Ser hombre. Ser feminista. - por Javier Llopis Puente

2017-03-13 08:37:54

Javier
Llopis
 

"Una cosa parece siempre cierta: cualquier medida que implique tener un 50% de mujeres (…) incrementa en un 500% el interés de los hombres –y de los machistas en general– por la meritocracia."


La semana pasada, en medio de la polémica creada alrededor del movimiento #ConMisHijosNoTeMetas, publiqué una columna en la que, entre otras cosas, me declaraba abiertamente feminista. A raíz de eso, recibí comentarios y mensajes de crítica aduciendo que un hombre feminista era un sinsentido, una tontería y hasta una vergüenza. Aquí mi respuesta a todos los que compartan esa postura.

Ser feminista es defender la idea según la cual las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres. Eso es pura semántica, la definición del diccionario, pero ser feminista es más que eso. Ser feminista es reconocer a la humanidad como tal y no como una serie de jerarquizaciones superpuestas unas sobre otras. Implica por tanto ser iguales en medio de nuestra diversidad y no tratarnos como propiedad. Ser feminista es entender nuestro imperativo civilizatorio de liberar a la mujer de cadenas heteropatriarcales que la han condenado a la marginalidad durante siglos y que le impiden todavía hoy desarrollarse plenamente. Defender. Reconocer. Liberar.

En el Perú, en 2014, se eligieron a los Gobernadores regionales. De los 25, solo una –Yamila Osorio, de Arequipa– es mujer. Ese mismo año, se eligieron a las autoridades municipales. Solo el 3% de las alcaldías fueron ocupadas por mujeres. En 2016, de los 130 congresistas elegidos, solo el 27% eran mujeres. ¿Y no hemos visto nada? ¿No hay ningún problema? «No, es que hay que escoger a la gente más competente, no solo a mujeres por ser mujeres». Una cosa parece siempre cierta: cualquier medida que implique tener un 50% de mujeres en un sector en particular incrementa en un 500% el interés de los hombres –y de los machistas en general– por la meritocracia. Dicho de otra manera, mientras solo sean hombres, no importa cómo se accede a un puesto, pero si también hay mujeres, entonces recién entran a tallar las competencias individuales. Y eso, lamentablemente, es muestra de la poca confianza que pueden tener algunos hombres con respecto a sus propias habilidades. Eso también se vuelve evidente cuando se oyen comentarios como «¡Hazlo como hombre!» o «¿Acaso eres una niñita?». Es que hacer algo como mujer debe de ser una cosa sumamente insultante. ¿Qué les puedo decir? No voy a permitir que nadie le diga a mis hijas que son menos por ser mujeres o que les impongan estándares que limiten su desarrollo personal. Quiero criar a mis hijas e hijos con la convicción de que un mundo igualitario es un mundo mejor, con más horizontes y posibilidades. 

¿Cómo lograrlo? ¿Cómo contribuir a la emancipación femenina? El lema es uno: nunca sin ellas. El feminismo es no llamar «campeón» al que se chapa a dos en una noche, pero «puta» a la que hace lo mismo. El feminismo es no decir en el colegio «los chicos, a jugar fútbol; las chicas, vóley» sin preguntar qué quiere hacer cada uno. El feminismo es que una empresa deje de pagarle a una mujer solo 70% de lo que le paga a un hombre por el mismo trabajo. El feminismo es que, en casa, el hombre no «ayude» a la mujer, sino que ambos participen en las tareas del hogar. El feminismo es denunciar que, por culpa del machismo, asesinan a mujeres, las maltratan, las mutilan o las comercializan. El feminismo también es que, para promover la inserción laboral de las mujeres, la licencia por paternidad de un hombre no sea de cuatro ridículos días, sino que converja hacia los 98 de las mujeres. Finalmente, el feminismo es constantemente escuchar a las mujeres y replantearse uno mismo como hombre su posición con respecto a los privilegios patriarcales.

Sí, soy un hombre feminista, y lo asumo plenamente. Y lo soy porque estoy hasta la coronilla de los bravucones que se creen superiores porque gritan en lugar de hablar y porque usan el puño en lugar del cerebro y la razón. Una mujer no tiene por qué maquillarse, depilarse, vestirse como a ti te gustaría, ser heterosexual, ser dulce, tener vagina, casarse, tener hijos, llevar un sostén, tener el cabello largo, ser delgada, saludarte con beso o escucharte si no quiere. Y no, defender eso no me hace menos hombre, porque una mujer empoderada permite un mundo más justo y libre. Como dijo una vez Benoîte Groult, periodista y ensayista francesa, «el feminismo nunca ha matado a nadie; el machismo mata cada día».


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