tres, ella, él y un pesar tan denso que hubiera podido tocarlo con solo estirar la mano. Mientras se encendían alarmas en su cabeza pensó que hubiera podido perderse en sus ojos turquesa. Imposible escapar de esa mirada, intensa y antigua, cálida a prudente distancia y capaz de incinerarte al menor descuido.  

El protagonista no puede entender qué desea y aunque todo indica que le va la vida en ello, no puede ordenar un simple café. “Qué deseo” es otra forma de preguntar “¿quién soy?”.

“Somos lo que no podemos ver” - me dijo un querido amigo pocos días atrás- “me construyo desde tu mirada mientras mis ojos te dan forma.” Quizás vivir sea eso, después de todo vamos por la vida esperando que alguien nos nombre con vocación de anidar y desbordarse en nuestra sangre y la memoria.

Leer en boca de otro los propios desatinos tiene una cualidad casi mágica (“el casi nos sitúa con los ángeles”, recordó). Cuando es otro quien describe una de esas intuiciones que se han defendido a capa y espada y de las que pasa el tiempo y uno no aprende, dan ganas de darle un abrazo y las muchas gracias.

Te abrazo. Muchas gracias